Ariana Montero es, a los ojos de todos, una esposa insignificante.
Su suegra la humilla en cada cena. Su esposo, Simón Valverde, la exhibe como un adorno inútil mientras pasea a su amante del brazo frente a la familia. Nadie le pregunta adónde va por las noches. Nadie sospecha que debajo del vestido sencillo y el silencio calculado se esconde una de las cirujanas cardíacas más brillantes del país.
Cuando un misterioso inversionista llamado Santiago Guerrero la recluta para dirigir un ambicioso proyecto médico, los dos mundos de Ariana comienzan a colisionar. En el hospital es la "Doctora Genio", una leyenda anónima cuyos dedos han salvado vidas que otros daban por perdidas. En casa sigue siendo la mujer a la que nadie toma en serio.
Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
A medida que su identidad se resquebraja, Ariana descubre algo mucho más peligroso que un matrimonio roto: la muerte de sus padres —dos médicos célebres que perecieron en un supuesto accidente automovilístico— fue un asesinato orquestado por las mismas familias que hoy la rodean. Un hombre con el rostro marcado por cicatrices, un tío político con las manos sucias y una suegra cuya elegancia esconde complicidad van tejiendo un rompecabezas que lleva veinticinco años enterrado.
Entre conspiraciones familiares, traiciones inesperadas, bisturís y balas, Ariana deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para honrar la memoria de quienes le dieron la vida... y si el hombre que le ofrece protección merece también su confianza.
Porque en esta historia, ser subestimada no es una debilidad.
Es una ventaja.
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Capítulo 11
Mientras tanto, en la sede central del grupo de inversión de la familia Guerrero, su asistente permanecía de pie, rígido, frente al escritorio de su jefe.
—Señor, hay algo que debe ver.
Santiago alzó el rostro. Damián —su asistente— le entregó una tableta.
—Archivos antiguos sobre el accidente de la familia Montero aparecieron en un servidor externo. Alguien accedió al registro de las transacciones de compensación.
La mirada de Santiago se alteró apenas. —¿Quién accedió?
—Detectamos un rastro desde la red interna del Grupo Valverde.
Silencio.
—Y una cosa más, señor... —Damián tragó saliva—. El nombre de su tío figura en una transacción adicional, una transferencia a la cuenta de Héctor Valverde.
Santiago se puso de pie con lentitud. —¿En manos de quién está ese archivo ahora?
—Aún no lo sabemos con certeza. Pero lo más probable es que lo tenga la señorita Ariana.
Ese nombre quedó suspendido en el aire. Santiago caminó hacia la ventana. Ya conocía la verdadera identidad de Ariana: la hija de la familia Montero, los auténticos propietarios de la fundación Valverde.
—Vigila todos los movimientos internos —dijo con voz inexpresiva—. Que nadie toque el servidor antiguo sin mi conocimiento.
Poco después, el teléfono de Santiago vibró sobre el escritorio. El nombre de Ariana apareció en la pantalla. La observó un instante antes de responder la llamada.
—¿Hola, doctora? —saludó con calma.
La voz de Ariana llegó desde el otro lado, neutra pero nítida. —¿Podríamos reunirnos, señor Santiago?
Santiago guardó silencio una fracción de segundo, como si sopesara algo en su mente. —¿Tiene que ver con el proyecto?
—No —respondió Ariana con brevedad—. Es un asunto más bien personal.
Santiago reclinó la espalda contra el respaldo de su silla. —Bien, nos vemos en un restaurante. En una hora, ¿le parece?
—No hay problema, envíeme la dirección. Con su permiso, cuelgo.
La llamada terminó.
Santiago exhaló despacio y luego posó la mirada en su asistente, que permanecía de pie a poca distancia.
—Parece que quiere hablar sobre el accidente de sus padres —su tono se tornó más grave—. Damián, revisa de nuevo el caso del accidente. Quiero saber qué fue lo que realmente ocurrió... y por qué esta empresa puede vincularse con aquel incidente.
—Sí, señor —respondió el asistente con brevedad—. ¿Va a ir directamente a la reunión ahora?
Santiago miró el reloj en su muñeca. Aunque ya había programado el encuentro con Ariana, la junta con los directivos no podía posponerse.
—Nos reunimos ahora, hazla lo más breve posible. Después iré a buscar a Ariana, pasaré a recogerla directamente.
—Sí, señor.
La junta transcurrió más rápido de lo habitual. Santiago dirigió la discusión personalmente y cortó todo lo que no fuera esencial. Incluso durante la reunión, su ánimo no encontró sosiego. Sin saber bien por qué, un mal presentimiento lo inquietaba.
En cuanto la junta terminó, Santiago se levantó de inmediato de su silla. Tomó el saco y caminó con paso rápido fuera del despacho. En su rostro se dibujaban líneas de preocupación que rara vez aparecían.
Damián lo siguió detrás.
Como asistente que llevaba años trabajando para Santiago, era la primera vez que lo veía tan visiblemente inquieto.
Una hora más tarde, Ariana salió de su apartamento con paso sereno. La noche comenzaba a caer y las luces de la ciudad se encendían suavemente a lo largo de las calles. Subió a su auto, arrancó el motor y se dirigió fuera del estacionamiento.
Su mente seguía ocupada por demasiadas cosas: los archivos antiguos, el accidente de sus padres veinticinco años atrás, y el encuentro con Santiago que la esperaba.
Sin embargo, pocos minutos después de que su auto avanzara por una calle relativamente solitaria, un sedán negro apareció por detrás.
Al principio el vehículo parecía inofensivo, hasta que su velocidad aumentó. Las luces altas se encendieron con fuerza, apuntando directamente al espejo retrovisor de Ariana y cegándole la vista.
Ariana frunció el ceño. Intentó cambiar de carril, pero el sedán se movió con ella. Demasiado cerca y demasiado agresivo.
Un mal presentimiento le trepó por el pecho.
El sedán negro aceleró de pronto, la rebasó por un costado y le cortó el paso de manera brutal.
¡Crash!
El impacto fue inevitable.
El auto de Ariana salió disparado hacia un lado y golpeó la barrera de contención con un estruendo ensordecedor. El airbag se desplegó al instante. Sintió un leve mareo, la respiración se le cortó.
Mientras tanto, el sedán negro se preparaba para avanzar de nuevo, como si quisiera asegurarse de que el auto de Ariana quedara completamente inmóvil. Pero antes de que lograra hacer nada, una camioneta plateada apareció desde la dirección contraria a gran velocidad.
¡Craaash!
La camioneta embistió el costado del sedán negro en un ángulo violento. La fuerza del choque lo hizo girar sin control en medio de la calle. Las alarmas del auto aullaron en el aire nocturno; unos segundos transcurrieron en puro caos.
La puerta de la camioneta se abrió.
Santiago bajó del vehículo.
Tenía un rasguño fino en la sien, un hilo de sangre le escurría, pero sus pasos eran firmes. Sus ojos buscaron a Ariana de inmediato. Se acercó al auto de ella y abrió la puerta.
—¿Puedes salir? —preguntó con brevedad.
Ariana asintió despacio, aunque su cuerpo aún temblaba ligeramente. Se desabrochó el cinturón de seguridad y salió con ayuda de Santiago.
El sedán negro que la camioneta había embestido retrocedió con dificultad; el motor rugió antes de que el vehículo huyera del lugar.
Santiago observó la dirección en que escapó el auto con una mirada gélida. —¡Esto fue un intento de asesinato!
Ariana aún intentaba calmar su respiración.
—Gracias —murmuró en voz baja.
Unos minutos después, el sonido de otro auto se acercó. Un vehículo se detuvo bruscamente al borde de la calle.
Simón bajó con paso acelerado.
En cuanto vio el auto de Ariana con el frente destrozado, su expresión cambió por completo.
—¡Ariana...!
Corrió hacia ella.
—¿Estás bien? —preguntó con urgencia.
—Estoy bien —respondió Ariana con sequedad.
La mirada de Simón se desvió entonces hacia Santiago, que permanecía de pie junto a ella.
—¿Tú la chocaste? —preguntó Simón.
—Yo la salvé —respondió Santiago sin inflexión.
El tono de ambos era contenido, pero el aire entre ellos se sentía tenso.
Simón dio un paso más hacia Ariana, como queriendo marcar distancia entre ella y Santiago.
—Tienes que alejarte de él —dijo Simón con tono grave—. ¡Es peligroso! Tú también sabes que su empresa estuvo involucrada en la muerte de tus padres.
Santiago se limitó a responder con una sonrisa tenue.
Ariana frunció el ceño. —No te metas tanto, Simón. Yo tenía planeado reunirme con el señor Santiago hoy, y tus acusaciones contra él... carecen de fundamento.
Simón la miró con fijeza, la mandíbula tensa, antes de decir: —Sigo siendo tu esposo ante la ley. Y me niego a divorciarme de ti hasta que todo esto termine. Además... ¿desde cuándo ustedes dos tienen asuntos en común?
Santiago lo observó sin emoción. —¿El señor Valverde cree... que un estatus legal puede cambiar las decisiones de una persona?
El silencio quedó suspendido entre ellos.
Ariana finalmente exhaló con suavidad. —¡Ya basta! El señor Santiago y yo tenemos un tema que discutir.
No explicó más; mantuvo sellada su identidad como la médica elegida por Santiago para el proyecto.
Simón seguía mirando el rostro de aquella mujer sin apartar la vista. —No voy a renunciar a ti —dijo con determinación.
Ariana le sostuvo la mirada; su expresión era glacial.
—Ya te dije que es demasiado tarde, Simón. ¡No voy a volver contigo! Nunca te amé. Ni antes, ni ahora, ni nunca en el futuro.
Después se volvió hacia Santiago. —Y usted, señor Santiago. Entre nosotros solo existe una relación profesional; le pido que respete ese límite. No se involucre en mis asuntos con Simón.
Santiago respondió con calma.
—No tengo intención de involucrarme. —La miró un instante antes de continuar; su voz mantuvo el mismo tono neutro—. Solo quiero estar a tu lado. Eres demasiado valiosa... para un hombre como él.
Las palabras de Santiago sonaron deliberadamente provocadoras. Incluso dirigió a Simón una sonrisa tenue, una sonrisa que se parecía más a una burla.
Simón apretó la mandíbula con fuerza. Su mirada se endureció al ver la forma en que Santiago observaba a Ariana: llena de atención. El rechazo le golpeó el pecho de inmediato. Para Simón, aquella mirada no era simple cortesía. Era una reclamación silenciosa, como si Santiago estuviera dispuesto a arrebatarle a Ariana en cualquier momento.