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La dote del silencio

La dote del silencio

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Enfermizo / Completas
Popularitas:451
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.

Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.

Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.

Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

La sorpresa de Valeria al escuchar la cantidad que Sebastián le había transferido fue mayúscula.

Se apresuró a negar con la cabeza.

—No es necesario, Sebastián. Todavía tengo el dinero de la dote, que es muchísimo. Puedo usar ese.

Sebastián la observó unos instantes. Con voz serena, respondió:

—Un hombre trabaja para mantener a su esposa. Mientras yo sea capaz de cumplir con esa obligación, no tienes que tocar la dote.

Valeria se quedó muda. No sabía qué decir. En toda su vida, nadie se había preocupado así por sus necesidades.

Poco a poco, una sonrisa sincera le iluminó el rostro.

—Gracias, Sebastián.

Cerca del mediodía, Esteban ya esperaba en el patio junto al auto de la familia de Don Alejandro. Lucía, una empleada joven cuya edad no distaba mucho de la de Valeria, la acompañaba.

—Señorita Valeria, ¿nos vamos?

—Sí.

Durante el trayecto hasta el pueblo, Valeria pasó la mayor parte del tiempo contemplando el paisaje al otro lado de la ventanilla. Rara vez salía de compras, y mucho menos en un auto como aquel.

Visitaron varias tiendas de ropa. Al principio, Valeria solo escogió dos o tres conjuntos. Pero cada vez que leía la etiqueta del precio, se apresuraba a devolver la prenda al estante.

—Señorita Valeria, si sigue así, no va a terminar de comprar ni para la medianoche. —Lucía se rio divertida.

—Es caro —susurró Valeria.

—Ese precio es normal.

—Para mí es caro.

Al final, Lucía la ayudó a elegir varias blusas, faldas, pantalones, ropa de dormir, sandalias y zapatos.

—Este le queda bien... y este también —decía Lucía, asintiendo con aprobación.

Valeria se probó algunas prendas frente al espejo. Le resultaba extraño verse con ropa tan bonita.

—Lucía, tú también escoge algo. Lo que te guste —dijo Valeria, y la muchacha se sorprendió.

—Yo no necesito nada, señorita.

—Anda, elige lo que quieras.

Lucía acabó seleccionando una camisa y unos jeans. La alegría en su cara era evidente.

Después de las tiendas de ropa, se detuvieron a comprar un teléfono nuevo. Cuando terminó de pagar, Valeria comprobó el saldo restante: todavía quedaba bastante. Apenas había gastado una parte.

Valeria puso cara de desconcierto.

—Sebastián me dijo que usara el dinero para lo que necesite. Pero ¿qué más puedo comprar?

Lucía, que estaba a su lado, sonrió al instante.

—Señorita, ¡crema para la piel!

—¿Crema para la piel?

—Sí. Para que el cutis se vea más sano. Y también cosméticos. Así, cuando haya un evento familiar, ya los tiene listos.

Valeria pareció pensárselo.

—Nunca me he maquillado.

—Se puede aprender —dijo Lucía con entusiasmo.

Así que entraron en una tienda de cosméticos.

Con ayuda de una dependienta, Valeria compró algunos productos para el cuidado del rostro, una crema hidratante, protector solar, polvo compacto, un labial de tono suave y un juego básico de maquillaje.

En toda su vida, era la primera vez que Valeria compraba cosas para ella misma sin tener que contar cada centavo.

Mientras tanto, en la plantación de té, Sebastián se encontraba con Ignacio frente al almacén de la cosecha. Varios sacos de té seco aguardaban en orden el envío programado a la planta procesadora en la ciudad.

Ignacio le explicaba los resultados de la cosecha de esa semana cuando se oyó la voz de alguien a sus espaldas.

—¡Señor Sebastián!

Sebastián se dio la vuelta. Ramón se acercaba con una sonrisa tan amplia como forzada.

—Buenas tardes, señor —saludó con afabilidad.

—Buenas tardes —contestó Sebastián en tono seco. Su expresión no se alteró.

Ramón miró a un lado y a otro.

—¿Valeria no está?

—No. La mandé de compras.

—Ah... con razón. La llamo desde hace rato y no contesta.

Ramón dibujó una sonrisa breve. Pero detrás de ella, la frustración empezaba a hervirle por dentro. Su intención había sido ir a buscar a Valeria. De ser posible, hoy mismo quería sacar el tema de la dote. Sin embargo, la muchacha se había ido al pueblo.

Sebastián se metió las manos en los bolsillos del pantalón. Su mirada atravesó el rostro de Ramón.

—¿Necesita algo de Valeria?

La pregunta era simple, pero el tono resultó gélido. La sonrisa de Ramón vaciló.

—No, nada. Solo quería asegurarme de que esté bien.

—¿Ah, sí? —Sebastián siguió mirándolo sin pestañear.

—Sí.

Por alguna razón, Ramón tuvo la sensación de que aquellos ojos le leían el pensamiento. Tragó saliva con disimulo, mientras Ignacio, de pie junto a Sebastián, observaba la escena en silencio, con la certeza de que aquel encuentro no era tan inocente como aparentaba.

Al caer la tarde, el auto conducido por Esteban entró por fin en el patio de la casona. Valeria bajó cargando varias bolsas. Su rostro aún reflejaba incredulidad. No dejaba de lanzarles miradas a las prendas que acababa de comprar.

Patricia, que estaba sentada en la terraza, se acercó enseguida.

—Vaya, compraste bastante.

Valeria sonrió, apenada.

—La verdad, me siento un poco mal, señora Patricia. Pero Sebastián insistió en que gastara el dinero.

Patricia soltó una risita.

—Bien hecho. Ahora pruébate algo.

Unos minutos después, Valeria salió de la habitación con una blusa rosa pálido y una falda color crema recién compradas.

Patricia la contempló unos segundos, maravillada.

—Resulta que de verdad eres preciosa.

Valeria se puso nerviosa al instante.

—No digas eso, mamá. Me da vergüenza.

—Sería un desperdicio no cuidar esa belleza. ¡Ven conmigo! —Patricia le tomó la mano.

—¿A dónde? —preguntó Valeria, dejándose guiar por su suegra sin oponer resistencia.

—A aprender a arreglarte —respondió Patricia con una sonrisa amplia.

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