Lisa es una joven invisible y recatada con una meta clara: completar su pasantía para asegurar el futuro de su hermana. Sin embargo, su camino se cruza con el de Maximilian Sterling, un magnate tan brillante como despiadado. Como su asistente temporal, Lisa no solo gestiona agendas millonarias, sino también el desfile de mujeres que entran y salen de la cama de su jefe.
En la intimidad del penthouse, Max la provoca con una arrogancia desmedida y una desnudez que ella intenta ignorar. Pero la tensión erótica estalla en una noche de alcohol y confesiones que termina en una entrega total. Al amanecer, el despertar es cruel: "No recuerdo nada, prepárame un café".
Mientras Max se refugia en su fachada de playboy sin escrúpulos para ocultar su vulnerabilidad, descubre que Lisa no es una empleada más, sino el único caos que no puede dominar. En este peligroso juego de poder y deseo, él es el dueño de la ciudad, pero ella posee sus secretos. Al final, solo uno quedará de rodillas.
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Cuestión de piel II
Decidida a no relajarse con una empleada, Tiffany bajó la mano, caminó hacia el baño donde recogió su ropa interior y un vestido de seda rojo del suelo con movimientos bruscos y llenos de rabia.
—Eres una estúpida —le espetó Tiffany mientras se ponía el vestido frente a Lisa, sin ningún cuidado, subiéndose la cremallera de un tirón—. Te crees muy eficiente con tus hojitas y tus gafas de nerd, pero te voy a dar un consejo gratis porque me das pena.
Lisa permaneció de pie cerca de la salida, observando la escena con el corazón desbocado.
—Maximilian Sterling no tiene corazón —dijo Tiffany, su voz temblaba por la humillación mientras se ponía unos tacones aguja—. No tiene alma. Anoche estuvo conmigo, me besó, me usó y hoy actúa como si fuera basura. Contigo hará lo mismo cuando te canses de ser su empleada doméstica. Disfruta de tu sueldo, porque es lo único que vas a conseguir de él.
La modelo recogió su bolso de diseñador, pasó por el lado de Lisa dándole un empujón con el hombro que hizo que Lisa perdiera el equilibrio por un segundo, y salió de la habitación con paso firme. Lisa escuchó el taconeo furioso por el pasillo principal, luego la voz apagada de Maximilian diciendo algo corto, y finalmente el sonido de la puerta principal del penthouse al cerrarse con un golpe seco.
El silencio regresó al apartamento, pero era un silencio denso, cargado de una energía incómoda. Lisa soltó una bocanada de aire, dándose cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Le temblaban las rodillas. Entró al baño de la habitación principal para mirarse en el espejo; tenía las mejillas rojas y el moño ligeramente deshecho por el ajetreo.
«Lo logré», pensó, sintiendo una mezcla de alivio y una profunda tristeza por la escena que acababa de presenciar. La advertencia de la modelo se le había quedado clavada en la mente como una espina.
Se obligó a reaccionar. Su trabajo no había terminado. Maximilian quería la habitación ordenada. Lisa regresó al dormitorio y se acercó a la enorme cama. El olor de la colonia de Max mezclado con el perfume de Tiffany seguía flotando en las sábanas revueltas. Con movimientos torpes, Lisa comenzó a estirar las mantas de seda gris, tratando de borrar cualquier rastro de la noche anterior. Quería terminar rápido para alejarse de ese lugar que apestaba a intimidad barata y desprecio.
Al sacudir una de las almohadas principales para acomodarla, un objeto pequeño cayó sobre el colchón. Lisa se detuvo. Era un trozo de papel doblado en cuatro partes, de un color amarillento que contrastaba con la pulcritud de las telas modernas. No parecía una nota de amor de ninguna modelo, ni un trozo de papel de oficina.
La curiosidad, mezclada con los nervios que la dominaban, la impulsó a tomar el papel. Sus dedos, todavía torpes, desdoblaron las esquinas con cuidado. La caligrafía era elegante, hecha con tinta azul, pero los trazos se veían apresurados, como si hubieran sido escritos bajo una gran presión emocional.
Las palabras escritas en el papel eran pocas, pero contenían un peso que a Lisa le oprimió el pecho:
"Maximilian, no busques en este imperio el afecto que nunca supimos darte. Tu padre y yo nos vamos porque el éxito no comparte la mesa con la familia. Todo lo que queda a tu nombre es tuyo, pero no esperes que volvamos a mirar atrás".
No tenía firma, pero la mención a sus padres era evidente. Lisa sintió que el papel le quemaba los dedos. Aquella nota desprendía un abandono absoluto, una frialdad parental tan dura que justificaba, de golpe, la coraza de arrogancia que el magnate mostraba al mundo. No era una simple carta guardada; estaba arrugada y desgastada en los bordes, como si alguien la hubiera estrujado y desdoblado cientos de veces.
Maximilian la conservaba en su propia cama, oculta debajo la almohada, durmiendo cada noche sobre el recordatorio exacto de que las personas que debían amarlo lo habían dejado solo.
Un ruido sordo en el pasillo la trajo de vuelta a la realidad. El pánico la invadió. Si Maximilian la descubría con ese documento, la pasantía terminaría en ese mismo instante.
Con los dedos torpes y el corazón golpeándole las costillas, Lisa dobló el papel aprisa, intentando devolverlo exactamente al mismo sitio debajo de la almohada.
En su apuro, tropezó con la esquina de la mesa de noche, golpeándose la espinilla con el borde de madera. Soltó un gemido ahogado de dolor, perdió el equilibrio. El manual de procedimientos se le resbaló de los brazos, cayendo sobre el suelo junto con sus gafas, que salieron volando hacia la alfombra.
Lisa quedó de rodillas, completamente desorientada. Sin las gafas, el entorno se transformó en un borrón de luces y sombras grises. Empezó a tantear el suelo con las manos desprotegidas, sintiendo la suavidad de la alfombra mientras buscaba sus anteojos con urgencia.
—¿Qué demonios está haciendo ahí en el suelo, Miller?
La voz de Maximilian resonó desde la puerta del dormitorio. El tono ya no era de aburrimiento; era una línea dura de molestia pura.