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El Trono De Sangre Y Espinas

El Trono De Sangre Y Espinas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía
Popularitas:740
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

¡Que escuchen los hombres, que escuchen los reyes y que escuchen los cielos! ¡Si la moralidad del mundo exige que renuncie a ti, destruiré el mundo! ¡Y si el cielo mismo intenta separarnos, le declararé la guerra a los mismos dioses! ¡Mi único reino es tu corazón, Elysian!

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LA LUNA DE MIEL DE LAS ROSAS Y LAS ESTRELLAS

Las cicatrices del pasado habían comenzado a cerrarse en el Reino de Valdorian. Atrás quedaron los días oscuros en los que Lord Malakor y la aristocracia corrupta intentaron destruir al príncipe desterrado y a su amado sanador. La Purga Carmesí había erradicado la podredumbre de la corte, y el amor entre el Rey Kaelen y el Rey Sanador Elysian se convirtió en el pilar inquebrantable de una nueva era.

​El carruaje real, despojado de los estandartes dorados de la corona para evitar miradas indiscretas, avanzaba a paso cansino por el camino de acantilados que bordeaba la Costa de las Nieblas. Tras el torbellino de la boda, el estruendo de los vítores populares y la tensión política de la corte, Rhaed y Lyra finalmente se encontraban solos en el mundo.

​La villa costera a la que se dirigían era un diminuto pueblo de pescadores acurrucado bajo la sombra de pinos milenarios. Allí, en un promontorio de roca gris que se adentraba en el mar embravecido, se erigía una sólida cabaña de madera rústica, preparada semanas atrás por los hombres de confianza de Rhaed.

​Cuando el carruaje los dejó y se retiró, el silencio del océano los envolvió por completo. Rhaed bajó el equipaje con la facilidad propia de su imponente musculatura, vistiendo no la pesada armadura de placas oscuras que infundía terror en el palacio, sino una sencilla túnica de lino blanco de cuello abierto y pantalones de tela áspera.

​Lyra se detuvo en el porche de la cabaña, respirando hondo. El aire olía a sal salina, pino húmedo y tierra fresca. La brisa marina agitaba los rizos de su cabello, haciéndola lucir radiante.

​—Parece un sueño, Rhaed —murmuró ella, girándose para mirarlo mientras las olas rompían con ímpetu metros abajo—. Por un momento temí despertar y descubrir que aún estaba atrapada en las garras de los nobles.

​Rhaed dejó caer la bolsa de viaje al suelo de madera y dio tres pasos largos hasta acortar la distancia entre ambos. Con la delicadeza infinita que lo caracterizaba al tocarla, posó sus manos grandes y tibias sobre las caderas de su esposa, atrayéndola suavemente contra su cuerpo.

​—No hay más pesadillas, mi pequeña rosa —susurró Rhaed, apoyando su frente contra la de ella mientras sus ojos oscuros brillaban con una devoción sin límites—. Es real. Esta casa es nuestra, este tiempo es nuestro y nadie en este mundo volverá a poner un pie entre tú y yo.

​Los primeros días de su retiro se convirtieron en una sinfonía de tranquilidad y descubrimiento. Por las mañanas, caminaban descalzos por la arena húmeda de la playa privada. Rhaed, el temido Duque de las Sombras, disfrutaba de las cosas más simples: sostener la mano de Lyra, recoger conchas de colores que a ella le parecían curiosas y llevarla en brazos sobre las rocas para que el agua fría no le mojara los vestidos.

​Todas las noches, cuando el sol se hundía en el horizonte tiñendo el agua de tonos violetas y dorados, encendían una pequeña fogata en la meseta del acantilado. Sobre mantas gruesas de lana, se acostaban abrazados a contemplar el manto estrellado del cielo costero.

​—Nunca pensé que el cielo pudiera verse tan limpio —dijo Lyra una noche particularmente fría, acurrucándose más dentro del abrazo de su esposo—. En la capital las chimeneas y el humo del palacio siempre ocultan las estrellas.

​Rhaed apretó sus brazos alrededor de la talle de Lyra, sintiendo la calidez de su cuerpo a través de las telas y la pequeñísima firmeza que comenzaba a formarse en su vientre.

​—Antes, cuando miraba las estrellas durante las heladas noches de campaña en el norte, solo veía frío, soledad y la certidumbre de que moriría en un campo de batalla —confesó Rhaed con la voz baja y profunda—. Ahora, cada vez que miro arriba, solo puedo dar gracias a los dioses por haberme permitido sobrevivir para ser tu esposo. Eres mi único hogar, Lyra.

​La respuesta de ella fue un beso cargado de una pasión ardiente y dulce. La intimidad entre ambos en la calidez de la cabaña era un santuario de liberación. Sin las prisas del palacio ni el temor al juicio de la corte, Rhaed exploró cada centímetro de la piel de Lyra con labios hambrientos y manos que temblaban de veneración. Su ferocidad de guerrero se transformaba en un fuego pausado y cuidadoso, atento a cada gemido y a cada suspiro de la mujer que amaba.

​Lyra, despojada de cualquier fantasma del pasado, se entregaba al amor de su esposo con una libertad salvaje y dichosa. Enredaba sus dedos en la espalda musculosa de Rhaed, reclamándolo en la penumbra del cuarto iluminado solo por el crepitar de la chimenea, sabiendo que en aquellos brazos no solo había encontrado a un amante perfecto, sino al protector eterno de su vida y de la criatura que crecía en su interior.

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