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Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Status: Terminada
Genre:Venganza / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.

Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.

A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.

Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

El mundo de Valentina pareció detenerse en un solo segundo que se estiró hasta el infinito. Tenía los ojos muy abiertos, fijos en el médico, pero sin ver realmente nada. El aire se le trabó en la garganta, pesado, como si algo la aplastara desde adentro. Se hundió en un silencio asfixiante. Una sola frase giraba sin parar en su cabeza, rebotando una y otra vez contra las paredes de su corazón: la razón por la que usted no ha podido embarazarse.

Las manos de Valentina buscaron la sábana y la apretaron poco a poco; los dedos se le tensaron hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El cuerpo entero comenzó a temblarle, no de frío, sino de algo mucho más profundo, un dolor que no sabía nombrar.

—N-no puede ser —susurró apenas, la voz tan débil que casi no se oyó, quebrándose a medio camino. Las lágrimas se le acumularon en el borde de los ojos, se quedaron suspendidas un instante y luego rodaron, una tras otra.

Todo ese tiempo, cada insulto que había soportado, cada acusación que le lanzaron a la cara, toda la culpa que tragó sola día tras día… ¿resulta que nunca fue por ella? El pensamiento le pesaba demasiado para aceptarlo.

—Y los estudios que me hicieron antes, doctor, ¿qué pasó con esos? —La voz de Valentina temblaba, frágil, como un hilo a punto de romperse. Miró al médico con ojos que rebosaban esperanza y miedo al mismo tiempo, como rogando que todo fuera un error. Pero esa esperanza se desmoronó de golpe cuando el doctor abrió otro expediente y su expresión se endureció.

—También encontramos irregularidades en los informes de los estudios anteriores. Hay indicios de que los datos fueron alterados.

El corazón de Valentina pareció precipitarse al vacío. El pecho se le vació y se le apretó a la vez. Los pensamientos se le dispararon en todas direcciones, armando un rompecabezas con piezas que nunca antes había cuestionado.

Adrián. El nombre le brotó en la mente sin que lo buscara. Todos esos informes médicos siempre habían estado en manos de su marido. Todos los resultados siempre los había explicado él, con esa voz tan segura que no dejaba lugar a dudas.

Ni una sola vez Valentina los había visto por sí misma, sin intermediarios. Las manos le temblaron con violencia. Las lágrimas le caían cada vez más deprisa, empapándole las mejillas sin que pudiera detenerlas.

* * *

A mediodía, Adrián y doña Carmen llegaron al hospital tras enterarse del accidente. Adrián entró con gesto de preocupación. Se acercó a la cama a paso rápido.

—Valentina, ¿ya despertaste? —preguntó con tono inquieto.

Valentina volvió la cabeza despacio. Observó a su marido. El hombre al que había amado durante tanto tiempo, y al que ahora miraba con sentimientos muy distintos. El rostro ya no le expresaba nada; al contrario, la rabia empezaba a filtrársele por dentro. Pero no podía dejar que se notara.

—Adrián, tuve mucho miedo. Llegué a pensar que no la iba a contar —murmuró con voz débil, fingiendo una fragilidad que ya no sentía del todo.

Adrián se sentó enseguida a su lado. Le tomó la mano.

—Ya, no pienses en tonterías. Fue solo un accidente, ya te vas a recuperar —dijo rápido, como queriendo cambiar de tema.

Valentina le apretó la mano, aunque por dentro algo se resistía.

—¡Es que eres una imprudente! ¿Cómo cruzas la calle sin fijarte? —la reprendió doña Carmen con el ceño torcido.

En la expresión de la mujer no había rastro de preocupación; lo que se le notaba era puro fastidio y enojo. Se había pasado todo el día anterior esperando a que Valentina volviera porque quería su ensalada de frutas. Pero llegó la noche y la nuera nunca apareció.

—¿Y por qué te metiste en un hospital privado? ¡Aquí todo es carísimo! —soltó Adrián, irritado, encubriendo algo muy distinto detrás de la queja.

—Tranquilo, Adrián. Los gastos ya los cubrió la familia del que me atropelló —contestó Valentina.

Adrián apartó la mirada.

Santiago entró a la habitación con comida para Valentina. En cuanto lo vieron, Adrián y doña Carmen se volvieron hacia él.

—¿Quién eres tú? —preguntó doña Carmen con la mirada cargada de desdén.

—Mucho gusto, señora. Me llamo Santiago —respondió el hombre de camisa azul con cortesía.

—¿Fuiste tú el que atropelló a mi esposa? —inquirió Adrián, clavándole los ojos.

Santiago guardó silencio un momento.

—Soy el responsable de lo que le ocurrió a Valentina —contestó.

Adrián se fijó en el reloj que llevaba Santiago en la muñeca. Estaba seguro de que era caro.

—Espero que no vayas a limitarte a pagar la cuenta del hospital. Tienes que compensarnos también con algo más —dijo Adrián; en el brillo de sus ojos se adivinaba un cálculo mezquino.

—¡Adrián…! —Valentina le jaló la mano, en desacuerdo con lo que su marido estaba planteando.

—Exacto —intervino doña Carmen con firmeza, respaldando a su hijo—. También nos tienes que dar mil quinientos dólares.

—Señora… —Valentina detestaba que su esposo y su suegra se aprovecharan de la situación.

—Está bien —aceptó Santiago al mismo tiempo. Para él, esa cantidad no significaba nada.

Doña Carmen y Adrián cruzaron una mirada. Después, los dos esbozaron una sonrisa apenas perceptible.

—¡Esperamos la transferencia, entonces! —exclamó doña Carmen con entusiasmo.

Valentina apretó la mandíbula, furiosa e indignada ante la desfachatez de madre e hijo.

* * *

Esa noche, la habitación de Valentina se sumió en el silencio. Una luz tenue brillaba en un rincón y proyectaba sombras alargadas sobre las paredes blancas y frías. El pitido del monitor cardíaco sonaba quedo, rítmico, como recordándole que seguía viva, aunque el corazón se le estuviera muriendo de a poco.

Valentina yacía con los ojos abiertos. No dormía ni se movía. Solo contemplaba el techo, sin fijarse en nada. Las lágrimas habían dejado de correr hacía un rato. No porque el dolor se hubiera ido, sino porque ya estaba tan desbordada, tan colmada de angustia, que no le quedaba nada más que soltar.

Pero detrás de ese rostro agotado, la mente de Valentina empezó a trabajar. Uno a uno, los fragmentos de recuerdos fueron apareciendo, como astillas de vidrio con filo.

Recordó cómo Adrián siempre insistía en acompañarla cada vez que iba al médico. Jamás le dio la oportunidad de escuchar los resultados a solas. Todos los informes quedaban en sus manos. Todas las conclusiones las comunicaba él.

"El doctor dice que estás bien, solo es cuestión de tiempo."

Esa misma frase, repetida una y otra vez por Adrián, siempre con un tono tan convincente.

Valentina siempre le creyó. También recordó las "vitaminas" que tenía que tomar todos los días. Adrián se lo recordaba con voz firme cada vez que se le olvidaba. Y a veces hasta se enojaba si ella se negaba.

"Son por tu bien, para que tu útero esté fértil y listo para tener hijos."

Antes, esas palabras le sonaban cálidas. Ahora le sabían a veneno.

La respiración se le entrecortó. Sentía el pecho como estrujado por una fuerza invisible; un dolor agudo y lacerante. Más intenso que cualquier herida que tuviera en el cuerpo.

—E-en-tonces… to-do este tiempo… me estuvo min-tiendo… —balbuceó Valentina entre sollozos que ya no pudo contener. No logró terminar la frase. Las palabras le pesaban demasiado para pronunciarlas, le dolían demasiado para admitirlas.

Las lágrimas le corrieron sin descanso. El mundo a su alrededor volvió a desdibujarse, pero esta vez no era por el golpe, sino porque el corazón se le había hecho pedazos de verdad.

Contuvo el aliento un instante. Los puños se le cerraron sobre la cobija.

En medio de todo ese dolor, algo fue tomando forma dentro de ella, nítido e innegable. Nada de esto era casualidad. Lo más probable era que nunca hubiera estado enferma. La habían traicionado.

—Adrián… —musitó, la voz casi inaudible. Por primera vez desde que se casó, ese nombre ya no le producía ninguna calidez—. No voy a dejar que te salgas con la tuya…

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