Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?
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Capitulo 6
El trayecto hacia el puerto fue un silencio cargado de una electricidad estática que erizaba el vello de la nuca. Lilian observaba las manos de Killian sobre el volante: firmes, relajadas, con los nudillos blancos solo por la presión natural del agarre y no por el nerviosismo. Parecía que se dirigía a una cena de gala y no a un posible enfrentamiento armado donde la vida pendía de un hilo. Ella, en cambio, sentía que sus pulmones se habían vuelto de plomo; por más que abría la boca, el aire no lograba saciar la sed de oxígeno que le atenazaba el pecho.
Cuando los neumáticos chirriaron sobre el pavimento desgastado del muelle, el olor a salitre podrido y gasóleo la golpeó como una bofetada física. Era el aroma de lo clandestino. La penumbra grisácea del puerto solo se veía interrumpida por los destellos anaranjados de las grúas y la luz fría de los contenedores apilados como féretros metálicos. Killian bajó del coche con una elegancia depredadora y le hizo una señal. No intentó ocultarla tras el vehículo; la quería expuesta, a su lado, obligándola a ser el testigo presencial del derrumbe de su propio mundo.
A lo lejos, un grupo de hombres armados rodeaba un cargamento. No vestían uniformes, pero la rigidez de su postura y la forma en que sostenían las armas gritaba "autoridad" a los cuatro vientos. Entre ellos, Lilian divisó una silueta familiar. El corazón le dio un vuelco tan violento que sintió un sabor amargo en la garganta: era el detective Ramos, la mano derecha de su padre, el hombre que le había llevado dulces cuando era niña.
—Mira bien, Lilian —susurró Killian al oído, su aliento gélido rozándole la piel mientras se detenían tras una estructura oxidada—. Ese hombre ha cenado en tu mesa, ha brindado por tu salud, ¿verdad?
—Es el mejor amigo de mi padre... —logró articular ella, con una voz que parecía astillarse con cada palabra.
—No. Es su perro de presa. Observa con atención cómo se mueve la maquinaria de la "justicia" que tanto defiendes.
Lilian vio, con una mezcla de horror y fascinación morbosa, cómo uno de los hombres de Killian entregaba un sobre negro a Ramos. El detective no dudó. Lo pesó en su mano con una sonrisa cínica, un gesto tan ensayado que resultaba obsceno. Con un movimiento de cabeza, Ramos dio la orden; sus hombres bajaron los rifles y se apartaron, abriendo paso al veneno que Killian transportaba.
La náusea fue instantánea. La corrupción ya no era un titular de periódico o un concepto abstracto en sus libros de leyes; era ese sobre pasando de mano en mano bajo la luz mortecina de un puerto sucio. Era la traición con sabor a billetes nuevos.
—¡Ramos! —la voz de Killian restalló como un látigo, saliendo de las sombras.
El detective se giró, su mano volando hacia la funda de su arma por puro instinto, pero se quedó petrificado al ver a Lilian. Su rostro, antes lleno de una arrogancia burocrática, se transformó en una máscara de puro terror. El color abandonó sus mejillas, dejándolo gris como el asfalto.
—¿Lilian? —tartamudeó, el nombre escapándose de sus labios como una maldición—. ¿Qué haces aquí? Tu padre dijo que estabas... que te habías ido.
—¿Dijo que estaba dónde, Ramos? —lo cortó ella. El miedo que la había paralizado minutos antes se estaba transmutando en una rabia líquida, una llama que empezaba a lamerle las venas—. ¿Dijo que estaba de viaje? ¿O que ya habías cavado un agujero para mí?
Ramos alternó la mirada entre Killian y la chica, comprendiendo que el secreto mejor guardado de la fiscalía acababa de quedar expuesto.
—Lilian, vuelve a casa. Esto no es lo que parece. Tu padre solo intenta proteger el patrimonio, protegerte a ti...
—¿Proteger qué? —intervino Killian. Se colocó detrás de ella, dejando caer su mano sobre su hombro. No era un gesto de consuelo, era una marca de propiedad—. Cuéntale la verdad, Ramos. Cuéntale que el cargamento que acabas de liberar contiene los precursores químicos que el Juez prohibió públicamente la semana pasada para ganar votos. Dile que su ética tiene un precio y que yo acabo de pagarlo.
El silencio de Ramos fue el clavo final en el ataúd de la lealtad de Lilian. En ese vacío de palabras, ella escuchó cómo se rompía el último hilo que la unía a su vida anterior.
—Vete —dijo Lilian. Su voz no tembló; sonó con una frialdad que hizo que incluso Killian arqueara una ceja—. Vete y dile a mi padre que lo vi. Dile que a partir de hoy, ya no tiene una hija, sino un testigo.
El detective no necesitó más. Subió a su patrulla y quemó llanta al salir del muelle, huyendo de la ignominia que acababa de dejar grabada en las pupilas de la joven.
Lilian se quedó mirando el mar oscuro, donde las olas golpeaban los pilares de madera con un sonido rítmico y fúnebre. Se sentía vacía, como si alguien le hubiera arrancado el alma de cuajo y en su lugar solo hubiera dejado cenizas. Se giró hacia Killian, que la estudiaba con una mezcla de curiosidad y un triunfo mal disimulado.
—Ya lo viste —sentenció él—. No hay héroes, Lilian. Solo hay quienes pagan y quienes cobran. Bienvenido al mundo real.
—Tú también pagas, Killian —respondió ella, clavando sus ojos en los de él, negándose a bajar la mirada—. Eres el socio de la podredumbre de mi padre. Eres el mismo monstruo, solo que tú no usas corbata.
Killian se acercó, invadiendo su espacio personal hasta que ella pudo sentir el frío metálico del arma en la cintura del hombre contra su propio costado. Un recordatorio constante de la violencia que los rodeaba.
—No se equivoque, princesa. Tu padre lo hace por ego. Yo lo hago por supervivencia. Y ahora, tú estás en el mismo bando. Ramos le dirá que estás conmigo. A partir de este minuto, has dejado de ser su heredera para convertirte en un cabo suelto. Y sabes lo que él hace con los cabos sueltos.
—¿Estás diciendo que mi propio padre me enviará a matar? —el corazón de Lilian dio un vuelco, pero esta vez no fue de miedo, sino de una desolación absoluta.
—Te estoy diciendo que el único hogar que conocías ha dejado de existir.
Killian la tomó de la mano y la arrastró hacia el coche. Lilian no luchó, no gritó, ni siquiera intentó soltarse. Por primera vez, el contacto firme y rudo de su captor se sentía como el único anclaje sólido en un universo que acababa de licuarse bajo sus pies.
Mientras se alejaban, Lilian miró por el retrovisor. Vio cómo las luces del puerto se hacían pequeñas, como estrellas apagándose. La chica que creía en la justicia, la joven que esperaba que su padre fuera su héroe, se había quedado allí, muerta entre contenedores oxidados y sobres llenos de dinero sucio.
—¿Qué sigue? —preguntó ella. Su voz era firme, casi gélida, despojada de cualquier rastro de la vulnerabilidad anterior.
Killian la miró de reojo, y por primera vez, hubo un destello de respeto en su sonrisa oscura.
—Sigue la guerra, Lilian. Y en mi mundo, si no quieres ser la presa, tienes que aprender a disparar primero.
Ella no respondió. Solo apretó los puños, sintiendo cómo el odio hacia su propia sangre se convertía en el combustible que la mantendría en pie. Ya no era una víctima. Era una cómplice. Y, extrañamente, esa certeza le dio una paz que su vida de cristal nunca le había permitido conocer.