Tu nombre en mi pasado
En la ciudad de Vareth, donde el poder se mueve en silencio y la lealtad se paga con sangre, Adrián Voss vive atrapado en un pasado que nunca logró enterrar.
Años después de la muerte de su padre, una sola pista aparece de la nada: un nombre que no debería existir… Elena Rivas.
Ella es todo lo que no encaja en su mundo: tranquila, normal, aparentemente ajena a la oscuridad que domina la ciudad. Pero en Vareth, nadie es inocente… y nadie aparece por casualidad.
Mientras Adrián se acerca a ella buscando respuestas, lo que encuentra es algo mucho más peligroso: una conexión que no entiende, una atracción que no puede controlar… y un secreto que podría destruirlos a los dos.
Porque alguien más ya los está observando.
Y esta vez…
el pasado no viene a recordarse.
Viene a cobrarse.
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Lo que eliges romper
Los pasos estaban a segundos.
El sonido metálico de armas rozando paredes se filtraba por el túnel como un aviso final.
Adrián no se movía.
La llave seguía encajada.
La pantalla seguía viva.
Y los nombres…
seguían observándolo como si esperaran su decisión.
—¡Adrián! —susurró Elena, con urgencia— ¡ahora!
Mateo se colocó cerca de la entrada, atento, listo para reaccionar.
—Cinco segundos… —murmuró— o entran.
El aire se volvió insoportable.
Pesado.
Irrespirable.
Adrián cerró los ojos un instante.
Solo uno.
Y en ese segundo…
vio todo.
El rostro de su padre.
Las sombras de Vareth.
El nombre de Elena en la pantalla.
El momento en el café.
El beso.
La persecución.
Todo.
Y entendió algo.
No podía salvarlo todo.
Pero sí podía elegir qué romper primero.
Abrió los ojos.
Y actuó.
Giró la llave.
La terminal reaccionó de inmediato.
Las pantallas parpadearon violentamente. Un sonido agudo recorrió la sala, como si algo dentro del sistema estuviera siendo forzado a despertar por completo.
Mateo giró.
—¿Qué hiciste?
—Lo necesario —respondió Adrián.
—¡Eso no es una respuesta!
Pero ya era tarde.
En la pantalla…
los nombres comenzaron a moverse.
Rápido.
Desordenado.
Como si alguien hubiera soltado el control.
Elena observaba, sin entender del todo.
—¿Qué está pasando?
Adrián no apartaba la vista.
—Los estoy sacando.
Silencio.
Mateo lo miró.
—¿Sacando… cómo?
—Eliminando registros.
Elena sintió el impacto.
—¿A quién?
Adrián tragó en seco.
—A todos los que pueda.
Un disparo atravesó el túnel.
La bala impactó contra la pared cerca de la entrada.
—¡Entraron! —gritó Mateo.
Se cubrió de inmediato.
—¡Date prisa!
Adrián aceleró el proceso.
Sus manos se movían con precisión, como si supiera exactamente qué hacer… aunque nunca lo hubiera hecho antes.
Como si…
algo en él recordara.
Las pantallas comenzaron a marcar nombres como “inactivos”.
Otros… desaparecían por completo.
—¡Adrián! —gritó Elena— ¡tenemos que irnos!
—Un segundo más.
—¡No tenemos un segundo!
Otra bala.
Más cerca.
Polvo cayendo del techo.
Pasos ya dentro del pasillo.
Sombras proyectándose en la entrada de la sala.
Mateo respondió.
Disparó.
El eco del arma retumbó en el espacio cerrado.
—¡Se están metiendo!
Adrián apretó los dientes.
Miró la pantalla.
Buscó.
Encontró.
Elena Rivas.
Su nombre seguía ahí.
Con esa marca.
Diferente.
Intocable.
—No… —murmuró.
Intentó seleccionarlo.
Nada.
Otra vez.
Nada.
—¡No se borra! —dijo, frustrado.
Elena lo miró.
—Déjalo.
—No.
—¡Adrián!
Él giró hacia ella.
Y en sus ojos había algo más fuerte que la urgencia.
—No te voy a dejar dentro de esto.
Silencio.
Incluso en medio del caos…
eso pesó.
Mateo disparó otra vez.
—¡Dos más entrando!
—¡Adrián, ya! —gritó Elena.
Pero él no se movía.
Seguía intentando.
Una vez más.
Nada.
Entonces entendió.
No era un error.
Era diseño.
—No eres un registro… —susurró.
Elena lo miró, confundida.
—¿Qué?
Adrián la sostuvo con la mirada.
—Eres parte del sistema.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué estás diciendo…?
Pero no hubo tiempo para responder.
Un hombre apareció en la entrada.
Arma en mano.
Apuntando.
Mateo reaccionó primero.
Disparo.
El hombre cayó.
Pero no venía solo.
Adrián tomó la llave.
La giró de nuevo.
Esta vez…
para cerrar.
La terminal emitió un sonido fuerte.
Las pantallas comenzaron a apagarse.
Pero no antes de mostrar algo más.
Un mensaje.
Breve.
Frío.
Directo.
“Acceso incompleto. Sujeto vinculado activo.”
Elena lo vio.
Y entendió.
O al menos…
parte.
—Vámonos —dijo.
Adrián arrancó la llave.
La sala quedó en penumbra.
Silenciosa.
Como si nada hubiera pasado.
Pero todo había cambiado.
—¡Por aquí! —gritó Mateo.
Se movieron rápido hacia otra salida lateral.
Un pasillo más estrecho.
Más oscuro.
Pero libre.
Por ahora.
Corrieron.
Sin mirar atrás.
Sin pensar.
Solo movimiento.
Solo escape.
Solo supervivencia.
Después de unos minutos que se sintieron eternos…
el túnel comenzó a ascender.
Una salida.
Una luz débil al final.
—Ahí —dijo Mateo.
Subieron.
Rápido.
Forzando el cuerpo.
Forzando la respiración.
Salieron.
Aire frío.
Noche.
Ciudad.
Pero no la misma zona.
Más abierta.
Más lejana.
Por ahora… segura.
Elena se apoyó en una pared, respirando con dificultad.
—Dios…
Mateo miró alrededor.
—No nos siguieron.
Adrián se quedó quieto.
Mirando la llave en su mano.
Pensando.
Procesando.
—Esto fue un error… —murmuró Mateo.
Adrián levantó la vista.
—No.
Silencio.
—Fue el primer golpe.
Elena lo miró.
—¿Qué hiciste exactamente?
Adrián respiró hondo.
—Rompí parte del sistema.
—¿Parte?
—Sí.
Pausa.
—Pero no todo.
Silencio.
—¿Y ahora? —preguntó ella.
Adrián la miró.
Y por primera vez…
no había duda.
—Ahora vienen por nosotros de verdad.
Elena sintió el peso de eso.
Pero no retrocedió.
Ya no.
—Entonces que vengan.
Mateo soltó una pequeña risa.
—Eso… es exactamente lo que van a hacer.
Adrián guardó la llave.
Miró la ciudad.
Oscura.
Viva.
Peligrosa.
Y luego a ella.
—Esto ya no es solo sobrevivir.
Elena sostuvo su mirada.
—Entonces dime qué es.
Silencio.
Y entonces…
la verdad.
—Es terminar lo que él empezó.
Porque ahora ya no estaban huyendo.
Ya no estaban reaccionando.
Ya no estaban intentando entender.
Ahora…
estaban en guerra.
Y lo más peligroso de todo…
es que esta vez no solo luchaban contra el sistema.
Luchaban contra lo que ese sistema había hecho de ellos.