El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.
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UN REENCUENTRO.
...Reino de Norvak. ...
Melgar entró hecho una furia a sus aposentos debido al enfrentamiento con su “padre”.
Osten, su compañero fiel, vio a su majestad, el príncipe, enojado.
—¿Acaso tuvo otro disgusto con su padre? —cuestionó el joven.
—A veces no sé qué es lo que mi padre espera de mí —siseó molesto—. Nada de lo que haga parece ser suficiente. Me esfuerzo por cumplir con sus demandas. Todos y cada uno de los malditos días me levanto para prepararme para el momento en que llegue al trono. Pero parece que le molesta más que haga las cosas bien, que el verme fallar.
Osten dejó caer los hombros en un suspiro.
—Melgar, cálmate. No contradigas a tu padre, solo haz lo que te pide.
—Lo dices tan fácil, no cargas el peso del reino sobre tus hombros.
Osten le sirvió un trago.
—¿Sabes qué te vendría bien? Salir un rato.
Melgar sonrió, tomando la copa, dedicándole una mirada cómplice.
Tenían prohibido salir del castillo, era peligroso. Aún había gente muy resentida por la guerra y, si lo reconocían como el príncipe, podrían atacarlo.
Osten se movió por los aposentos, buscando la capa que Melgar utilizaba cuando se escapaban del castillo y de los guardias.
Osten ayudó a Melgar a colocarse la capa. Después de eso, el príncipe caminó hacia un espejo.
Tomó el anillo que llevaba en el dedo índice y lo deslizó hacia afuera. Su cabello y sus ojos dejaron el blanco para dar lugar a su verdadera apariencia.
—Menos mal que tus poderes no están sellados del todo y puedes hacer trucos básicos como cambiar tu apariencia cuando te retiras el sello del anillo —comentó Osten mientras se colocaba su capa.
Lo cierto era que el anillo no funcionaba como un bloqueo. Melgar no poseía magia. Más bien, funcionaba como un anclaje: el hechizo que mantenía el cabello y los ojos blancos estaba ligado al anillo. Él le había mentido a Osten, haciéndole creer que era un sello.
Melgar y Osten cubrieron sus cabezas con las capas y se acercaron a las ventanas.
—¿Listo, majestad?
—Andando.
Los jóvenes saltaron entre ventanas, por las torres del castillo, en un camino que ya tenían aprendido de memoria.
Brincaban y se columpiaban descendiendo por las paredes y techos del castillo, cuidando de no resbalar con la nieve. Cuando llegaron a uno de los tejados bajos, un par de guardias que cumplían con su rutina de rondín pasaron.
El par se escondió, dando pasos hacia atrás y colocándose pecho a tierra sobre los tejados.
Cuando el sonido de los cascos de los caballos se alejó, salieron de su escondite. La oscuridad de la noche ya jugaba a su favor, por lo que rápidamente se deslizaron hacia la muralla del jardín trasero, dejando un camino de huellas en la nieve. Pero sabían que la nevada las cubriría pronto.
El primero en escalar el muro fue Osten.
Tomó distancia y corrió tan rápido como la nieve se lo permitió, ayudándose de Melgar, utilizándolo como escalón para lograr llegar a la cima del muro con éxito, posicionándose para ayudar a su amigo a subir.
Melgar fue el siguiente. Tomó distancia y, al ser un poco más alto, su salto podía llegar un poco más lejos. Corrió tan rápido como la espesa nieve le permitió, usando el muro como impulso, encontrándose en un fuerte agarre de manos con Osten, quien le ayudó a terminar de llegar a la cima.
Una vez ambos ahí, saltaron al otro lado del muro, cayendo con sigilo y rodando entre la nieve fresca.
Ambos se aventuraron en una carrera por el bosque hasta llegar a la ciudadela del reino, siendo Melgar el vencedor.
—Aún sigo creyendo que haces trampa, no es posible que ahora me venzas todas las veces cuando antes no podías ni escalar ese muro —se quejó Osten.
—Mi cuerpo no estaba en tan buenas condiciones, pero ahora no podrías vencerme, aun cuando lo intentaras de verdad.
Comenzaron a caminar por las calles adoquinadas, sin más luz que la que reflejaba la luna.
El par se acercó a una tasca.
—Déjame hablar a mí —dijo Osten antes de separarse.
Melgar no escuchó lo que le dijo al hombre de la entrada.
Pero Osten le indicó a Melgar que podían entrar con un movimiento de cabeza.
El príncipe se acercó.
—Espero que no quieras cerrar esta taberna.
—No vengo como príncipe.
Poco sabía Melgar que traicionaría sus propias palabras.
Ambos se sentaron en la barra vieja, hecha de maderas poco lijadas, cerca de la tenue luz de la chimenea para tomar un poco de calor.
Los capillos cayeron sobre sus hombros cuando el tabernero deslizó los tragos frente a ellos.
Melgar recorrió el lugar con la mirada. Estaba lleno de maleantes alcoholizados y mujeres desnudas dejándose tocar.
Su mente comenzó a planear rutas de escape y cosas que pudiese utilizar como armas. Melgar siempre tenía los sentidos activados.
Su vista se fijó en un hombre que entró como si el lugar le perteneciera.
Melgar no le quitó la vista de encima, algo en él llamaba su atención.
Los amigos comenzaron a conversar.
—¿Cómo sabes de este lugar? —preguntó el príncipe a Osten después de un largo rato de conversación trivial, sobre los entrenamientos de su Majestad.
—A diferencia de usted, majestad —posó una mano en su pecho—, puedo salir del castillo cuando me plazca.
—Eso no explica por qué conoces este lugar —Melgar alzó una ceja.
Solo preguntaba por curiosidad, o eso se decía a sí mismo.
—Cuando salgo me gusta conocer gente, lugares.
—Mujeres, sobre todo al parecer —señaló Melgar, mirando alrededor.
—Beneficios de ser como un hijo para su señor padre, sin las responsabilidades de la corona —alzó Osten una ceja con descaro.
—Eres responsable de mí, eso es una gran carga —el tono bromista en Melgar se hizo presente.
—Cierto —ladeó Osten la cabeza—, y es casi tan grande como sostener el reino sobre mis hombros.
Dos bebidas más llegaron a sus manos.
—¿Nunca has pensado que tal vez si tus padres no hubiesen muerto en la guerra, no tendrías que estar sirviéndome y tendrías un título?
—Todos sirven a la corona — Osten hizo un gesto como si fuese obvio. — pero..
La mirada de ojos verdes de Osten se perdió dentro de la bebida entre sus manos.
—Si, lo he pensado… —su mandíbula se tensó, pronunciando cada palabra con claridad—. Mis padres fueron acusados de traición por tu abuelo.
Su vista se dirigió a Melgar, no porque guardara odio por la familia real, sino porque sabía lo que el futuro rey pensaba de la traición, pero el príncipe no se inmutó.
Aun así, Osten sintió la necesidad de aclarar.
—Mi padre escogió la lealtad… lealtad a tu padre. A su amigo y hermano. Al hombre con el que creció. A quien le juró lealtad antes que a todos. Tal vez traicionó a la corona, pero no a la que tú llevarás en el futuro.
Dio un trago más profundo.
—Lo entiendo —dijo Melgar sin desviar la mirada.
—El rey ha sido como un segundo padre para mí, estoy agradecido con él.
Melgar lo observó un poco más, como tratando de comprender.
—¿Por qué no estás enojado? —preguntó por fin—. Todo lo que tenías y lo conocías, te fue arrebatado.
—No —respondió con calma—. Si me enojo, eso no cambiará nada, pero a mí me lo cambiaría todo.
Melgar lo miró sin comprender.
—Lo que soy… —los ojos de Osten parpadearon despacio, perdiéndose en la suavidad de sus palabras— es lo único que no pueden quitarme. Yo sigo siendo Osten Caelmont, único y último descendiente de su estirpe, hijo de Daren Caelmont y Loelia Caelmont, héroes que se sacrificaron por el bien del reino y aliados fieles a la corona hasta el último de sus alientos.
La mirada de Osten estaba llena de orgullo.
Melgar admiró su valentía y la forma en la que vivía y recordaba la muerte de sus padres.
Había mucha verdad en sus palabras, le quitaron a su familia, pero no quién era, y si sucumbía a eso, entonces aquellos que le hicieron daño, aunque ya estuviesen muertos, ganaban.
Al menos eso le quedaba.
Melgar sintió rabia, porque él… él sí no tenía nada.
No estaba su padre, ahora convencido de que su muerte no fue una enfermedad extraña. No estaba su madre, que con el tiempo supo con detalle que, con la ausencia de su magia y sus hijos, ella misma terminó con su vida. No estaba su hermano, quien fue atravesado cruelmente por una flecha. No estaba su reino, el que juró proteger y que también juró protegerlo. No estaba su magia, esa maldita magia que no se había atrevido a reclamarlo como suyo para llenarle el valor de arrancarse la vida.
Y por último, lo único que le quedaba, lo único que le pertenecía, lo único que seguía siendo suyo… su nombre, su identidad, quién era… eso también lo había perdido.
Osten tenía razón, él no lo había perdido todo… y Melgar tampoco. Pero Erian sí, al grado de que ya no existía.
Y de las cenizas se había formado este nuevo ser, surgido del odio, el dolor y la venganza.
Tal vez no era del todo el hijo del rey, pero tampoco era esa parte oculta de él…
era… nada.
Continuaron conversando.
Una mujer, sin nada puesto más que una capa, se acercó a ellos.
Su figura era esbelta, caminaba con seguridad.
—Vaya… —la voz era suave, casi arrastrada— no suelen venir rostros nuevos por aquí.
La mujer apoyó un brazo sobre la barra, inclinándose con naturalidad. La tela ligera dejaba ver más de lo que ocultaba, y su cercanía traía consigo un aroma dulce que contrastaba con el humo y el alcohol del lugar.
Osten la miró primero, con una sonrisa tranquila.
Melgar observaba que el tabernero hablaba con el hombre que había entrado hace unos instantes, pero lo hacían de manera discreta, como si no quisieran que nadie los escuchara. Después se alejaron el uno del otro.
No prestó atención a la mujer.
—Tal vez luego, solo estamos de paso.
—Los que están de paso suelen buscar compañía —respondió ella, divertida, pasando una mano por el pecho del hombre.
—En otra ocasión —contestó Osten con calma—. Esta noche no.
No fue un rechazo brusco, pero sí claro.
La mujer sostuvo su mirada un segundo más, evaluándolo… y luego giró ligeramente el rostro hacia Melgar.
Sus ojos se detuvieron en él con más interés.
—¿Y tú? —preguntó, acercándose apenas—. ¿También estás de paso?
Melgar levantó la vista con lentitud.
La observó sin prisa, recorriendo su figura con una mirada más directa.
No respondió de inmediato.
La mujer dio un paso más cerca.
—No pareces alguien que venga aquí solo a beber —murmuró.
Melgar dejó la copa sobre la barra.
—Depende de lo que encuentre.
La comisura de los labios de ella se curvó en una sonrisa leve.
Apoyó la mano sobre su hombro, con un toque ligero, probando su reacción.
Él no se apartó, pero tampoco se estremeció.
Sus dedos descendieron hacia el pecho de él. Ella ya estaba de pie entre sus piernas.
—Puedo hacer que valga la pena —susurró.
Melgar sostuvo su mirada esta vez, sin evasivas.
Su mano bajó al borde de la capa, hasta rozar la piel de la mujer.
—¿Siempre estás tan segura? —dijo, deslizando su mano dentro de la tela.
—Solo cuando no me equivoco —sonrió satisfecha.
Un breve silencio se instaló entre ambos.
Osten observaba la escena de reojo, sin intervenir.
Melgar tomó la copa de nuevo, dio un trago corto y se levantó.
—Demuéstralo entonces.
Osten sonrió, pero no le sorprendía.
No fue una invitación cálida… pero tampoco un rechazo.
La mujer tomó la mano del príncipe y lo guió a otro lugar.
Cuando Melgar desapareció de los ojos de Osten, después de un tiempo, dos hombres se acercaron, sigilosos.
No de inmediato…
sino poco a poco, como si fuese casualidad que terminaran tan cerca.
Osten desvió la vista de su bebida hacia la nada, sintiendo el filo en uno de sus costados.
—No hagas movimientos.
Se escuchó la voz baja.
Osten se quedó completamente inmovil sin poder verlos.
— Mira nada más — se escuchó la voz con sorna— tenemos a la realeza visitándonos.
—No sé de qué hablan. — respondió con calma.
—Claro que lo sabes —murmuró el otro—. El príncipe Melgar está aquí. No fue fácil reconocérlo sin ese cabello blanco. Beneficios de la magia supongo.
Osten apretó apenas la copa entre sus dedos.
—Te equivocas.
El acero presionó un poco más.
—No —la voz se volvió más firme—. Sabemos que es el, no tiene caso negarlo.
Osten bajó la mirada.
—Entonces entra tú y pregúntale.
—Eso haremos —respondió el hombre—. Pero tú vas a entrar primero.
Osten frunció apenas el ceño.
—No tengo nada que ver con—
—Vas a entrar —lo interrumpió— y te vas a asegurar de que no haga nada cuando lo neutralicemos.
El pulso de Osten no cambió.
Pero su cuerpo se tensó apenas.
—No lo haré.
El filo se hundió un poco más en su costado.
—No es una opción.
El ruido de la taberna seguía igual.
Y entonces—
—No creo que eso vaya a pasar.
La voz vino desde atrás.
Melgar se había acercado con sigilo y colocó dos dagas en los cuellos de ambos hombres, una en cada lado, con los brazos abiertos, firmes y precisos.
Tan cerca… que bastaba un movimiento para abrirles la piel.
—Elegiste a las personas equivocadas para intentar algo así —murmuró.
El cuerpo de los hombres se tensó de inmediato.
El líder , el mismo que había hablado con el tabernero era uno de los que tenian una daga en el cuello.
Sus hombres distribuidos por toda las tasca se levantaron de imediato.
Sacando armas y preparados para atacar.
Melgar dio un paso al frente apretando un poco más las dagas.
Una gota de sangre se deslizó por el filo.
Los hombres se detuvieron.
Melgar tambien detuvo.
—Estás rodeado, muchacho —dijo el líder—. No saldrás vivo de aquí.
Los dos hombres que seguían junto a Osten mantuvieron sus dagas pegadas a su torso todo el tiempo.
Osten no se movía.
No podía.
Melgar ladeó apenas la cabeza.
—Oh… —su voz fue baja, casi tranquila— pero te mataré antes de que lleguen a mí, eso es seguro.
El silencio cayó de golpe.
La mirada del hombre se oscureció.
Y la de Melgar también.
Se reconocían.
Sabía perfectamente quién era el hombre frente a él.
Y eso…
lo cambiaba todo.