Charlotte, doncella bastarda de la casa Elara. su destino está maldito por su hermana. la única manera de salvarse es casándose con el hombre más malvado del reino. Nathaniel Cyrus.
Las reencarnaciones tiene a sus favoritos y a sus mejores guerreros.
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Capitulo 7: Es absurdo.
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El sótano quedó en silencio después de que Nathaniel le arrebató el cuaderno de las manos. No lo abrió otra vez, lo sostuvo cerrado contra el pecho como si fuera un documento oficial que nadie debía tocar. Charlotte no retrocedió. El polvo del lugar le picaba la garganta, pero no apartó la mirada. Él tampoco lo hizo. Durante varios segundos solo se escuchó el leve crujido de la madera bajo sus botas y la respiración contenida de ambos, como si cualquiera de los dos estuviera esperando que el otro hablara.
Nathaniel lo hizo primero.
—Suba.
Charlotte asintió. Subieron las escaleras uno detrás del otro. Él cerró la puerta con llave y guardó la llave en el bolsillo del chaleco. El gesto fue rápido, pero ella lo notó. Él fue quien dejó la trampa.
Caminaron por el pasillo lateral hasta llegar a una sala pequeña, más privada que el resto de la casa. No era un salón de recepción ni un comedor. Tenía un sofá sencillo, dos sillones y una mesa baja con papeles ordenados.
Nathaniel se quitó los guantes con lentitud.
—Siéntese.
Charlotte obedeció y se acomodó en el sofá, manteniendo la espalda recta. Él tomó el sillón frente a ella.
—Ahora hable —dijo—. Y le sugiero que no omita nada. Esa fue su promesa.
Ella respiró hondo. Sabía que lo que iba a decir sonaría absurdo.
—Le advertí anoche que no mentiría. Y que soltaría la verdad.
—Eso espero.
Charlotte entrelazó las manos.
—Lo que voy a contarle no es algo que suela decir en voz alta. Ni siquiera sé si debería.
—Decídase.
—Bien.
Lo miró de frente.
—Yo no soy exactamente Charlotte Elara. No del todo.
Nathaniel no parpadeó.
—Ya lo sé. Vaya directo.
—Tengo recuerdos que no pertenecen a esta vida. O mi alma no es la que pertenece aquí.
Él apoyó el codo en el brazo del sillón.
—¿Está diciendo que perdió la razón?
—No. Estoy diciendo que morí.
El silencio volvió a extenderse.
—Morí de una forma estúpida —continuó ella con voz firme—. Un accidente todo bobo. No hice nada importante antes de morir. Solo… terminé ahí. Y luego desperté en este cuerpo, siendo Charlotte.
Nathaniel no se rió para nada. Su humor prácticamente estaba muerto. Ni siquiera la interrumpió.
Charlotte siguió hablando, más rápido ahora, como si necesitara sacarlo todo de golpe.
—Al principio pensé que era un sueño largo. Después entendí que no. Sabía cosas que nadie más sabía de este mundo. Cómo mi destino si no me casaba con usted.
Nathaniel frunció apenas el ceño.
—Continúe.
—Tengo una especie de maldición. Mi cuerpo se debilita de repente. Fiebre, mareos, falta de aire. Los médicos dicen que estoy sana, pero los síntomas aparecen igual. A veces duran horas. A veces días.
—¿Desde cuándo?
—Desde que la estúpida de mi hermana me maldijo.
—¿Y nadie sospechó nada extraño?
—Creyeron que era frágil. La única cura, aunque suene tonto, es enamorar al hombre más malvado. Y ese es usted.
—Ya veo. Solo le haré otra pregunta. ¿Creé que lo hubiera logrado?
—¿De enamorarlo?. Quizás. Solo debía darle más comida.
—Ni que la comida me diera felicidad.
—Pero se comió todas las arepitas que le hice.
Nathaniel no comentó nada y se levantó. No parecía sorprendido. Eso inquietó a Charlotte más que cualquier burla.
—¿Va a decir algo? —preguntó ella.
—Estoy pensando.
— ¿Cree que miento?
— No.
La respuesta fue inmediata y Charlotte parpadeó.
— ¿No?
— Si estuviera inventando, lo haría mejor. Su historia es demasiado torpe para ser una mentira buena.
Ella casi sonrió.
— Gracias… creo.
Nathaniel se detuvo frente a la ventana.
— ¿Cómo murió exactamente?
— Tomándome una pastilla sin agua. Fue ridículo. Me dio rabia hasta después de morir.
Nathaniel soltó una breve exhalación que casi parecía risa.
— Eso suena más honesto que cualquier discurso dramático.
Charlotte lo observó con atención.
— Ahora yo quiero preguntar algo.
— Pregunte.
— ¿Por qué está aquí? Esta mañana lo vi marcharse en su carruaje. Pensé que no regresaría hasta la noche.
Él se giró. Y con la misma sequedad habló.
— Olvidé unos documentos.
— ¿Solo eso?
— Sí.
Pero ella notó que evitó mirarla un segundo.
Antes de que pudiera insistir, una punzada le atravesó el pecho. El aire se le atascó en la garganta. Parpadeó, confundida.
— Espera…
Nathaniel se tensó.
— ¿Qué ocurre?
Charlotte se llevó la mano al cuello.
— Es… uno de esos síntomas.
El mareo llegó rápido. La habitación perdió nitidez. Intentó ponerse de pie, pero las piernas no le respondieron.
Nathaniel la sostuvo antes de que cayera.
— Siéntese. Ahora.
— Estoy bien…
— No lo está.
Su voz había cambiado. Seguía siendo firme, pero ya no fría.
Charlotte notó el calor de su mano en el brazo. Él la ayudó a levantarse.
— Venga.
— ¿A dónde…?
— A mi habitación. Está más cerca.
Ella no discutió. Caminaron por el pasillo con rapidez. Los sirvientes se apartaron al verlos. Nathaniel abrió la puerta de su cuarto sin anunciar nada.
Era amplio, ordenado, con pocos adornos. Todo estaba en su lugar.
— Acuéstese —ordenó.
Charlotte dudó.
— Es su cama…
— No tengo tiempo para formalidades. Y usted tampoco. Acuéstese.
Obedeció. El mareo aumentaba. Le dolía la cabeza. Nathaniel abrió un armario y sacó una prenda oscura, una camisa gruesa.
Se la tendió.
— Huélala.
Ella lo miró, confundida. Muy confundida.
— ¿Perdón?
— Huélala.
— ¿Para qué?
— Hágalo.
— Esto es extraño, excelencia.
Él alzó la voz por primera vez.
— ¡Hágalo!
Charlotte se sobresaltó. Nunca lo había escuchado gritar.
Tomó la prenda y la acercó con torpeza al rostro. Olía a jabón y a algo más, un aroma seco, como madera y tela limpia y a él.
Respiró hondo.
El mareo no desapareció de inmediato, pero su respiración se estabilizó un poco.
Nathaniel bajó el tono.
— Siga respirando así.
— ¿Por qué…?
— Mi olor calma a los caballos nerviosos. Y a los perros. Pensé que podría servir.
— ¿Es una broma?
— Sí. Obvio que lo es. Lo dijo usted, debía enamorarme para romper la maldición. Mi ropa tiene mi olor. Quizás podría ayudar hasta encontrar otra manera de salvarla.
Ella soltó una risa débil.
— ¿Funciona?— preguntó él.
— Un poco.
Él asintió.
— No se mueva.
Se acercó a la puerta.
— No salga de esta habitación hasta que se sienta mejor. Es una orden.
— ¿Y usted?
— Tengo trabajo.
— ¿Me va a dejar aquí sola?
— Está más segura aquí.
Charlotte lo miró unos segundos.
— Gracias.
Nathaniel no respondió. Solo salió.
Minutos después, su carruaje avanzaba por el camino principal. Dentro, él miraba por la ventana sin ver realmente el paisaje. Sus manos estaban tensas sobre las rodillas.
Pensó en su voz al decir que había muerto. En la naturalidad con la que habló. En los dulces extraños. En la forma en que no fingía miedo.
Cerró los ojos un momento. No era una coincidencia.
Desde el primer día lo había notado. Esa sensación de estar hablando con alguien igual a él.
— Es una reencarnada.
Solo aceptó la idea con la misma frialdad con la que aceptó cuando llegó hace años aquí.
Exhaló lentamente.
— Por eso acepté casarme con ella. Porque ella no es normal aquí. Porque entiendo como es vivir en un mundo en el que todo está en tu contra.
Abrió los ojos. Declaró tan fuerte para el mismo.
— Te ayudaré a romper la maldición, pero no será enamorandote de mí.
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buen Charlotte muestra tus💪