"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 12: El Eco de la Ausencia
La desesperación tiene un olor particular: huele a hospital, a humedad y a miedo. Bianca no podía esperar más. La respiración de Clara era un silbido agónico que llenaba la casa, y las promesas de Santiago se sentían como veneno, mientras que la violencia de Juan la hacía dudar de si su dinero llegaría a tiempo.
Sin decirle nada a nadie, caminó hacia la mansión. Las puertas de hierro se abrieron antes de que ella tocara; los hombres de Andrés ya sabían que venía. Al entrar al gran salón, el silencio era absoluto. No había música, ni socios, ni copas. Solo el aroma a maderas nobles y la figura de Don Andrés recortada contra el ventanal.
...— Has tardado más de lo que esperaba —dijo él, sin volverse. Su voz no era autoritaria, era vacía. ...
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Un Encuentro Diferente
Bianca se acercó, pero se detuvo a dos metros. Esperaba que él se burlara de su regreso, que la obligara a arrodillarse o que le recordara su fracaso con Juan y Santiago. Pero Andrés permaneció inmóvil. Cuando finalmente se giró, Bianca sintió un vuelco en el estómago.
Sus ojos, antes cargados de una posesión ardiente, estaban apagados. El orgullo herido de Andrés no se manifestaba como ira, sino como una distancia insalvable.
— Necesito... ayuda para Clara —susurró Bianca, odiando la debilidad en su propia voz.
Andrés caminó hacia ella. No hubo el roce eléctrico de antes, ni el intento de marcar su territorio. Se detuvo frente a ella y la observó como quien mira una estatua hermosa pero rota.
— Lo sé —respondió él simplemente.
Andrés se acercó al escritorio y, con una indiferencia que la dejó sin palabras, tomó varios fajos de billetes atados con bandas elásticas y los dejó sobre la mesa de caoba. El sonido del dinero golpeando la madera resonó en el vacío de la estancia.
— Llevátelos. Es suficiente para el tratamiento de tres meses y el traslado a la ciudad —dijo él, dándole la espalda de nuevo—. No tienes que trabajar más turnos dobles en el club. No tienes que servirle copas a tipos como Aguilar para demostrarme nada.
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El Cambio Invisible
Bianca se quedó paralizada. Miró el dinero y luego a él. Esperaba que el precio fuera una noche con él, o una promesa de lealtad eterna, o que abandonara a Juan. Pero Andrés no pidió nada.
— ¿Cuál es el trato, Andrés? —preguntó ella, confundida—. ¿Qué quieres a cambio?
Andrés soltó una risa amarga, una que no llegó a sus ojos.
— Ya no quiero nada de ti, Bianca. Me di cuenta de que no se puede poseer lo que no se entrega por voluntad propia. Quédate con el dinero. Tómalo como un préstamo, como una donación... llámalo como quieras. Solo salva a esa niña.
Bianca sintió una punzada de algo que no era miedo. Era una mezcla de culpa y una extraña nostalgia. Al estar cerca de él, notó que Andrés no olía a dominio, sino a una soledad profunda. Algo en él había cambiado: el monstruo que quería enjaularla había dado paso a un hombre que simplemente la estaba dejando ir, pero asegurándose de que no cayera.
...Sintió el impulso de tocarle el brazo, de decirle que Santiago la estaba extorsionando o que Juan no era quien ella pensaba, pero el muro de orgullo herido de Andrés era demasiado alto...
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El Peso del Adiós
— Vete, Bianca —ordenó él, su voz quebrándose apenas un milímetro—. Mis hombres te llevarán a casa. No vuelvas aquí a menos que sea para pagar la deuda.
Bianca tomó el dinero. Sus manos temblaban. Se sintió pequeña, no por la riqueza de él, sino por la magnitud de su desprecio silencioso. Al salir de la mansión, el peso de los billetes en su bolso le recordaba que Clara viviría, pero el vacío en su pecho le decía que algo entre ella y Andrés se había roto de forma definitiva.
Él ya no la miraba con hambre, sino con la resignación de quien ha perdido la guerra más importante. Y por primera vez, Bianca se preguntó si el verdadero villano era el hombre que le entregaba los medios para salvar a su familia sin pedir nada, o los hombres que decían amarla mientras la usaban como un arma.
Desde el balcón, Andrés la vio subir al coche. No bajó. No la detuvo. Se limitó a apretar el puño contra el cristal, sufriendo en una soledad que él mismo había construido para protegerla de sí mismo.