Mariana odió el libro dramático que leyó. Y como castigo, el libro la teletransporta dentro de la historia. dónde ahora es la protagonista muda y tonta.
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Capitulo 15
El murmullo que siguió a la caída del conde Ernesto no se detuvo, se transformó en un ruido bajo que recorría todo el salón, grupos de nobles hablando entre sí, algunos alejándose con discreción, otros intentando acercarse más de lo permitido; los guardias formaron un espacio alrededor del cuerpo, impidiendo el paso, y los sirvientes se movían con rapidez, sin levantar la voz, pero con urgencia.
Lucero no apartaba la mirada, sus manos estaban tensas, sujetando la copa que ya no tenía sentido en su mano, Marcel se acercó más a ella, lo suficiente para cubrir su campo de visión con su propia presencia.
—No mires —dijo en voz baja.
Lucero negó suavemente, sus ojos volvieron a buscar el cuerpo.
—No te van a dejar acercarte —añadió él.
Ella lo miró, sus ojos mostraban una mezcla de necesidad y confusión, levantó una mano, señalando hacia el lugar.
—Lo sé —respondió Marcel—, pero no ahora.
Lucero respiró más rápido, sus dedos se movieron, formando una seña clara.
“Mi madre”.
Marcel la entendió.
—Es muy tarde —dijo—, no es seguro salir ahora.
Lucero insistió con el gesto.
—Mañana temprano —añadió él—, iremos juntos.
Lucero sostuvo su mirada, dudando un instante, luego asintió.
—Confía en mí.
Ella bajó la mano, aceptando.
Mientras tanto, en el centro del salón, el cuerpo de Ernesto seguía en el suelo, cubierto ya parcialmente, y la atención se dirigía ahora hacia Isolda, quien estaba sentada, sostenida por una sirvienta, su rostro pálido, sus ojos llenos de lágrimas.
—Él no estaba bien —decía, con la voz entrecortada—, yo se lo dije, le pedí que no bebiera tanto.
Un hombre con autoridad, encargado de mantener el orden, la observaba con atención.
—¿Notó algo antes de que cayera? —preguntó.
Isolda negó.
—Solo… solo se detuvo, y luego cayó, no respondió.
—¿Había comido?
—Sí… poco, pero sí.
—¿Se quejaba de algo?
—De cansancio… decía que le dolía el pecho a veces.
El hombre asintió lentamente.
—Tendremos que revisar todo.
Isolda rompió en llanto otra vez.
—No pensé que sería así… no así. Pero siempre tuvo mala salud.
Algunos de los presentes murmuraban.
—Era cuestión de tiempo.
—Pero en medio de una celebración…
Finalmente, tras varias preguntas más, decidieron dejarla ir.
—Será escoltada a su residencia —indicaron.
Isolda asintió, secándose las lágrimas.
—Gracias… no puedo quedarme aquí.
Se levantó con ayuda, caminando con pasos lentos, su expresión seguía mostrando dolor, pero sus ojos, por un instante, perdieron esa fragilidad cuando nadie la miraba directamente.
Sabía lo que había hecho. Un poco de polvo hierva mala y su corazón se detendría. Y lo que vendría después sería la herencia.
Pero no sabía lo que ya había ocurrido en su propia casa.
Marcel tomó la mano de Lucero con firmeza.
—Nos vamos.
Ella no se resistió.
Salieron del salón sin llamar la atención, alejándose del ruido, de las miradas, del peso del momento.
El viaje de regreso fue en silencio, Lucero permanecía mirando hacia adelante, sus manos juntas sobre su regazo, Marcel no habló, pero su presencia a su lado no se movió, manteniéndose ahí y dándole apoyo.
Al llegar, él la ayudó a bajar.
—Descansa —dijo—, mañana iremos.
Lucero asintió.
La noche pasó lenta.
A la mañana siguiente, apenas salió el sol, Marcel ya estaba listo, Lucero también, no hubo demora.
El carruaje avanzó directo hacia la casa del conde.
Al llegar, la puerta se abrió sin necesidad de esperar demasiado, los sirvientes ya estaban alertas, el ambiente era distinto.
Lucero bajó primero. Entró.
Gisela estaba en la sala.
Al verla, Lucero no dudó, caminó directo hacia ella y la abrazó.
—Ya lo sé —dijo en voz baja.
Lucero se separó apenas, sus manos comenzaron a moverse, rápidas, marcando cada palabra con precisión. Aún así lo dijo.
“Padre murió”.
Gisela asintió.
—Anoche vinieron a decirlo.
Lucero la miró. Movimio
“¿Quién?”
—Isolda —respondió—, llegó antes de que amaneciera, con la noticia.
Lucero bajó la mirada un segundo, luego volvió a ella.
“¿Y ahora?”
Gisela respiró despacio.
—Ya llamé al abogado —dijo—, vendrá en unos días.
Lucero frunció el ceño apenas.
Gisela continuó.
—Isolda habló por di misma… dice que todo le corresponde a ella y a su hija.
Lucero levantó la mirada, su expresión se tensó.
Gisela la observó con calma.
—Eso dice ella.
Lucero movió las manos otra vez.
“¿Es verdad?”
Gisela sostuvo su mirada.
—Lo veremos cuando llegue el momento del testamento.
Los días pasaron con rapidez, la casa del conde se llenó de visitas, condolencias, comentarios que se repetían, miradas que evaluaban la situación sin decirlo directamente.
Finalmente, el día llegó. El abogado fue anunciado. Todos estaban presentes.
Isolda ocupaba un lugar central, su postura firme, su expresión segura, como si ya conociera el resultado.
Fátima estaba a su lado. Gisela permanecía tranquila. Lucero se mantenía junto a Marcel.
El abogado tomó los documentos.
—Se procederá a la lectura del testamento del conde Ernesto.
El silencio se hizo total. Isolda cruzó las manos con confianza.
El hombre abrió el documento.
Comenzó a leer.
Las primeras líneas fueron formales, nombres, títulos, propiedades, todo dentro de lo esperado.
Isolda mantuvo la mirada fija.
Luego llegó al punto clave.
—La totalidad de los bienes, propiedades y derechos serán asignados a…
Se detuvo apenas para continuar.
—Gisela…
El silencio se rompió sin sonido.
—Y a su hija, Lucero.
Isolda se quedó inmóvil.
—Eso no es correcto —dijo de inmediato.
El abogado levantó la vista.
—Es lo que está escrito.
—Revise de nuevo.
El hombre miró el documento.
—No hay error.
Fátima frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
Gisela no se movió.
Lucero miró a su madre, luego al documento.
Isolda se levantó.
—Eso no es el documento original.
El abogado negó.
—Es el documento válido.
—No —insistió—, eso no es lo que él firmó.
El hombre sostuvo el papel.
—Tiene su firma, su sello, todo en regla.
Isolda dio un paso adelante.
—Quiero ver eso.
El abogado no se negó, pero no soltó el documento completamente.
—Puede revisarlo aquí.
Isolda lo tomó con cuidado, sus ojos recorrieron cada línea, su expresión cambió, la seguridad desapareció.
—Esto… —murmuró.
Fátima se acercó.
—¿Qué pasa?
Isolda no respondió de inmediato. Lucero observaba en silencio. Marcel permanecía atento.
El abogado habló de nuevo.
—No hay irregularidades visibles.
Isolda levantó la mirada, su respiración cambió.
—Esto... Esto... Fuiste tú.—señalo a Gisela—. Te denunciaré. Te haré pagar por falsificar mi herencia.
Gisela finalmente habló.
—Haz lo que creas necesario. Pero eso no quitará el hecho de que ahora soy dueña de todo. Cómo me corresponde por ser su esposa.
Su voz fue tranquila.
Lucero la miró, entendiendo más de lo que se decía. Y en ese momento, sin necesidad de más palabras, la situación había cambiado por completo, lo que unos daban por seguro se había desmoronado frente a todos, y lo que parecía fuera de alcance ahora estaba en manos de quienes no esperaban recibirlo.
Es inteligente y sensata y buena persona 🥰🥰