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CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: El dibujo

Lía no tocó la puerta negra otra vez.

Se quedó en el piso del pasillo hasta que las piernas se le durmieron y el mensaje de la doctora Peralta dejó de parecerle real. “El de los ojos negros ya la marcó. No la dejen sola.”

A las 17:04 bajó. No le avisó a nadie. Usó la tarjeta negra que le dio Ruiz en el ascensor. El panel no pidió piso: se iluminó solo y bajó.

En la calle, Puerto Madero olía a río y a plata. Lía caminó tres cuadras antes de darse cuenta de que dos tipos de traje la seguían a distancia constante. No disimulaban. Uno hablaba por un auricular pegado a la oreja.

Se subió al primer taxi que pasó.

—Hospital Central —dijo, y le tembló la voz.

El taxista la miró por el espejo.

—¿Está bien, piba?

—Sí. Apure.

No miró atrás. El anillo le pesaba. Ya no latía. Estaba tibio, como si vigilara.

Hospital Central – Terapia Intermedia – 17:48.

Mateo estaba despierto, pero no del todo. Tenía los ojos abiertos y la vía en el brazo, y esa palidez de quirófano que Lía odiaba. Cuando la vio, sonrió con la mitad de la boca.

—Enana.

—Idiota —Lía se sentó al borde de la cama y le acomodó el pelo—. ¿Cómo te sentís?

—Como si me hubieran pasado un camión por el pecho. Pero dicen que quedó bien.

—Quedó perfecto.

La doctora Peralta entró con la carpeta.

—Señorita Vargas. Los signos son excelentes. Va a estar unos días más en observación, después rehabilitación. —Bajó la voz—. Una cosa. Cuando despertó de la anestesia, estaba muy agitado. Repitió una frase varias veces. La anotamos por protocolo.

Le mostró el papel.

“El de los ojos negros ya la marcó. No la dejen sola.”

Lía sintió que el anillo se enfriaba de golpe.

—¿Dijo algo más?

—Dibujó esto. —Peralta sacó una hoja del historial. Era una hoja de prescripción con un dibujo hecho con birome azul, torpe, como si lo hubiera hecho medio dormido.

Tres líneas cruzadas dentro de un círculo.

El mismo símbolo del anillo.

Lía lo agarró. La mano le temblaba.

—¿Cuándo hizo esto?

—Hace una hora. Estaba semiconsciente. Le pregunté qué era y dijo “la puerta que no se abre”.

Mateo la miraba desde la cama, ahora más lúcido.

—¿Qué pasa, Lía?

—Nada. —Guardó la hoja en el bolsillo—. ¿Soñaste algo raro?

Mateo se encogió de hombros.

—Soñé con fuego. Y con un tipo alto que no tenía cara. Me dijo que te cuidara.

—¿Qué más?

—Que si te pasa algo, yo también me apago. —Se rió, pero le salió débil—. Raro, ¿no? Como si estuviéramos conectados por un cable.

Lía quiso decirle que era la anestesia. No pudo. Porque era verdad.

Se quedó dos horas más. Le contó que consiguió “un trabajo nuevo” y que no se preocupara por la plata. Mateo no preguntó mucho. Estaba cansado. Antes de dormirse, le agarró la mano.

—No te vayas con él si te da miedo.

—¿Con quién?

—Con el de la máscara.

Lía se quedó helada.

—Dormí, Mati.

Cuando salió al pasillo, ya era de noche.

No llegó al ascensor.

Una mujer la estaba esperando apoyada contra la pared junto a la máquina de café. Alta, pelo negro cortado a navaja, traje blanco entallado, labios rojos. Hermosa de esa forma que te hace sentir incómoda. Ojos verdes de gato.

—Así que vos sos la humana —dijo sin presentarse. Acento neutro, voz grave—. Me imaginaba más… impresionante.

—¿Quién sos?

—Lilith. —Extendió la mano. No para saludar: para que Lía viera las uñas. Largas, negras, no esmalte: color natural—. Seguridad de Nocturne Corp. Y niñera oficial de las estupideces de Azazel.

—Azazel.

—Damián, si te gusta mentirte. —Se despegó de la pared—. No te acerques más a la puerta negra. No porque él te mate. Porque lo que hay del otro lado sí.

—¿Qué hay del otro lado?

—La razón por la que estamos acá abajo en vez de allá arriba prendiendo fuego ciudades. —Se acercó. Olía a perfume caro y a algo debajo, como azufre viejo—. Escúchame bien, humana. El contrato te protege mientras cumplas. Si él empieza a sentir cosas por vos, se debilita. Y si él se debilita, Malphas entra.

—¿Malphas?

—Su hermano menor. El que quiere el trono. El que cree que los humanos son comida, no anclas. —Lilith le clavó un dedo en el esternón—. Si Azazel te toca sin ser por el contrato, si te besa porque quiere y no porque el sello lo exige, Malphas lo huele. Y viene a reclamar lo que cree suyo.

Lía retrocedió un paso.

—¿Y por qué me decís esto?

—Porque prefiero un jefe medio muerto que un jefe muerto y reemplazado por un psicópata. —Lilith sonrió, y los dientes eran demasiado blancos—. No te enamores. No lo dejes enamorar. Y sobre todo: no te mueras antes de los siete años. Si te morís, tu alma lo alimenta y él recupera el trono sin tener que compartirlo. ¿Entendés ahora por qué te eligió?

—Por mi hermano.

—Por tu sangre. Tipo compatible, sin lazos fuertes, desesperada. Perfecta para firmar sin leer. —Se dio vuelta para irse—. Ah. Y decile a tu hermano que deje de dibujar. Los símbolos llaman cosas.

Se metió en el ascensor y desapareció.

Lía se quedó con el papel en el bolsillo y el corazón en la garganta.

22:17 – Penthouse Nocturne.

Damián estaba en el living, sin máscara, mirando la ciudad. La camisa arremangada, los guantes puestos. Cuando la escuchó entrar, no se giró.

—Fuiste al hospital.

No fue una pregunta.

—Es mi hermano.

—Y ahora tiene mi marca en la sangre. —Se giró. Los ojos negros, sin rojo esta vez—. No debería. El contrato es con vos.

—Dibujó esto. —Lía sacó la hoja y la tiró sobre la mesa.

Damián la miró un segundo. Después la levantó con dos dedos, como si quemara.

—Mierda.

—¿Qué significa?

—Que el vínculo se extendió. Porque lo querés más que a tu vida. Y el contrato toma lo que más pesa. —Dejó la hoja y la quemó en la mano. Sin fuego: la hoja se hizo ceniza negra en el aire—. Ahora Malphas sabe que tenés un punto débil con patas.

—¿Y qué hacemos?

—*Hacemos* nada. Vos no hacés nada. —Se acercó. Esta vez Lía no retrocedió—. No salgas sola. No hables con Lilith. Y no vuelvas a entrar a la oficina.

—¿O qué? ¿Me matás?

Damián la miró fijo. Y por un segundo, el negro de sus ojos se partió y apareció rojo.

—No. —Le agarró la muñeca donde estaba el anillo. No fuerte. Firme—. Si te matan, yo me quedo acá para siempre. Sin trono, sin guerra, sin salida. Encadenado a un cuerpo que se pudre lento. Eso me asusta más que el Infierno.

La soltó.

Lía sintió el latido del anillo otra vez. Pum.

—Dormí —dijo él, y se fue al pasillo.

Esa noche, Lía no fue a su cuarto. Se quedó en el sillón con la luz prendida y el celular en la mano, mirando la pantalla cada cinco minutos.

A las 2:33 am, entró un mensaje de número desconocido.

**No es Lilith. Soy M.

Tu hermano dibuja lindo. Nos vemos pronto.

PD: Dile a tu marido que el trono está frío sin él.**

Lía bloqueó el teléfono.

El anillo se puso helado.

Y desde la puerta negra, aunque estaba cerrada, escuchó algo rasguñar la madera desde adentro. Tres líneas. Pausa. Círculo.

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