Itzcelina Bocanegra dejo todo por el amor de Luca Harrison.
Adrian Stuart ama a su esposa.
una noche unidos por la traición se encuentran.
¿Que pasará entre ellos dos?
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Capitulo 10
Esa misma noche, el mirador les ofrecía a Adrián y a Itzcelina una vista privilegiada de la ciudad, un cúmulo de luces que no sabían de corazones rotos ni de traiciones. A lo lejos, se escuchaban murmullos de autos, alguna canción romántica filtrada desde otro vehículo, y el latido constante de dos corazones que intentaban recomponerse.
—¿Te ha pasado antes? —preguntó ella, sin mirarlo.
—¿El qué?
—Sentir que se te cae el mundo encima... y aún así seguir respirando. Fingir que todo está bien, aunque por dentro... te estés ahogando.
Adrián ladeó la cabeza, mirándola de frente por primera vez desde que se sentaron.
—Sí. Más veces de las que quisiera admitir.
Itzcelina suspiró. Se abrazó a sí misma, como si intentara contener todo lo que llevaba dentro. Él la notó temblar ligeramente, pero no por frío. Era ese tipo de temblor que nace del alma, cuando el corazón no puede más.
—Hoy vi el mensaje —dijo ella, con un hilo de voz—. Decía: 'Está con otra'. Y lo que sospechaba de hace unos días. Ahí supe... supe que ya no había nada que salvar.
Adrián cerró los ojos por un segundo.
—Yo recibí uno parecido. 'Está con otro'. Y lo peor... es que lo supe desde antes de leerlo —terminó Adrián, bajando la mirada—. Solo me aferré a una ilusión. A la versión de ella que quise creer.
El silencio entre ellos no fue incómodo. Era un silencio que entendía, que abrazaba. Un pacto tácito entre dos desconocidos unidos por la misma herida.
—¿Y duele menos si lo sabías? —preguntó Itzcelina con un dejo de rabia escondida.
—No —respondió él con sinceridad—. Duele distinto. Como cuando ves venir el golpe pero igual te tumba.
Ella soltó una risa triste, breve.
—Qué estúpidos somos a veces, ¿no? Nos aferramos a quien ya nos soltó.
El viento sopló con suavidad, moviendo un mechón del cabello de ella. Adrián se lo acomodó detrás de la oreja con un gesto suave, sin pensar demasiado. Ella no se apartó. Sus ojos se encontraron en la penumbra, como si por un instante, se vieran realmente.
—¿Tú también te preguntas en qué fallaste? —susurró ella.
—Todo el tiempo. Aunque sé que… a veces no se trata de fallar. Solo... de que ya no te quieren.
Itzcelina tragó saliva. El alma le pesaba.
—¿Y cómo se vive con eso?
—No lo sé —dijo él, encogiéndose de hombros—. Tal vez por eso vengo aquí. Para ver si entre el ruido de la ciudad y las luces, encontraba una respuesta.
Ella se recargó en su hombro sin pedir permiso. Adrián no se movió. Solo respiró hondo.
—Te juro que no tenía intención de hablar con nadie hoy —murmuró ella.
—Yo tampoco. Pero a veces… las almas rotas se reconocen.
El murmullo lejano de la ciudad seguía ahí, constante. Pero ahora, con dos corazones latiendo al unísono desde la herida, el mirador parecía menos frío.
Y aunque el mundo se les hubiera venido abajo, al menos esa noche... no estaban solos.
Se quedaron viendo la ciudad en silencio… un silencio comodo. Después de un rato Adrián se volteo a verla, Itzcelina sonrojada, tímida agachó la mirada Pero Adrián con sus dedos levantó el mentón que hizo que lo mirara, se fue acercando lentamente a ella viendo sus ojos bajando a sus labios rojos, no sabía lo que pasaba, pero ella era un iman para él.
Sus bocas se encontraron, un beso lento que Itzcelina correspondio. Su mente pedía que se alejara, su cuerpo lo quería más de cerca.
Las caricias… ambos comenzaron a recorrer con sus manos,.tacando cada parte de su piel. no hicieron falta pedir permiso, esa noche se entregaron no por venganza,
Se dejaron llevar en una noche que los uniría con un solo objetivo: dejar de sentirse solos.
No hubo palabras pretenciosas, promesas rotas ni expectativas. Solo cuerpos que buscaban consuelo, almas que se entrelazaban en medio de la oscuridad sin saber si volverían a encontrarse cuando saliera el sol.
La ropa cayó al suelo como caían los muros que cada uno había construido para protegerse. Y en cada beso, en cada suspiro contenido, se liberaban también los miedos, el dolor, la decepción.
Adrián la recorrió como quien descubre un mapa desconocido, con una mezcla de ternura y necesidad. Itzcelina no se defendió, no se escondió. Solo lo sintió, con los ojos cerrados y el corazón latiendo como si quisiera volver a creer.
Fue lento al principio, como si ambos dudaran en cruzar ese umbral. Pero pronto, el deseo contenido se convirtió en una marea imparable. Se amaron con una intensidad que no buscaba reemplazar a nadie, solo sanar un poco de todo lo que dolía.
—No me sueltes —susurró ella, enredando sus dedos en la espalda de Adrián—. Al menos no esta noche.
—No pienso hacerlo —respondió él, con la voz entrecortada, como si esa frase también lo sostuviera a él.
Y no se soltaron.
Ni cuando los primeros rayos del amanecer pintaron el cielo.
Ni cuando la realidad amenazaba con volver.
Porque, aunque el dolor seguía ahí, esa noche les había regalado un respiro.
Un momento fuera del tiempo.
Un encuentro entre dos almas rotas que, sin saberlo, acababan de empezar algo que ningún mensaje podría romper.
Esa noche se prometieron que no permitirían seguir engañados, y se verían como ellos lo hacen a escondidas.
Volvieron a amarse en ese auto negro, dos desconocidos que solo sabían su nombre: Adrián e Itzcelina. No necesitaban más para apagar ese dolor que sentían.
La lluvia comenzó a golpear los cristales del coche, como si el cielo también quisiera purificarlos, borrarles la tristeza y regalarles una tregua. Afuera, la ciudad seguía su curso, ignorante de que dentro de ese vehículo dos almas rotas intentaban curarse con caricias y suspiros.
El aliento se mezclaba con el vaho en las ventanas. Sus cuerpos se buscaron con la misma urgencia de antes, pero ahora con una necesidad distinta, casi desesperada, de aferrarse a algo real.
—No quiero saber si mañana te arrepientes —susurró ella, con la voz aún agitada, mientras acariciaba su pecho desnudo.
—No voy a hacerlo —respondió él, sin titubeos—. Lo único que me arrepiento es de no haberte encontrado antes.
Silencio. De esos que no incomodan, sino que abrazan. Se miraron sin máscaras, sin pasado, sin futuro. Solo ese presente en el que se reconocían, como si se hubieran estado esperando toda la vida.
Itzcelina se recostó sobre su pecho y Adrián la rodeó con sus brazos, protegiéndola de todo, incluso de ellos mismos.
—¿Nos volveremos a ver? —preguntó ella, cerrando los ojos.
—Nos veremos. Como ellos, pero no para engañar. Para salvarnos —dijo él, y esa promesa fue más real que cualquier juramento bajo el altar.
Y ahí, en medio de la tormenta y con el corazón aún palpitando, Itzcelina y Adrián entendieron que no todo estaba perdido. Que a veces, dos almas rotas pueden encontrar su redención en el lugar más inesperado.
Los primeros rayos del sol se asomaban en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y dorados. La ciudad despertaba lentamente, mientras en el mirador, Itzcelina y Adrián seguían sentados en el auto, cómodos en la compañía del otro. No había tensión, ni silencios incómodos. Solo pláticas suaves, risas espontáneas y miradas que, poco a poco, se volvían más familiares.
Itzcelina estiró los brazos y exhaló con tranquilidad.
—Creo que ya es hora de volver —dijo en voz baja, como si no quisiera romper el encanto del momento.
Adrián giró el rostro hacia ella y asintió.
—¿Dónde quieres que te deje?
—En cualquier lugar donde pueda tomar un taxi —respondió, pero él frunció el ceño y negó con la cabeza.
—Te llevaré hasta tu casa.
—No quiero molestarte.
—No es molestia. Además, no voy a dejarte sola a estas horas —dijo con firmeza.
Itzcelina le sostuvo la mirada por unos segundos y, finalmente, cedió con una pequeña sonrisa.
—Gracias, Adrián.
Él puso en marcha el auto y descendieron del mirador. El camino de regreso estuvo envuelto en una calma extraña, como si ninguno quisiera que ese viaje terminara. A pesar de haber compartido solo unas horas, había una conexión tácita entre ellos, una especie de entendimiento silencioso que no necesitaba explicación.