Laura entró en Valdez Enterprises buscando una carrera, pero encontró una perdición.
Bastó una mirada de Adrián Valdez, su jefe, para que la ingenua joven viera desmoronarse su mundo. Lo que comenzó como una admiración profesional se transformó rápidamente en una obsesión voraz: Laura ya no trabajaba para él, vivía para él. Cada gesto, cada orden fría y cada segundo en su presencia se convirtieron en el combustible de un deseo insaciable.
Pero tras la fachada de poder de Adrián se esconden sombras que ella no está preparada para enfrentar. En esta oficina, el deseo no es un juego, es una trampa. Y Laura, cegada por su propia fijación, está a punto de descubrir que entregarse a su jefe es un placer tan intenso como peligroso.
¿Estás listo para cruzar la línea donde la obsesión se vuelve irreversible?
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Capítulo 23: Madera, Cerveza y Cenizas
El bar estaba a apenas media cuadra del estudio, un rincón que pasaba desapercibido para cualquiera que no supiera buscarlo, pero al cruzar el umbral, el caos de la ciudad simplemente se desvanecía.
Me recibió una atmósfera pesada de madera oscura y luz ámbar, un murmullo cálido que invitaba a soltar los secretos que uno guarda durante el día.
—Pasa, antes de que el viento nos vuele los planos —me dijo Benjamín, sosteniendo la pesada puerta de roble con esa cortesía natural que empezaba a resultarme tan cómoda.
Entré y sentí el cambio de temperatura de inmediato. El aire olía a grano tostado, a malta y a un rastro dulzón de canela que flotaba cerca de la barra. Me quité la bufanda, sintiendo cómo la tensión de la jornada empezaba a ceder.
—Tenías razón —admití, recorriendo el lugar con la mirada—. Es… íntimo.
—Es el único sitio donde los camareros no te miran mal si te quedas tres horas discutiendo si un muro es de carga o un capricho del cliente —bromeó, guiándome hacia una mesa pequeña en un rincón junto al ventanal.
Pidió dos cervezas sin consultarme. Cuando las trajeron, heladas y con la espuma perfecta, le sostuve la mirada con una ceja levantada.
—¿Asumes que bebo lo mismo que tú? —le pregunté, apoyando los codos en la mesa, disfrutando del juego.
—Asumo que después de aguantar al cliente del centro esta mañana, necesitas algo más fuerte que un café. ¿Me equivoqué?
—En absoluto —reí, dando un sorbo largo. La frialdad del alcohol fue un alivio—. De hecho, creo que ese hombre debería pagarnos la terapia aparte de los honorarios.
—Ese hombre es un poema —suspiró él—. ¿Viste su cara cuando mencionaste la ventilación cruzada? Parecía que le estabas sugiriendo demoler sus recuerdos de la infancia.
—"No quiero que entre aire de la calle, quiero que la casa respire por sí sola" —imité, impostando una voz grave.
Soltamos una carcajada limpia, de esas que te vacían los pulmones y te quitan el peso de los hombros. La conversación siguió así y sin esfuerzo.
Hablamos de los años de carrera, de esos profesores que parecían disfrutar de nuestro insomnio y de cómo él había sobrevivido a una entrega final que, según juraba, se sostenía solo por la fe y el pegamento de contacto.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de trabajar contigo, Laura? —preguntó de pronto. Se inclinó hacia delante y su mirada se volvió genuina, sin dobles sentidos.
—¿Mi manejo impecable de las cosas? —solté, intentando ocultar que sus palabras me habían hecho sonrojar.
—Tu honestidad. Dices lo que piensas, incluso cuando sabes que no es lo que el otro quiere oír. Es una cualidad rara en este mundo.
Sostuve su mirada un segundo más de lo necesario. Había una paz inusual en mi pecho, una ligereza que me hacía sentir bien, segura de estar donde estaba.
Pero entonces, el aire se volvió denso...
No fue un ruido. Fue un cambio de presión, algo que sentí en la boca del estómago antes de que mis ojos encontraran la fuente. Ese tirón magnético, esa electricidad estática que siempre ha precedido a mis peores desastres.
El aire se volvió pesado, cargado de una tensión que conocía demasiado bien... Levanté la vista y lo vi.
Adrián estaba de pie junto a la barra. Llevaba su chaqueta de cuero oscura y esa postura de quien se siente dueño de cada centímetro que pisa. No miraba la carta... Me miraba a mí.
El impacto fue físico, violento. Sentí una descarga eléctrica recorriéndome la columna hasta instalarse como un incendio en mi vientre. Mis pupilas se dilataron y el corazón empezó a martillear contra mis costillas con una fuerza salvaje. Era deseo, crudo y químico; una sed que mi cuerpo recordaba con una precisión que me dio miedo.
Adrián no esperó. Se despegó de la barra y caminó hacia nuestra mesa con esa lentitud de depredador que siempre me había desarmado.
—Laura.
Su voz fue un susurro bajo que sentí vibrar directamente en mis huesos. Apreté los dedos bajo la mesa, clavándome las uñas en las palmas para no perder el equilibrio. La excitación era una ola que amenazaba con ahogarme; una parte de mí quería ponerse de pie, sentir el calor de su piel, ese olor a tabaco y madera que me volvía loca.
—Adrián —respondí. Mi voz salió más firme de lo que esperaba, aunque por dentro todo era caos.
Él ignoró a Benjamín como si fuera parte del mobiliario. Se inclinó sobre la mesa, invadiendo mi espacio, dejando que su aliento me rozara.
—No esperaba encontrarte aquí. Pensé que este no era tu tipo de lugar.
—La gente cambia, Adrián —le dije, obligándome a sostenerle la mirada. Sus ojos eran oscuros, prometedores, cargados de recuerdos que rozaban el dolor.
—Tú no has cambiado —murmuró, bajando el tono hasta convertirlo en una caricia privada—. Te ves exactamente como te recuerdo. Quizás un poco más hermosa, si eso es posible.
Sentí un nudo en la garganta. La urgencia de ceder, de levantarme e irme con él hacia ese incendio conocido, era casi insoportable. Mi cuerpo me gritaba que me entregara a esa descarga de adrenalina que solo él sabía provocar.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Adrián, mirando por fin a Benjamín con un desdén evidente.
—Estamos en medio de una conversación —respondí yo, cortando cualquier intento de Benjamín por intervenir.
Adrián volvió a clavar sus ojos en mí, usando esa media sonrisa que decía: "Sé que me deseas tanto como yo a ti".
—Podríamos ponernos al día, Laura. Hay cosas que no se terminan de decir en una última llamada. Tenemos asuntos que merecen más que este silencio.
La invitación vibraba entre nosotros...
Era la promesa de la tormenta. Miré a Adrián, sintiendo cómo el deseo me quemaba, pero entonces, de reojo, vi a Benjamín. Él no estaba compitiendo. Simplemente estaba allí, sólido, ofreciéndome algo que Adrián nunca pudo: paz.
Tomé aire, llenando mis pulmones de ese olor a café y madera del bar, y decidí que ya no quería quemarme.
—No hay asuntos pendientes, Adrián —dije. Mi voz sonó fría y cortante—. Lo que teníamos se terminó porque tenía que terminarse. No voy a "ponerme al día" contigo.
Vi cómo fruncía el ceño, sorprendido. No estaba acostumbrado a que su magnetismo fallara, a que yo no diera ese paso atrás que él siempre esperaba.
—¿Estás segura? Sabes que esto —hizo un gesto vago entre los dos— no se apaga así como así.
—No se apaga, se ignora —repliqué, volviendo a tomar mi cerveza con una calma que me costó la vida fingir—. Que tengas una buena noche.
Él se quedó petrificado un segundo, buscando una grieta en mi expresión. No la encontró. Me giré hacia Benjamín, borrando a Adrián de mi campo visual.
—Como te decía, Benjamín, creo que el diseño del atrio necesita más luz natural.
Escuché a Adrián soltar un suspiro de frustración antes de dar media vuelta y marcharse. Solo cuando oí el golpe de la puerta de roble al cerrarse, permití que mis hombros se relajaran. La excitación todavía me vibraba en la piel, pero el control era mío.
—¿Estás bien? —preguntó Benjamín con suavidad.
—Sí —dije, y me sorprendió darme cuenta de que era verdad—. Me siento… ligera.
Brindamos con Benjamín por las decisiones difíciles y la noche terminó entre risas. Cuando me dejó en la puerta de mi casa, el aire frío de la calle terminó de limpiar los restos del incendio. Benjamín se inclinó y me dio un beso suave en la mejilla. Fue breve, cálido y, sobre todo, respetuoso.
—Descansa —me dijo.
—Tú también.
Caminé hacia mi portal y, antes de entrar, miré hacia atrás. Él seguía allí, esperando a que yo entrara, cuidándome sin invadirme. Sonreí y cerré la puerta.
El deseo por Adrián seguía ahí, en algún rincón oscuro de mi memoria, pero ya no me definía... Por primera vez en mucho tiempo, me sentía dueña de mi propio destino.
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💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
solo la quiere de espectadora y a ser la sufrir más
y más loca ella sintiendo celos de su prima 🙄🙄🙄 patética Adrian solo las utiliza como trapos y las desecha y ella cree que con ella cambiará