Doña Matilde, una mujer de setenta años, pasa sus noches viendo novelas y criticando a las protagonistas ingenuas que confían en las personas equivocadas. Mientras mira una historia donde la dulce Sonia será traicionada y asesinada por su propia prima, Matilde no puede evitar enfurecerse por tanta ingenuidad. Pero un repentino paro cardíaco cambia su destino.
Al despertar, descubre algo imposible: ya no es Doña Matilde. Ahora es Sonia, la protagonista de la novela Amor cruel, cruel destino.
Con todos los recuerdos de la historia y sabiendo que su prima Paula planea destruirla, Matilde tiene una ventaj noa que nadie más posee: conoce el final.
Y esta vez no piensa permitir que ocurra. Porque si el destino cree que Sonia debe morir… tendrá que enfrentarse a una mujer que no tiene miedo de cambiar la historia
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El inicio de la novela
Sonia se quedó unos segundos más frente al espejo después de su descubrimiento.
Todavía le parecía imposible.
Una mujer de setenta años que había muerto viendo una novela… ahora estaba dentro de esa misma historia.
—Ay, Matilde… murmuró para sí misma. De todas las cosas raras que te podían pasar, esta se lleva el premio mayor es como sacarme la lotería.
Se tocó las mejillas otra vez.
—Pero bueno… tampoco me voy a quejar. Esta cara está bastante hermosa que la mía en mi anterior vida.
Sonrió con picardía, voy a conquistar bastante chicos sexis y guapo está vez voy a disfrutar.
En ese momento la sirvienta le saco de su pensamiento .
—Señorita Sonia dijo la sirvienta.Tiene que bajar sino don Sergio se va ha enojar, sus padres la esperan para cenar.
Sonia respiró profundo.
—Bueno… a ver qué más sorpresas tiene esta novela.
Abrió la puerta y salió al pasillo. La casa era enorme, elegante, con lámparas de cristal y cuadros antiguos en las paredes.
—Vaya… susurró. Esta gente sí tiene plata.
Bajó lentamente las escaleras recordando escenas de la novela.
De repente vio a un hombre sentado en el comedor.
Cuando levantó la vista y lo vio bien, Sonia casi se tropieza en el último escalón.
En su mente apareció un pensamiento atrevido.
—¡Ave María! Ese padre mío está buenote por dónde quiera que lo vea.
Se quedó mirándolo unos segundos más.
—La televisión no le hace justicia pensó. En vivo y en directo está buenísimo.
Luego frunció el ceño.
—Qué lástima que sea mi padre… si no, lo hacía mio.
Tosió un poco para disimular.
El hombre levantó la mirada y sonrió.
—Ya estás aquí, mi princesa dijo con cariño. Siéntate, vamos a comer.
Sonia se acercó a la mesa tratando de actuar normal.
—Buenas noches… papá dijo
El hombre asintió satisfecho.
Ese debía ser Don Sergio, el padre de Sonia.
A su lado estaba una mujer elegante que la miraba con cariño.
—Siéntate, hija dijo la mujer. La comida se va a enfriar.
Sonia se sentó frente a ellos.
Mientras la servían, miró discretamente a su alrededor.
—Esto sí está mejor que mi casita viejita pensó. Si voy a vivir aquí, mínimo voy a disfrutar todo lo más que pueda.
Don Sergio dejó los cubiertos sobre la mesa y comenzó a decir.
—Querida hija . Quería hablar contigo de algo importante.
Sonia levantó la mirada.
—Dime, papá.
—Tu prima viene del extranjero. Tu tío me pidió que la tenga aquí por una temporada.
Sonia casi se atraganta con el agua.
—¿Mi prima?
—Sí continuó Don Sergio. Paula llegará mañana y va a vivir con nosotros un tiempo.
Sonia sintió escalofríos de solo escuchar ese nombre.
En su mente apareció la imagen de la villana sonriendo falsamente.
—La víbora pensó.
Pero mantuvo la calma.
—Entiendo dijo con una pequeña sonrisa.
En ese momento su madre, Doña Margarita, habló con entusiasmo.
—Ay, hija, estoy segura de que te pondrás muy feliz. Paula estará al lado de tu habitación.
Sonia levantó una ceja.
—¿Al lado de mi habitación?
—Claro continuó Doña Margarita. Como se llevan como hermanas, imaginé que te gustaría.
Sonia bajó la mirada hacia su plato para ocultar la expresión de odio.
En su mente empezó a reírse.
—¿Hermanas? pensó. Sí, claro como no… hermanas como el gato y el ratón.
Recordó perfectamente esa parte de la novela.
Ese era el inicio.
Cuando Paula llegaba a la casa fingiendo ser dulce, humilde y agradecida.
Y Sonia… la Sonia original… la recibía con los brazos abiertos.
—Entonces estoy en el inicio de la historia pensó Sonia..
—Perfecto.
Levantó la mirada hacia sus padres con una sonrisa.
—Me parece bien que Paula venga a vivir con nosotros dijo.
Don Sergio sonrió satisfecho.
—Sabía que lo entenderías.
Pero dentro de la cabeza de Sonia las cosas eran muy diferentes.
—Perfecto pensó. Así no ha pasado nada malo todavía.
Recordó todas las traiciones de Paula.
Las mentiras.
La muerte de su padre y su dulce madre.
Y finalmente… la muerte de Sonia.
—Pero esta vez no..
—Esta vez la historia va a ser distinta.
Doña Margarita seguía hablando entusiasta que su hija iba a tener compañía.
—Estoy segura de que tú y Paula volverán a ser inseparables como cuando eran niñas.
Sonia casi se atraganta otra vez.
—Sí… claro respondió.
Luego tomó un poco de sopa mientras pensaba.
—A ver, Matilde, piensa.
Contó mentalmente.
—Primero llega a la casa. Luego empieza a hacerse la buena con todos. Después se gana la confianza de Sonia… y poco a poco empieza a destruir su vida.
Recordaba cada detalle.
Después Paula empezaba a manipular a los empleados y se hace aliado de ese maldito Rogelio.
Luego inventaba mentiras.
Y finalmente… hacía que todos creyeran que Sonia era una mala persona.
—Ay, Paula… pensó. No sabes lo que te espera y dónde te estás metiendo.
Don Sergio la miró curioso.
—¿Qué te pasa, hija? Te veo pensativa.
Sonia levantó la vista.
—Nada, papá. Solo estaba pensando en cómo recibir bien a mi prima.
Doña Margarita sonrió emocionada.
—Sabía que dirías eso.
Sonia asintió con dulzura.
Pero dentro de su mente la voz de Doña Matilde estaba haciendo un plan para evitar todos los sucesos de la novela.
—Claro que la voy a recibir bien.
Luego sonrió un poco más.
—La voy a recibir tan bien… que no va querer irse.
Terminó su cena mientras planeaba.
—Primero voy a observar.
—Después voy a esperar a que cometa el primer error.
Miró hacia la ventana pensativa.
—Y cuando lo haga…
Sus labios se curvaron lentamente.
—La voy a aplastar como la víbora que es.