Nací entre lujos, rodeada de poder, creyendo que el amor sería el único territorio donde nadie podría obligarme.
Me equivoqué.
Mi padre decidió mi destino con una firma.
Mi esposo selló mi condena con su desprecio.
Y yo… yo aprendí demasiado tarde que no todos los cuentos de hadas comienzan con una boda.
y que incluso en jaulas doradas se puede morir lentamente.
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capitulo 6 noche de bodas
Siempre creí que la noche de bodas era el inicio de algo.
La mía fue el final.
La habitación principal de la residencia Valderrama era tan imponente como fría. Mármol, tonos neutros, elegancia impecable… sin una sola huella de calidez.
Como Antonio.
Permanecí de pie junto a la ventana, aún con el vestido, observando la ciudad iluminada. Las luces parpadeaban a lo lejos como si celebraran algo que yo no podía sentir.
Mi matrimonio o mi condena.
Escuché la puerta abrirse detrás de mí.
El corazón me dio un salto.
Antonio entró sin mirarme. Aflojó el nudo de su corbata, la dejó caer sobre una silla y caminó hacia el armario.
Silencio, pesado, incómodo y Asfixiante.
—Antonio…
Mi voz sonó pequeña, extraña incluso para mí.
Él no respondió, se quitó el saco. Luego la camisa.
Movimientos mecánicos.
Indiferentes.
—¿Podemos hablar?
—Estoy cansado, Renata.
Su tono fue seco, sin emoción.
—Solo será un momento…
Antonio soltó un suspiro cargado de fastidio.
—¿Qué quieres decir?
Me giré lentamente, aquella era mi primera noche como su esposa, y él actuaba como si compartiera habitación con una desconocida indeseada, éramos amigos, teníamos, muchísima confianza como para tratarnos ahora como desconocidos.
—Esto… nosotros…
Las palabras se atoraron en mi garganta.
—No tiene que ser así.
Antonio soltó una risa baja, vacía.
—¿Así cómo?.
—Distante. Frío. Como si…
No pude terminar.
—Como si no quisieras estar aquí.
Sus ojos finalmente se clavaron en mí, y en ellos no encontré duda, ni culpa ni mucho menos ternura, no encontré nada.
—Porque no quiero.
El golpe fue brutal.
—Antonio…
—No confundas las cosas.
Se acercó lentamente.
—Esto es un contrato.
Cada palabra cayó como hielo.
—No una historia de amor.
Sentí cómo el pecho me ardía.
—Soy tu esposa.
—Eres mi obligación, solo eso Renata.
La humillación me dejó sin aire.
—No tienes que tratarme así…
Antonio me observó como si analizara algo trivial.
—Será más fácil para ambos si entiendes algo desde ahora.
Se inclinó un poco hacia mí.
—No espero nada de ti.
El corazón comenzó a latirme con violencia.
—¿Nada?
—Nada emocional.
Sus ojos descendieron lentamente por mi vestido, sin deseo, sin calidez, solo evaluación.
—Y tampoco pienso fingir.
Las lágrimas amenazaron con escapar.
—Antonio… al menos podríamos intenta...
—No.
La palabra fue definitiva, cortante.
—No voy a darte falsas esperanzas.
Silencio, doloroso y Crudo.
—¿Ni siquiera esta noche?
Mi voz se quebró al pronunciarlo.
Antonio se apartó como si la idea le resultara incómoda.
—Especialmente esta noche.
Sentí cómo algo dentro de mí se desmoronaba.
—¿Por qué?
Su mirada se endureció.
—Porque no voy a tocarte solo porque llevas un vestido blanco.
La vergüenza me quemó viva.
—Soy tu esposa…
Antonio tomó una almohada, luego otra, saco una sábana que estaba en la cómoda.
—Y tú sabías exactamente en qué te estabas metiendo.
Caminó hacia la puerta.
Cada paso fue una sentencia.
—¿A dónde vas?
—A dormir.
—Antonio…
No me miró al responder.
—Necesito espacio
Y entonces llegó la frase que terminó de destrozarme:
—No todas las esposas comparten cama con sus maridos.
La puerta se cerró, suavemente.
Como si no acabara de romperme el alma.
Me quedé sola, vestida de novia.
En una habitación demasiado grande para contener tanto vacío.
Las lágrimas finalmente cayeron, silenciosas, inevitables.
Pero entre el dolor…
algo comenzó a cambiar.
Porque mientras mi corazón se rompía…
mi orgullo despertaba.
Y una verdad cruel empezó a abrirse paso en mi mente:
Antonio Valderrama no solo no me amaba.
Iba a disfrutar destruirme, si yo sé lo permitía.
había salido de la prisión de mi padre, para terminar encerrada en la prisión de Antonio.