En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."
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capitulo 9
La mañana en la Fortaleza de Hierro no trajo luz, sino una penumbra color ceniza. Una niebla antinatural, espesa como la brea y fría como el aliento de un muerto, trepaba por las murallas, silenciando el metal de las armaduras y el grito de los cuervos. En el interior, el caos era silencioso.
Los mercenarios que yo había pagado con sacos de oro se encontraban de pie, estáticos como estatuas de sal; mis sombras habían reptado por sus oídos mientras dormían, entumeciendo sus voluntades. No estaban muertos, pero ya no pertenecían a este mundo.
En el Gran Salón, el Duque de Hierro caminaba de un lado a otro, arrastrando su capa de pieles. El fuego de la chimenea no calentaba; las llamas eran de un azul pálido, consumidas por la oscuridad que yo estaba filtrando a través de las grietas de las paredes.
—¡¿Dónde están los refuerzos?! —rugió el Duque, golpeando una mesa de roble—. ¡Vallemont! ¡Usted dijo que su dinero compraría la invencibilidad!
Me encontraba apoyada contra una columna, envuelta en un vestido de seda negra que parecía absorber la poca luz que quedaba. Jugueteaba con un anillo de obsidiana, observándolo con una calma que terminó por quebrar los nervios del viejo traidor.
—La invencibilidad es una ilusión, Duque —respondí, mi voz resonando con un eco que no debería existir en una habitación tan grande—. Yo no compré su seguridad. Compré su ubicación. Compré este momento exacto.
Las puertas dobles del salón, reforzadas con bandas de acero, saltaron por los aires. No hubo explosión, solo un colapso absoluto bajo una presión invisible.
Valerius entró. No venía solo; la oscuridad lo seguía como una capa viviente. Su armadura de placas negras estaba cubierta de escarcha, y su espada, Devoradora de Luz, goteaba una esencia oscura que quemaba el suelo de piedra. Se detuvo en el centro del salón, su mirada ignorando por completo al Duque y clavándose directamente en mí.
—¡Mátenlo! ¡Guardias, mátenlo ahora! —chilló el Duque, desenvainando una espada corta con manos temblorosas.
Nadie se movió. Los dos guardias de la puerta permanecieron inmóviles, con los ojos en blanco, mientras hilos de mi sombra se enredaban en sus gargantas como collares de seda negra.
—Tu ejército es mío, Duque —dije, dando un paso hacia la luz mortecina—. Tu fortaleza es mía. Y tu vida... tu vida siempre le perteneció a él.
Con un gesto perezoso de mi mano, las sombras del suelo se levantaron como lanzas negras. Atravesaron al Duque no por el pecho, sino por sus extremidades, clavándolo a su propio trono de madera y hierro. No lo maté; quería que viera quién era su verdadero verdugo.
Valerius avanzó. Cada uno de sus pasos pesaba una tonelada sobre mis sentidos. Se detuvo a escasos centímetros de mí. Podía oler el acero frío, el ozono de su magia y algo más... un calor primario que me quemaba la piel.
Él extendió su mano enguantada y, con una lentitud tortuosa, deslizó sus dedos por mi mandíbula. El contacto fue como una descarga eléctrica que me recorrió la columna. Me obligó a alzar la vista, encontrando esos ojos de obsidiana que habían poblado mis pesadillas y mis deseos.
—Elena de Vallemont —dijo su voz, un barítono profundo que hizo vibrar las piedras bajo nuestros pies—. He visto generales morir con más dignidad que este reino. He visto imperios caer, pero nunca había visto a una mujer prenderle fuego a su propio mundo solo para que yo pudiera caminar sobre las cenizas.
—El mundo es pequeño comparado con lo que siento cuando te veo luchar —confesé. Mi voz no tembló; era pura convicción—. Ellos intentaron quitarte lo que eres. Yo solo les recordé que la noche no pide permiso para entrar.
Valerius estrechó su agarre en mi cuello, no para lastimarme, sino para atraparme en su órbita. Su mirada recorrió mi rostro, buscando una grieta, una duda, pero solo encontró un reflejo de su propia oscuridad.
—Eres un monstruo precioso, Elena —susurró, acercándose tanto que sus labios rozaron mi oreja—. He pasado años buscando a alguien que no temiera a mi sombra. No esperaba encontrar a alguien que la alimentara.
—No quiero ser tu protegida, Valerius —respondí, rodeando su armadura con mis propios brazos, sintiendo el frío del metal contra mi pecho—.
Quiero ser la razón por la que tus enemigos tiemblan antes de cerrar los ojos. Quiero el Norte. Te quiero a ti.
El Duque soltó un último quejido de agonía antes de que Valerius, sin apartar la vista de mis ojos, hiciera un gesto con su espada negra. Un tajo de vacío terminó con la vida del traidor, borrando la última mancha del Sur.
—Entonces ven —dijo Valerius, su voz cargada de una promesa oscura—.
El Norte es un lugar cruel, pero para alguien que ha domesticado a las sombras de este reino, será un paraíso. Deja que este castillo se pudra. Tú y yo tenemos un trono que reclamar y un mundo que poner de rodillas.
En ese momento, las sombras de ambos se fundieron en el suelo, convirtiéndose en una sola masa negra que devoró la luz del salón. La heredera de Vallemont había muerto; en su lugar, nacía la Emperatriz de la Noche.