El dolor fue el puente. En un segundo, el Capitán de la Unidad de Élite sentía el frío del asfalto tras un tiroteo mortal. Al siguiente, sentía el peso sofocante de un cuerpo sudoroso y el hedor a rancio de una habitación cerrada.
-¡Quédate quieto de una puta vez!- rugió una voz ronca sobre él.
El policía abrió los ojos. No estaba en la morgue ni en el hospital. El techo estaba manchado de humedad y la luz de una bombilla desnuda oscilaba sobre su cabeza. Un hombre de hombros anchos y rostro desencajado por la ira lo inmovilizaba sobre un colchón mugriento.
En ese instante, una descarga de recuerdos que no le pertenecían inundó su mente como torrente de agua helada. Se vio a sí mismo o mejor dicho, al dueño de ese cuerpo, como un ser roto. Un omega llamado Ren, cuya existencia se reducir a cuatro paredes, golpes, y el miedo constante a un esposo alfa que lo trataba como ganado. Ren acababa de morir... (ambientado con el estilo staempunk)
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Lugar seguro
El sonido le la lluvia golpeando las ventanas de la mansión de Valerius era rítmico, casi hipotético, pero para Ren, sumergido en una fiebre abrasadora no eran gotas de agua. Eran los pasos de su padre en la casa de su infancia.
Ren intentaba correr, pero sus piernas no respondían. Eran delgadas y débiles, aún no conocían la fuerza de un Capitán de Élite.
-¡No te escondas, pedazo de basura!- rugía la voz de su padre en sus sueños.
Ren revivía la escena que había marcado su alma original. Veía a su madre, una omega de mirada triste y piel traslúcida, intentando interponerse entre el alfa y sus hijos. El golpe seco de la mano de su padre en el rostro de ella resonó en la habitación. Ren sentía el sabor metálico de la sangre en su propia boca, una memoria que se mezclaba con su muerte en la emboscada policial en la otra vida.
Luego, el recurso se tornaba más frío. El invierno de aquel año había sido el peor. Un hombre gordo, contaba monedas sobre la mesa de la cocina. Su hermano mayor, un omega de apenas dieciocho años, estaba de pie junto a la puerta, con las manos atadas con una cuerda.
-Es un buen ejemplar- Decía el tratante -En el extranjero pagarán muy bien por un omega con su casta.-
Ren recordaba haber gritado, haber intentado morder la mano del hombre que se llevaba a su hermano, pero su padre lo había arrojado a la pared de un solo golpe. Su hermano nunca miró atrás. Solo vio su silueta desaparecer bajo la lluvia, vendido como un mueble, para pagar las deudas de juego y el alcohol de un alfa mediocre.
-¡No!- el grito de Ren resonó en la habitación de lujo donde se encontraba.
Se incorporó de golpe, con el corazón golpeando contra sus costillas. El sudor frío hacía que se pegara el cabello oscuro en la frente. De manera instintiva, buscó el cuchillo qué siempre llevaba en el muslo, pero sus dedos solo se encontraron con un pijama de seda color perla.
-Tranquilo, estás a salvo.- una voz profunda surgió de las sombras.
Valerius estaba sentado en un sillón junto a la cama. Tenía una camisa blanca desabrochada en el cuello y las mangas arremangadas, revelando antebrazos poderosos cruzados en su pecho. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra con intensidad.
-¿Dónde... dónde está Leo?- Ren intentó levantarse, pero todo giró violentamente y tuvo que apoyarse en el respaldo de la cama.
-Tu cachorro está en la habitación contigua.- El mafioso respondió y se acercó con una intensidad depredadora para acercarse a él.- Una niñera lo alimenta ahora mismo. Has estado delirando por casi un día entero pequeño fantasma. Tu cuerpo finalmente decidió que ya no podía soportar tu voluntad de hierro.-
El mafioso aun no podía decirle lo que ocurrió esa misma madrugada, tres pisos más abajo.
Horas antes...
El sótano de la mansión de Valerius, no figuraba en lo planos de la ciudad. Era un espacio de hormigón y hierro. Apenas iluminado con una bombilla qué parpadeaba.
Atado en una silla de madera, se encontraba atado un beta insignificante llamado Peter. Un empleado de confianza del padre biológico de Ren. Enviado para rastrearlos y llevarlo.
Valerius entró con gran elegancia, llevando unos guantes de cuero negro para un propósito mucho más oscuro.
-Dime otra vez- dijo Valerius apoyándose en la mesa de tortura -¿Para qué te envió el señor Masson?-
El beta, con el rostro hinchado y sangre en los labios intentó escupir.
-Es... es propiedad del señor Masson. Fen fue vendido a un alfa en los Territorios del Norte hace semanas. El pago se hizo por adelantado. Un omega no vale esta guerra señor Volkov. Entreguenos el chico y olvidemos que lo tuvo aquí.-
De manera instanteana, la atmósfera de la habitación cambió. El alfa, liberó sus feromonas de bosque y tormenta tan denso y cargado de agresividad qué el beta comenzó a asfixiarse.
El mafioso se acercó a Peter. Con su expresión de calma gélida.
-Ren no es propiedad de nadie- Murmuró y su voz sonó como amenaza ancestral. -Y tú has decidido entrar a mi ciudad y reclamar lo que yo he decidido proteger.-
-¡Es un contrato legal!- Chilló el beta desesperado. -¡Su padre tiene los papeles!-
La sonrisa de Valerius fue sin rastro de humanidad.
-En este mundo yo soy el que dicta lo que es legal. Y tú... tú solo eres basura que necesito eliminar.-
El beta recibió un tiro entre los ojos del arma del mafioso. Gracias al silenciador solo resonó el cuerpo desplomándose.
Devuelta al presente...
Ren observó al mafioso con sospecha. El instinto de policía estaba alerta. Notó que el alfa tenía una pequeña mancha oscura en el puño de la camisa blanca. Sangre seca.
-Me mudaste de la pensión sin permiso.- Ren no podía enfocar la vista. -A eso lo llamo secuestro.-
-Ren... yo lo llamo hospitalidad necesaria.- retrucó Valerius, sentándose al borde de la cama. El aroma del alfa rodeó a Ren, intentando calmar su agitación del cuerpo, pero la mente del policía resistía. -Alguien está investigando la muerte del Ministro Weber. No son los policías que comen de mi mano, sino un grupo que no responde a las leyes locales. Si te quedas en esa pensión, te encontrarán. Y si te encuentran, llegan a Leo.-
Ren apretó los puños bajo las sábanas.
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-¿Por cuánto tiempo?- preguntó Ren, con un hilo de voz.
-Hasta que yo diga que es seguro. Aquí tienes médicos, comida de verdad para recuperar tus músculos y una habitación para el cachorro. A cambio, solo quiero tu presencia aquí.-
Ren soltó una risa amarga, recostando su cabeza en la almohada.
-Quieres al pequeño fantasma de adorno, Valerius. Guardado en una vitrina.-
El alfa se inclinó, dejando su rostro a pocos centímetros del de Ren. Acarició la mandíbula del omega con una delicadeza qué contrastaba con la violencia que ejerció en el sótano.
-No te equivoques Ren. No te quiero en una vitrina. Te quiero a mi lado cuando el resto de la ciudad intente arder. Porque detrás de ese omega sumiso qué finges, hay un depredador que ha visto más muertes qué yo. Y esa dualidad me obsesiona.-
Ren no bajó la mirada. A pesar de su mal estado, sus ojos brillaron con el fuego del Capitán de Élite.
-Ten cuidado. Los depredadores no se dejan domesticar. Y si descubro que me estás ocultando algo sobre mi hijo o el hombre que mataste esta madrugada... descubrirás que no necesito una barra de hierro para terminar contigo.-
Valerius sintió recorrerle un escalofrío de placer.
-Esa es la actitud que espero de mi socio. Ahora duerme. Mañana seguirán intentando cazarnos y por ahora este es tu único lugar seguro.-
Ren cerró los ojos. Sabía que estaba atrapado en una telaraña de seda y sangre, pero también sabía que cada día que pasaría en ka mansión, era un día más para fortalecer el cuerpo del omega y así, convertirlo en las pesadillas de todos aquellos que alguna vez lo maltrataron.
La guerra de Puerto Gris apenas comenzaba y el policía estaba listo para el juego de Valerius... hasta que fuera su turno de dar el jaque mate.