En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.
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capitulo 16
El pasillo del Hospital Central olía a esa mezcla aséptica de muerte y esperanza retenida que tanto me recordaba a la enfermería del penal, pero aquí las luces no parpadeaban y el suelo de mármol brillaba bajo mis botas de diseño. Caminé con la seguridad de quien posee las llaves del infierno, ignorando las miradas de los guardaespaldas que Arturo aún mantenía por pura inercia de estatus. Al llegar a la suite de cuidados intensivos, me detuve frente al cristal. Allí estaba el titán, el hombre que había moldeado mi destino con la misma frialdad con la que firmaba una orden de desalojo. Arturo De la Vega parecía ahora una caricatura de sí mismo, rodeado de tubos y monitores que dictaban el ritmo de un corazón que, según yo creía, nunca había existido.
Entré en la habitación sin pedir permiso. El pitido rítmico del monitor era la única música de fondo para nuestro reencuentro. Me acerqué a su oído, sintiendo el calor artificial de la calefacción médica. No busqué su mano; no había afecto en mis dedos, solo la memoria de los cinco inviernos que pasé abrazándome a mí misma para no morir de frío. Arturo abrió los ojos, empañados por la morfina y la derrota. Tardó unos segundos en enfocarme, y cuando lo hizo, vi el rastro de la duda. Elena Valerius estaba allí, pero Marina lo estaba mirando desde el fondo de mis pupilas grises.
Le susurré la verdad al oído, palabra por palabra, detallando cómo cada uno de sus activos en Suiza había sido drenado mediante las cuentas espejo que Antonia me enseñó a manipular. Le conté cómo sus socios más leales habían firmado su sentencia de muerte corporativa esa misma mañana tras ver las pruebas del cemento defectuoso. Pero lo que realmente lo quebró fue cuando le hablé de Isabella. Le dije que su hija perfecta, su orgullo, era la verdadera arquitecta de su ruina desde el momento en que decidió emborracharse y tomar aquel volante, y que yo solo había vuelto para terminar lo que ella empezó. Vi cómo su ritmo cardíaco se aceleraba, cómo el monitor empezaba a emitir una alarma frenética. Fue el placer más puro que he sentido jamás: ver al arquitecto de mi miseria asfixiarse con el peso de su propio legado podrido. Sus labios intentaron articular una palabra —acaso un perdón, acaso una maldición—, pero solo salió un estertor seco.
Salí de la habitación justo cuando los médicos entraban corriendo con el carro de reanimación, cruzándome en el pasillo con una Beatriz desencajada que ni siquiera me reconoció. Estaba demasiado ocupada ajustándose el velo del drama de viuda prematura como para notar que la hija que desterró acababa de desconectar espiritualmente a su marido.
Mientras tanto, en la mansión, Isabella no perdía el tiempo en lágrimas. La conocía demasiado bien. Ella era una rata acorralada, y las ratas acorraladas no rezan, muerden. Julián me avisó por el auricular de que Federico estaba moviendo hilos oscuros, contactando a hombres que no se dedicaban a la construcción, sino a la "limpieza" definitiva. La guerra fría había terminado. Isabella ya no intentaba esconderse tras la máscara de la "Mujer del Año"; ahora operaba desde el sótano de su desesperación, dispuesta a eliminar la única prueba viviente de su pecado antes de que el fiscal jefe firmara la orden de arresto que Julián y yo habíamos precipitado.
Me subí al coche y miré hacia el horizonte de la ciudad que una vez me vio partir encadenada. Sentí el peso del arma que Julián me había entregado esa tarde en el bolsillo de la gabardina. Ya no había vuelta atrás hacia Suiza, no había retiro dorado para Elena Valerius si Isabella seguía respirando el mismo aire. El plan de La Maestra estaba entrando en su fase de aniquilación total. El imperio De la Vega era un edificio en llamas, y yo me encargaría de que nadie saliera ileso de la conflagración.
Conduje hacia el antiguo tramo de la carretera donde todo empezó, el lugar exacto del accidente de Lucía Torres. Sabía que Isabella iría allí; era el centro de su trauma y de su odio, el lugar donde creía que recuperaría su poder eliminándome. La lluvia empezó a caer, densa y fría, igual que aquella noche hace cinco años. Julián ya estaba posicionado en las sombras, con la mirada fija en el asfalto que aún parecía guardar el eco de aquel frenazo mortal.
Cuando los faros del coche de Federico iluminaron la curva, sentí que el círculo se cerraba. La confrontación final no sería en un juzgado ni en una oficina; sería en el mismo escenario donde la verdad fue enterrada. Bajé del vehículo, dejando que el agua lavara el maquillaje de Elena, permitiendo que la verdadera Marina emergiera por última vez para cobrar la deuda de sangre. Isabella bajó del coche, empuñando un arma con manos temblorosas, su rostro de porcelana deformado por un odio que la hacía parecerse más a mí de lo que jamás admitiría.
Nos miramos a los ojos a través de la cortina de lluvia. Éramos dos hermanas separadas por una tumba y cinco años de rejas, dispuestas a decidir quién de las dos tenía el derecho de seguir respirando.
—Lo sabías —gritó Isabella, su voz quebrada por la histeria—. Sabías que papá nunca te perdonaría por ser la débil. ¡Él me eligió a mí!
—Él no eligió a nadie, Isabella —respondí, sacando mi propia arma con una calma que la aterrorizó—. Él solo eligió su propia supervivencia. Y hoy, esa supervivencia se ha agotado.
El silencio de la noche fue roto por el primer disparo, un sonido seco que marcó el inicio del fin, mientras Julián emergía de la oscuridad como el verdugo que la justicia legal nunca permitió que fuera. No hubo piedad en sus ojos, porque la piedad es un lujo de los que nunca han sido traicionados por su propia sangre o despojados de sus seres queridos por un apellido poderoso. Al final, solo quedaría el rastro de la pólvora y el aroma del azufre, el mismo que Arturo había sembrado en nuestro hogar y que ahora nosotros cosechábamos sobre el asfalto mojado.