Scarlet siempre ha vivido al límite: cuchillos afilados, fuego constante y una cocina donde el control lo es todo. Lo último que necesita es Alaska, el frío eterno… y un hombre que parece decidido a desordenar su vida.
Luke solo quiere paz. Silencio. Distancia de todo aquello que alguna vez lo rompió. Pero cuando Scarlet llega a la montaña, su mundo se sacude de una forma que su lobo no sabe explicar. La reconoce por su aroma a cerezas, la desea con una intensidad peligrosa… y aun así, no la acepta como su mate.
Entre discusiones, roces inevitables y una tensión que arde incluso bajo la nieve, ambos luchan contra un vínculo que se resiste a ser nombrado. Porque a veces el destino no llega con claridad, y el amor verdadero aparece cuando menos estás dispuesto a reconocerlo.
En Alaska, donde el invierno observa en silencio, negar al mate puede ser el error más grande de todos.
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Capitulo 6: No es culpa mía si soy encantador
Me río. Una risa corta, nerviosa.
—Bueno… —digo, intentando aligerar el ambiente—. Creo que las bromas podemos dejarlas para otro momento, ¿no?
Nadie se ríe conmigo.
Miro a Emma. Luego a Andrew.
Sus rostros están serios. Demasiado serios. No hay rastro de burla, ni de nerviosismo, ni de duda.
La sonrisa se me borra de la cara.
—¿…no es una broma? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
El silencio es suficiente.
Y entonces lo siento.
Ese estremecimiento de antes vuelve, más fuerte, más profundo. Me recorre el cuerpo como una descarga eléctrica lenta, desde el estómago hasta la nuca.
El aire se me vuelve pesado. Siento calor, un calor extraño, fuera de lugar en medio de Alaska.
Empiezo a sudar.
Me paso una mano por la frente, el corazón acelerándose sin razón aparente. No es miedo exactamente… es desorientación. Como si mi cuerpo supiera algo que mi mente todavía se niega a aceptar.
—Yo… —mi voz sale más baja—. Perdón.
Todos me miran.
—Necesito salir un momento —añado—. Tomar aire.
No espero respuesta.
Camino hacia la puerta con pasos rápidos, torpes, empujándola apenas la alcanzo. El aire frío me golpea de lleno el rostro al salir, robándome el aliento.
Apoyo las manos en las rodillas, respirando hondo.
Algo está pasando conmigo.
Y no tengo la menor idea de qué es.
Camino un poco por los alrededores antes de regresar a la casa. El frío me ayuda a despejar la cabeza, a bajar el fuego extraño que todavía siento bajo la piel. Cuando vuelvo a entrar, Emma me está esperando, apoyada contra el marco de una puerta.
—¿Estás mejor? —pregunta con cautela.
—Sí —respondo—. Mejor. Aunque… raro.
Emma asiente, como si lo esperara.
Me explica entonces, con calma, sin dramatismos, cómo funciona su mundo, los hombres lobo, la reserva, los vínculos, las reglas. Habla de manadas, de instintos, de mates. Yo no interrumpo. Solo escucho. Solo asiento. Mi mente guarda la información sin saber aún qué hacer con ella.
Cuando termina, me mira con una pequeña sonrisa.
—Hay alguien a quien quiero presentarte.
Frunzo el ceño.
—¿Más sorpresas? —murmuro.
Ella se ríe y me toma del brazo, guiándome a través de la casa hasta el patio trasero. El espacio se abre ante nosotras, amplio, tranquilo, bañado por una luz fría.
Un chico tirado en el pasto, con las manos detrás de la cabeza, como si el mundo no pesara sobre él.
Cabello negro.
Ojos negros que se clavan en mí apenas percibe nuestra presencia.
—Damián —lo llama Emma.
Él se incorpora despacio, estudiándome con una curiosidad descarada.
—Lindo cabello —me dice él, con total naturalidad.
—Lindos ojos —respondo sin pensarlo.
Damián sonríe, una sonrisa ladeada, confiada. Parece tener entre dieciséis y dieciocho años, esa edad en la que el cuerpo todavía no termina de decidir si quiere ser adolescente o adulto.
Emma carraspea.
—¿Puedes dejar de tirarte en el suelo como si fueras parte del paisaje? —lo regaña—. Ya te he dicho que esa costumbre no es muy humana.
—Deberías agradecer que no vuelva a mi forma de lobo —responde él, estirándose como si nada—. Aún no me acostumbro del todo a este cuerpo.
Levanto las cejas, sin saber si reír o procesar lo que acabo de escuchar.
Emma suspira y entonces se vuelve hacia mí.
—Scarlett, él es Damián… nuestro hijo.
La miro, convencida de haber escuchado mal.
—¿Perdón?
—Lo adoptamos —aclara enseguida—. Hace poco.
Vuelvo a mirar a Damián. A su postura relajada, a sus ojos atentos, a esa energía salvaje que no sabe —o no quiere— esconder.
—Me hace recordar a la pequeña Autumn —digo, sin pensarlo demasiado.
Emma asiente de inmediato.
—Sí… ahora que lo dices, tienen algo parecido.
Damián frunce el ceño, curioso.
—¿Y quién es Autumn?
—La hija de un colega del trabajo —le explico—. Tiene más o menos tu edad.
Damián ladea la cabeza, me observa con descaro absoluto y pregunta
—¿Es igual de linda que tú?
Emma y yo nos miramos, completamente sorprendidas.
No puedo evitarlo y suelto una carcajada.
—Pero mira a este —me burlo, negando con la cabeza—. Qué peligro resultaste ser.
Damián solo sonríe, orgulloso.
Me vuelvo hacia Emma, aún riendo.
—Vas a tener que cuidarte, ¿oíste? No vaya a ser que con esa coquetería termines hecha abuela antes de lo esperado.
Emma se lleva una mano a la frente, resignada, mientras Damián se encoge de hombros como si nada.
—Yo solo hago preguntas —dice—. No es culpa mía si soy encantador.
Algo me dice que ese chico va a traer más de un problema en el futuro.
Emma suspira y se cruza de brazos, como si de pronto todo el cansancio del día le hubiera caído encima.
—Hay muchas personas a las que quiero presentarte —dice—, pero ahora no hay tiempo. Lo mejor será que descansen. Han sido horas largas.
Asiento. Mi cuerpo también lo agradece, aunque mi cabeza no parece dispuesta a apagarle el interruptor a nada.
—Además —continúa, como si soltara el dato más normal del mundo—, la boda será en una semana. Ya tenemos madrina… —me mira con una pequeña sonrisa—, o sea tú. Solo falta el padrino.
Parpadeo.
—¿Y quién es el padrino?
—Luke.
Y ahí está otra vez. Ese estremecimiento extraño, casi eléctrico, recorriéndome la espalda. Mi estómago se aprieta sin razón aparente y tengo que tragar saliva.
—¿Luke? —repito, intentando que mi voz suene normal—. Aria mencionó a un tal Luke… dijo que no estaba cerca.
Emma frunce el ceño, pensativa.
—Sí, se había ido. Pero volvió hace un rato.
—¿Volvió? —pregunto, sin poder evitarlo.
—Ajá —responde—. No sé bien por qué, la verdad. Llegó, habló un poco con Andrew y… —se encoge de hombros— volvió a irse. A la manada vecina.
Asiento despacio, aunque algo dentro de mí no encaja.
—Pensé que no estaba en la reserva —murmuro.
—No lo estaba —confirma—. Pero va y viene cuando requiere.
El nombre vuelve a resonar en mi cabeza, pesado, insistente. Luke. No sé quién es, no lo he visto, y aun así siento que su presencia —o su ausencia— me afecta más de lo que debería.
—Bueno —dice Emma, rompiendo el silencio—. Mañana será un día largo. Debemos descansar, Scarlett.
Le sonrío, aunque no estoy segura de que se note lo forzada que se siente.
—Sí… descansar suena bien.
Que paso con los otros capítulos /Cry/