"¡Sofía! ¡Te lo advierto! Si vuelves a lastimar a Valeria, ¡Jamás te lo perdonaré!", fueron las crueles palabras del hombre que amaba, en una advertencia que marcaba el inicio de un capítulo en su vida, lleno de engaños. Arrastrada a una conspiración, destrozada por quien una vez cuidó en su enfermedad. Manipulada, humillada y herida de las formas menos pensadas, lo único que quería era desaparecer sin dejar rastro alguno. Cuando al fin logra escapar de aquel infierno, Matías; el hombre que tanto se encargó de maltratarla injustamente, se quiebra: jamás pensó que aquella mujer que lo separó de su primer amor, hiciera que la culpa lo enloqueciera y el arrepentimiento por sus acciones, aunque llegara tarde, lo quemara por dentro. Tres meses después, el destino los cruzó nuevamente: Sofía regresó transformada, protegida por un poder mucho mayor que el de su esposo. Ahora, trabajando como planificadora de bodas, logró al final alcanzar el empoderamiento que necesitaba para defenderse de las personas que tanto daño le hicieron. Matías, quien creyó en la historia de quien debía ser su esposa en un principio, no solo la reconoció al instante, sino que su mundo se desordenó al ver a una mujer distinta a quien recuerda. Mientras su esposa avanza, el está atrapado entre el arrepentimiento, el deseo de reparar el daño que cometió, y la verguenza por haber sido el quien casi la lleva al borde de la muerte.
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Capítulo 6
La tensión en el comedor era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Nadie se atrevía a hablar en voz alta. Las copas seguían llenas, los platos casi intactos. El cumpleaños de Jorge se había convertido en una escena incómoda, sostenida únicamente por la presencia imponente de Matías Reyes.
Sus ojos fríos se desplazaron lentamente hasta detenerse en Lucía. La joven estaba rígida, los labios temblándole, el rostro blanco como el mármol. Matías no elevó la voz; no lo necesitaba.
—¿No sabés pedir disculpas? —dijo con calma peligrosa—. No tengo mucha paciencia.
Lucía sintió que las piernas le fallaban. Se giró de inmediato hacia Sofía.
—Yo… yo lo siento —balbuceó—. Perdón, Sofía. Fue una estupidez mía, no quise decir eso.
Tía Martha, alarmada, se apresuró a recoger la caja del regalo que ella misma había arrojado al suelo minutos antes. La sostuvo como si fuera un objeto sagrado.
—Claro, claro —dijo con una sonrisa forzada—. Todo fue un malentendido, somos familia.
Matías no respondió, su silencio era más intimidante que cualquier amenaza explícita. El resto de la velada transcurrió en una atmósfera opresiva, Sofía apenas probó la comida. Asentía cuando alguien le hablaba, sonreía por inercia, pero su mente estaba en otro lugar.
Cada minuto que pasaba sentía que algo malo podía estar ocurriendo lejos de allí, "Benjamín", esa única palabra le latía en la cabeza como un martillo. Cuando el postre llegó a la mesa, Sofía se levantó.
—Disculpen —dijo—. Voy al baño.
Nadie la detuvo, apenas cerró la puerta, las manos le empezaron a temblar. Apoyó la espalda contra la pared y sacó el celular, marcó el número de Rosa.
—¿Señora Sofía? —respondió la mujer, nerviosa.
—Rosa… —susurró—. Decime la verdad. ¿Benjamín está en la casa?
Hubo un silencio largo, demasiado largo.
—No —respondió finalmente—. No está. Yo… yo llegué y ya no estaba. Pregunté, pero nadie supo decirme nada.
El mundo se le vino abajo, Sofía apoyó una mano en el lavamanos para no caerse. Respiró hondo varias veces antes de colgar. Tardó un rato en reunir fuerzas para abrir la puerta. Apenas dio un paso afuera, chocó contra una pared sólida.
Matías.
La estaba esperando.
—¿Dónde está? —preguntó Sofía, sin rodeos. La voz se le quebró—. ¿Dónde llevaste a Benjamín?
Intentó mantener la compostura, pero no pudo. Se aferró al saco de Matías con desesperación.
—Por favor… —dijo—. Soltalo. No le hagas daño, si querés castigar a alguien, que sea a mí. Hago lo que quieras.
El dolor en la cabeza explotó de repente, agudo, insoportable. El tumor presionaba como si quisiera recordarle que su tiempo se estaba agotando. Las lágrimas le corrían sin control. Matías la miró desde arriba, inexpresivo.
—Dentro de tres días —dijo con frialdad— voy a dar una conferencia de prensa.
Sofía levantó la vista, desorientada.
—Ahí vas a decir, delante de todos, que sos la tercera en discordia. Que separaste a Valeria de mí, que la mandaste a encerrar para quedarte con su lugar. Que además te acostaste con otros hombres durante el matrimonio.
Cada palabra era un golpe.
—Después —continuó— vas a arrodillarte y pedirle perdón a Valeria. Si ella acepta… recién entonces te voy a decir dónde está el chico.
Sofía sintió que algo se desgarraba dentro de ella.
—Matías… —susurró—. No podés hacerme esto.
La vista se le nubló, el dolor era demasiado fuerte. Dio un paso en falso y estuvo a punto de caer.
Matías frunció el ceño. Recién entonces notó lo pálida que estaba, el sudor frío en la frente.
—Sofía… —dijo, instintivamente.
Ella ya no escuchaba, todo se volvió negro. Cuando Jorge y el resto de la familia llegaron alarmados, Matías ya la había levantado en brazos.
Sin dar explicaciones, salió de la casa y la subió al auto. Condujo a toda velocidad hacia la Clínica Privada San Carlos, ignorando semáforos y bocinazos. La dejó sobre una camilla en el pasillo y salió a buscar a un médico. No habían pasado ni dos minutos cuando, al regresar, vio una escena que le hizo hervir la sangre.
Sofía estaba despierta, un hombre desconocido la sostenía por los hombros.
—¿Leonardo…? —murmuró ella, reconociéndolo—. Ayudame, por favor.
Leonardo Ferreira, médico del hospital y antiguo compañero de universidad de Sofía, reaccionó por instinto profesional. La sostuvo con firmeza. Matías aceleró el paso, pero llegó tarde. Leonardo ya la estaba ayudando a subir a su auto.
—¡Eh! —gritó Matías—. ¿Qué carajo estás haciendo?
El motor rugió, el vehículo arrancó y se perdió en la noche porteña. Matías se quedó quieto, mirando la calle vacía. La furia le subió al pecho como un incendio.
—Así que era esto —murmuró—. Fingir desmayarte para escaparte con otro.
Sacó el celular y marcó el número de su secretaria.
—Revocá el divorcio —ordenó, con voz helada—. Ahora mismo.
Colgó sin esperar respuesta. Si Sofía creía que podía huir, estaba muy equivocada. Esta vez, no la iba a soltar.