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Me enamoré del hijo de mis padrinos

Me enamoré del hijo de mis padrinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor platónico
Popularitas:8.9k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3: Mentiroso

La residencia Montero era más grande por dentro de lo que parecía por fuera, y por fuera ya parecía un museo.

Isabel la llevó de la mano por los pasillos como si fuera una visita de honor. Planta baja: la cocina con isla de mármol gris donde Rosario —ama de llaves, morena, delgada, con el cabello recogido en un chongo perfecto— estaba preparando un agua de jamaica; la sala con ventanales que daban al jardín trasero; el comedor formal para doce personas que "solo usamos en Navidad, mi niña"; el estudio de Ricardo con olor a cuero y a libros viejos.

—Los cuartos de Ricardo y míos están aquí abajo. Segundo piso es de Andrés, tu otro hermano, pero ese casi no viene, vive en Polanco. Y el tercero...

Isabel bajó la voz.

—El tercero es de Santiago. Ahí tiene su estudio, su recámara, su gimnasio. Es un piso completo para él solo, imagínate. —Se inclinó hacia Valentina con complicidad—. Pero tú puedes subir cuando quieras, eh. No le hagas caso si dice que no.

Valentina recordó la segunda regla —"No subas al tercer piso"— y negó con la cabeza.

—Prefiero quedarme abajo, tía Isabel.

—¿Abajo? ¿Solita? ¡Pero arriba está Santi, es más divertido!

—No, gracias. Abajo está perfecto.

Isabel la miró con los ojos entrecerrados, como si estuviera evaluando si Valentina era tímida, educada o simplemente terca. Al final suspiró.

—Como quieras, mi niña. Pero la puerta de arriba nunca tiene llave.

La habitación que le asignaron era luminosa, con una cama grande cubierta por una colcha color crema, un escritorio junto a la ventana y un clóset que era más grande que el baño de su casa en Del Valle. Sobre el buró había una nota doblada en un papel color hueso: "Bienvenida a casa, Valentina. Cualquier cosa, marca el 3 del intercomunicador. Ricardo." Letra pequeña, precisa, sin adornos. Un hombre de pocas palabras, como su hijo.

La tarde pasó despacio. Isabel le mostró el jardín: los rosales que cuidaba ella misma, los arriates de lavanda, y al fondo, detrás de una barda de piedra baja, tres limoneros que llenaban el aire de ese olor agridulce que Valentina había percibido desde el auto.

—¿Te gustan? Santiago los plantó de chiquito. Bueno, ayudó a plantar uno y luego se empeñó en que fueran tres. No me preguntes por qué tres.

Isabel sacó el celular, le tomó una foto a Valentina oliendo una rosa —la luz de la tarde le daba en el cabello, que se veía casi dorado— y se la envió a Santiago con un mensaje:

"¿Verdad que está preciosa? 😍"

La respuesta llegó en treinta segundos.

**Santiago**: Sí, qué bonitas rosas. ¿De qué variedad son?

Isabel se quedó mirando la pantalla con la boca abierta. Volteó hacia Valentina, que no había visto el intercambio, y tecleó con furia:

"¡¿Las ROSAS?! ¡Te pregunté por Valentina!"

**Santiago**: Ah. Normal.

Isabel guardó el celular con un gesto que Valentina reconoció perfectamente: era el mismo que hacía Carmen cuando Roberto decía algo que la sacaba de quicio. La mueca de "voy a contar hasta diez y después te mato."

---

La cena estaba servida a las ocho. Rosario puso la mesa para cuatro: Isabel, Ricardo —que había llegado de la oficina a las seis, la saludó con un apretón de manos firme y una sonrisa breve—, Valentina y Santiago.

Santiago no había bajado.

—Ve a llamarlo —le dijo Isabel a Valentina, mientras acomodaba las servilletas—. Tercer piso, la puerta del estudio está al final del pasillo.

Valentina se congeló.

—¿Yo?

—Anda, anda. Si no lo llamas, no baja.

Valentina subió las escaleras con el estómago hecho nudo. El segundo piso estaba oscuro — la puerta de Andrés cerrada, el pasillo vacío. Siguió subiendo. El tercer piso olía diferente: más limpio, más frío, con un toque de la misma menta que había percibido en el auto esa mañana.

La puerta del estudio estaba entreabierta. Valentina asomó la cabeza.

Un escritorio de madera oscura. Monitores apagados. Una estantería con libros y una maqueta de circuito electrónico. Y en el sillón de cuero, con las piernas cruzadas sobre el reposabrazos y los ojos cerrados, dormía el chofer.

Valentina se detuvo en seco.

¿El chofer? ¿Qué hacía el chofer aquí? Si Santiago lo encontraba en su estudio, lo iba a correr. Según Isabel, Santiago era estricto con su espacio — por eso la regla del tercer piso.

Se acercó con cuidado y lo sacudió del hombro.

—Oye. Oye, despierta.

Él abrió un ojo.

—Si Santiago te encuentra aquí, te va a correr —susurró Valentina, con urgencia—. Es muy estricto con su piso.

Él la miró. No se movió. Una sonrisa lenta —la primera que Valentina le veía— le cruzó la cara.

—¿Y si viene, qué?

—¡Que te corre! ¿No me estás escuchando? —Valentina lo jaló del brazo—. Baja, ándale, antes de que se dé cuenta.

Él se dejó jalar. Se puso de pie, se estiró sin prisa, y la siguió.

Bajaron juntos en el elevador — la casa tenía elevador, por supuesto que tenía elevador—. Valentina iba asomando la cabeza por las puertas en cada piso, como espía de película, asegurándose de que Santiago no apareciera.

—Rápido —le dijo, tomándolo del brazo para guiarlo al comedor.

Al llegar, Rosario los recibió con una sonrisa.

—Joven Santiago, señorita Valentina, ya está servida la cena.

Valentina se detuvo. Las palabras le llegaron con un segundo de retraso, como un eco que necesitaba rebotar dos veces para aterrizar.

Joven Santiago.

Volteó.

Él estaba ahí, a medio metro de ella, con los brazos cruzados y esa sonrisa que ya no era lenta sino abierta, genuina, la primera sonrisa real que Valentina le veía — y era la sonrisa de alguien que se estaba divirtiendo a costa de ella.

—Mentiroso —dijo Valentina.

La voz le salió plana, sin grito, sin énfasis. Pero los ojos le ardían.

Santiago Montero. El chofer era Santiago Montero. El de las tres reglas. El de "ya bórrame." El que le había preguntado "¿Te gusta lo que ves?" sabiendo perfectamente quién era él y quién era ella.

Se dio la vuelta con la barbilla en alto y caminó al comedor sin mirarlo. Los tacones —se había puesto tacones bajos para la cena, porque quería causar buena impresión— sonaban contra el piso de piedra con la misma contundencia que una puerta que se cierra.

La cena fue un ejercicio de diplomacia. Santiago se sentó a su lado — Isabel había retirado las sillas extras para que no le quedara otra opción—. Él miró la comida.

—¿No hay chile?

—Valentina no come picante, Santi. Ya lo sabes.

—Yo tampoco como esto tan simple.

Valentina apretó el tenedor. Él no comía picante. Ella lo sabía porque Isabel lo había mencionado durante el tour de la tarde. Estaba provocándola.

Comió en silencio, con la espalda muy recta y la mandíbula apretada. Santiago, a su lado, la observaba comer con una atención que disimulaba mirando su propio plato, pero que Valentina percibía como una corriente de aire tibio en la nuca.

---

Después de la cena, desde su habitación, Valentina escuchó la voz de Isabel en el pasillo del tercer piso.

—¿Por qué la molestas, Santiago? ¡Sé amable! La niña acaba de llegar.

—Solo estaba jugando.

—¡Pues deja de jugar! Las niñas se conquistan con dulzura, no con mentiras.

—No estoy conquistando a nadie, mamá.

Un silencio. Luego, la voz de Isabel, más baja:

—Pues deberías.

Pasos que se alejaban. Una puerta que se cerraba. Y después, silencio.

Valentina se quedó mirando el techo de su habitación nueva. La colcha olía a suavizante de lavanda, no de vainilla. La almohada era más firme que la suya. El silencio del fraccionamiento era tan completo que podía escuchar el viento moviendo las hojas de los limoneros del jardín.

Mentiroso. La había engañado a propósito. Le había dejado creer que era un chofer, la había dejado mirarlo como se mira a un desconocido guapo, y después se había sentado a su lado en la cena como si nada.

¿Quién hacía eso?

El mismo tipo de persona que ponía tres reglas por WhatsApp y te eliminaba antes de que pudieras responder.

Valentina cerró los ojos. Mañana empezaba la universidad. Mañana tendría que verlo otra vez. Y mañana —se prometió, apretando la cobija entre los puños— no iba a darle la satisfacción de verla sorprendida.

Nunca más.

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Equipo Motorola
buenos días escritora, enamorada de tu historia, felicitaciones
Lineth: bonito
total 1 replies
Equipo Motorola
excelente historia felicitaciones escritora
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