Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 6: Armar el plan.
Había pasado el día siguiente con una normalidad que a Anabel le resultó sospechosa. Arturo lo anunció durante el desayuno, sin explicaciones innecesarias, como si su ausencia fuera un detalle menor.
—No estaré en la cena —dijo mientras doblaba una servilleta—. El rey nos convocó a los ministros. Volveré entrada la noche.
Anabel levantó la vista apenas un segundo. No hizo preguntas. No asintió con exceso. Solo respondió lo justo.
—Entiendo.
Arturo la observó con atención, como si buscara algo en su rostro. Últimamente ella no reaccionaba como él esperaba. Antes, una noticia así la habría puesto nerviosa. Ahora no.
—No esperes despierta —añadió él, ya poniéndose el abrigo.
—No lo haré.
Arturo salió sin despedirse. El sonido de la puerta cerrándose resonó más de lo normal en el comedor. Anabel se quedó sentada unos segundos más, mirando su plato intacto. Cuando estuvo segura de que él ya se había ido, respiró con más libertad.
La casa se volvió distinta sin Arturo. No más pasos pesados recorriendo los pasillos, no más miradas de control, no más silencios tensos. Aun así, Anabel no se permitió bajar la guardia. Sabía que la noche debía manejarse con cuidado.
El día avanzó lento. Anabel se ocupó de lo necesario, habló con los sirvientes lo justo y evitó los espacios donde solía encontrarse con Arturo. Cerca del atardecer notó algo que no le gustó: Grecia no había salido de su habitación.
Subió las escaleras con calma. Tocó la puerta una sola vez.
—Pasa —respondió la voz de Grecia.
La habitación estaba ordenada, pero no por costumbre sino por necesidad. Grecia estaba sentada en el borde de la cama, con las manos juntas, mirando un punto fijo en el suelo.
—No bajaste hoy —dijo Anabel cerrando la puerta tras de sí.
—No tenía ganas —respondió Grecia sin levantar la vista.
Anabel se acercó y se sentó a su lado.
—¿Te duele algo?
—No —negó—. Es solo… —se detuvo—. Mañana todo cambia.
Anabel la miró con atención. Grecia tenía los ojos cansados, pero no llorosos. Era una tristeza contenida, una que no encontraba salida.
—¿Estás asustada? —preguntó Anabel.
Grecia dudó un segundo antes de responder.
—Ansiosa —dijo—. Padre dice que es un buen partido, pero no lo conozco. No sé cómo es cuando no está frente a otros. No sé si voy a agradarle o si le importará algo más que el acuerdo.
Anabel apoyó una mano sobre la de ella.
—Eso es normal.
—¿De verdad? —preguntó Grecia—. Porque siento que debería estar agradecida. Todos me dicen que lo esté.
—No tienes que sentir nada que no sea tuyo —respondió Anabel—. Nadie puede decidir eso por ti.
Grecia levantó la mirada por primera vez.
—Padre sí puede.
Anabel sostuvo su mirada.
—No tanto como cree.
Grecia soltó una risa breve, sin humor.
—Siempre dices eso.
—Porque siempre lo creo —dijo Anabel—. Y porque aún tienes una salida.
—No la tengo —respondió Grecia con suavidad—. Si me niego, me obligará igual. Al menos así puedo elegir no luchar.
Anabel sintió un nudo en el pecho.
—No tienes que hacerlo —dijo—. Yo puedo convencerlo.
—¿Cómo? —preguntó Grecia—. ¿Con palabras? Ya no te escucha.
Anabel la abrazó sin responder. Grecia apoyó la frente en su hombro.
—Gracias por intentarlo —murmuró—. Eso ya es más de lo que muchos harían.
No era su hija verdadera, pero Anabel lo sentía como si lo fuera. Grecia era demasiado buena para esa casa, demasiado honesta para un historia que no había elegido.
—Pase lo que pase —dijo Anabel en voz baja—. No estás sola.
Grecia asintió despacio.
El día se esfumó sin aviso. Cuando cayó la noche, la ausencia de Arturo se volvió una certeza. Anabel esperó el momento adecuado. Se cambió con cuidado, tomó la capa oscura y la bolsa que había preparado con antelación. Dentro llevaba ropa limpia, unos zapatos resistentes y un pequeño envoltorio de tabaco del continente lejano. Sabía que Vladimir lo reconocería al instante.
Salió sin ser vista.
El frío era más fuerte que la noche anterior. La nieve caía sin descanso, pegándose a sus botas y entumeciéndole los dedos. Caminó sin detenerse, con pasos firmes, evitando las calles más transitadas.
El pueblo estaba casi vacío. Algunas luces resistían detrás de ventanas cerradas. El silencio era profundo, interrumpido solo por el viento.
—Llegaste puntual.
La voz surgió a su espalda.
Anabel se detuvo en seco, pero no se sobresaltó. Se giró despacio.
Vladimir estaba allí, cubierto con un abrigo gastado, observándola con atención.
—¿Por qué te escondes?—dijo ella.
—Nunca lo hago —respondió—. Solo que ya nadie presta atención de lo que hago.
Anabel no contestó. Abrió la bolsa y le tendió la ropa.
—Cámbiate.
Vladimir frunció el ceño.
—No necesito limosnas.
—No son limosnas. Desde ahora tendrás una presentación diferente conmigo.
Él dudó unos segundos antes de tomar la ropa.
Caminaron hasta el bar más cercano. El lugar estaba tibio y con olor a alcohol viejo. Anabel se sentó en una mesa apartada mientras Vladimir se cambiaba.
Esperó sin impaciencia.
Cuando él regresó, la diferencia era clara. Seguía teniendo la barba larga y el cabello enredado, pero la ropa limpia le devolvía parte de la dignidad que había perdido.
—Mejor —dijo ella.
—Hace tiempo que me importaba estar limpio—respondió él—. Pero me sigue parecido igual de innecesario.
Pidieron bebida. Vladimir bebió un sorbo largo.
—Habla —dijo—. No viniste hasta aquí para verme cambiar de ropa o beber una cerveza.
Anabel respiró hondo.
—Necesito que hagas algo —dijo—. Algo que nadie más puede.
Vladimir la observó con cautela.
—Eso ya lo escuché cuando me hablaste ayer.
—No de esta forma —respondió ella—. No te pido que reclames el trono otra vez. No todavía.
Él arqueó una ceja.
—¿Y qué quieres entonces?
—Quiero que empieces desde abajo.
—Ya estoy ahí —dijo él—. Resulta ser lo mismo que estar arriba, pero con menos dinero.
—Estabas solo —replicó Anabel—. Y porque nadie quiso ver lo que intentabas cuando tuviste en ese punto.
Vladimir apretó la mandíbula.
—Intenté cambiar un reino entero.
—Ahora te pido que cambies un pueblo —dijo ella—. Uno pequeño. Olvidado. Donde la ley y la justicia nunca llegan.
—¿Y crees que me aceptarán?
—No —respondió—. Pero te escucharán si haces lo correcto.
—¿Y tú qué ganas con esto? —preguntó él.
—Tiempo —dijo Anabel—. Y pruebas.
—¿Para qué?
—Para demostrar que el error no fuiste tú —respondió con firmeza.
Vladimir la miró largo rato.
—Siento que sabes más y no me quiere decir.
—Te lo diré a medida que logré los objetivos.
El silencio se asentó entre ambos. Vladimir bebió el último sorbo.
—Dime el lugar. Y yo iré solo. Regresa a casa. Nos veremos mañana.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí