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REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Reencarnación / Grandes Curvas / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:52.4k
Nilai: 4.9
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Morir traicionado fue lo de menos.

Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.

Pero la muerte no fue el final.

Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.

Error.

Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.

Y Vincent no sabe ser víctima.

Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.

Pero ellos no entienden algo.

La chica que compraron ya no existe.

Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.

Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.

Va a

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 14: La vaca gana por nocaut.

Mientras Vicente Antonov corría a Valentina de su oficina en el piso cuarenta y dos, en la mansión ardía Troya.

Vincent estaba en la terraza del jardín trasero, hundida en un sillón de mimbre con un pedazo de pastel de chocolate que le había sacado a la cocinera con una sonrisa y una frase que Emilia jamás habría dicho: "Si alguien pregunta, dile que me lo comí yo y que no pudiste detenerme." La cocinera, una mujer dominicana con cara de haber visto de todo, se rio y le puso un pedazo doble.

El pastel era obscenamente bueno. El café que lo acompañaba estaba caliente y perfecto. Y el libro que tenía en las manos —uno que encontró en la biblioteca de la mansión sobre historia de Nueva York, porque Vincent quería saber qué había pasado con su ciudad en los últimos cien años— era lo más cercano a la paz que había sentido desde que despertó en este cuerpo.

La terraza daba al jardín, los árboles empezaban a perder las hojas y el sol de la tarde le calentaba la cara de una manera que le recordaba, por alguna razón que no entendía, a las tardes en el muelle del Hudson cuando terminaba de contar los cargamentos y se sentaba a fumar un cigarro mirando el agua. Otro cuerpo, otra vida, pero la misma sensación de un momento robado entre una guerra y la siguiente.

Cinco minutos de paz. Es lo único que pido. Cinco malditos minutos.

Llegó a tres.

Natasha apareció por la puerta de cristal que daba a la terraza con un paso que no era casual sino calculado, como el de alguien que lleva un rato observando desde adentro esperando el momento exacto. Traía una taza en la mano y una sonrisa en la cara, las dos igual de peligrosas.

—Ay, Emilia, aquí estás. Te estaba buscando. ¿Comiendo postre a esta hora? Ay, bueno, cada quien con sus placeres, ¿no?

Vincent no levantó la vista del libro. Eso era lo que más molestaba a la gente como Natasha: no ser mirada.

—¿Necesitas algo, Natasha?

—Nada, nada, solo pasaba y te vi aquí tan solita y pensé en hacerte compañía. Debe ser difícil estar aquí sin conocer a nadie, sin amigas, sin... bueno, sin nada, ¿no?

Natasha caminó detrás del sillón de Vincent, despacio, como quien pasea. La taza le humeaba entre los dedos.

—Sabes, estaba pensando que tal vez deberías hablar con alguien sobre tu dieta. No por mí, no me malinterpretes, sino por ti. Es que en esta familia cuidamos mucho la imagen y bueno, el pastel de chocolate a las cuatro de la tarde no es exactamente... —dejó la frase colgando, esperando que Vincent la completara con su propia vergüenza.

Vincent pasó una página del libro.

—El pastel está delicioso. ¿Quieres un pedazo?

—Ay, no, yo no como eso. Mi cuerpo es un templo.

Tu cuerpo es un templo, pero tu alma es una letrina.

—Qué bien por ti —dijo Vincent, cortando otro pedazo de pastel con el tenedor.

Natasha se detuvo justo detrás de él. Vincent sintió la presencia a su espalda, ese cosquilleo que te avisa cuando alguien está demasiado cerca con malas intenciones, el mismo cosquilleo que le salvó la vida una noche en un callejón de Brooklyn cuando un tipo intentó clavarle un cuchillo por la espalda.

—¿Sabes qué, Emilia? Mi suegro siempre dice que las vacas deberían comer pasto y no postres.

Lo que pasó después fue rápido.

Vincent sintió el calor antes que la humedad: café hirviendo cayéndole sobre el hombro derecho, bajándole por el pecho, empapándole la blusa blanca que se había puesto esa mañana con el cuidado de alguien que está aprendiendo a vestirse como quiere y no como le dicen. El libro se le cayó de las manos. El pastel se fue al piso. El dolor fue instantáneo, agudo, como una quemadura que se extendía desde el hombro hasta el estómago.

—¡Ay, perdón! —dijo Natasha con una voz que no contenía ni un miligramo de disculpa—. Qué torpe soy. Se me resbaló. ¿Te quemaste? Ay, qué pena.

Vincent se quedó inmóvil durante exactamente dos segundos.

Dos segundos en los que el cerebro de un gángster del Lower East Side procesó la situación con la misma claridad helada con la que procesaba una traición: la posición de Natasha, la distancia entre ellos, la ausencia de testigos en la terraza excepto el guardia de seguridad que estaba a quince metros junto a la puerta del jardín, y el hecho innegable de que esta mujer acababa de tirarle café hirviendo encima a propósito y estaba parada ahí con su sonrisa de porcelana esperando que Emilia hiciera lo que Emilia siempre hacía: agachar la cabeza, tragar el insulto y llorar en silencio.

Al tercer segundo, Vincent se levantó del sillón.

Natasha no retrocedió porque no esperaba lo que vino. Nadie retrocede de un ataque que no cree posible, y en la mente de Natasha, Emilia Mendoza era incapaz de devolver un golpe como un perro faldero es incapaz de morder.

Vincent la agarró del pelo con la mano izquierda, un puñado firme de pelo rubio teñido que se enrolló en los dedos como una cuerda, y tiró hacia abajo con la fuerza de alguien que lleva semanas golpeando un colchón y haciendo sentadillas en una habitación cerrada. Natasha soltó un grito agudo que rebotó en las paredes de la terraza y las piernas se le doblaron, no porque quisiera sino porque cuando te agarran del pelo con esa fuerza las rodillas dejan de obedecerte.

—¿Qué dijiste de las vacas? —preguntó Vincent con una calma que era mucho más aterradora que cualquier grito—. Repítemelo. Quiero asegurarme de que escuché bien.

—¡SUÉLTAME! ¡SUÉLTAME, MALDITA LOCA!

Natasha intentó soltarse, intentó arañar, intentó patear, pero el cuerpo de Emilia tenía una ventaja que ninguna dieta ni ningún gimnasio podían superar: peso. Cien kilos de mujer agarrándote del pelo mientras intentas zafarte es como intentar mover una roca con las manos.

Vincent le metió un manotazo en la oreja con la mano derecha, abierta, que sonó como un aplauso seco y que hizo que la cabeza de Natasha girara hacia un lado. No fue un golpe de puño porque Vincent sabía que un puñetazo mal dado podía romperse los nudillos y él no era tan estúpido como para lastimarse la mano por esta mujer. Fue una cachetada calculada, humillante por diseño, del tipo que duele menos en la cara que en el orgullo.

—¡AUXILIO! ¡DIMITRI! ¡ALGUIEN!

Natasha intentó agarrarle la cara con las uñas y le alcanzó a marcar un arañazo en el antebrazo, pero Vincent le torció la muñeca hacia abajo con un movimiento que aprendió a los quince años peleando con estibadores en los muelles y que funcionaba igual de bien con manos de mujer que con manos de hombre.

—Escúchame bien, Natasha, porque solo te lo voy a decir una vez —dijo Vincent, inclinándose hacia ella con el pelo rubio todavía enrollado en el puño y la cara a diez centímetros de la suya—. La próxima vez que se te ocurra tirarme algo encima, asegúrate de que puedes correr más rápido que yo. Y con esos tacones, lo dudo.

La soltó.

Natasha cayó al piso de la terraza con las rodillas golpeando las baldosas, el pelo convertido en un desastre de mechones sueltos y nudos, la mejilla roja, el arañazo brillando, la blusa de seda rota en el cuello donde Vincent la había agarrado para impedir que se fuera antes de terminar la conversación. Se quedó ahí, en el piso, jadeando, llorando, con la cara descompuesta de alguien que acaba de descubrir que el animal manso al que llevaba días picando tenía garras.

El guardia de seguridad estaba paralizado junto a la puerta del jardín con la expresión de un hombre que está evaluando si intervenir le va a costar el trabajo o si no intervenir le va a costar algo peor.

Dimitri llegó corriendo desde adentro de la mansión, alertado por los gritos, y se encontró a su esposa en el piso de la terraza hecha un desastre y a Emilia de pie junto al sillón de mimbre con una mancha enorme de café en la blusa y una sonrisa que no debería existir en la cara de una mujer que acababa de protagonizar una pelea.

—¡¿QUÉ LE HICISTE?! —rugió Dimitri.

—Le enseñé modales —dijo Vincent—. Algo que tú claramente no pudiste hacer en años de matrimonio.

Dimitri ayudó a Natasha a levantarse y la llevó adentro mientras ella sollozaba y maldecía y juraba que iba a hacer que pagara, que Vicente iba a saber de esto, que esto no se iba a quedar así. Vincent los dejó irse, se sentó de nuevo en el sillón de mimbre, le pidió al guardia de seguridad —que seguía congelado en su puesto— que le trajera otro café, y se quedó mirando el jardín con la tranquilidad de alguien que ha hecho cosas mucho peores que tirar a una rubia al piso y no piensa perder el sueño por esta.

Tres minutos de paz fue todo lo que pude tener. En mis tiempos al menos me dejaban terminar el cigarro antes de empezar los problemas.

Cuando llegó la empleada con el café nuevo, Vincent lo aceptó con una sonrisa, se lo tomó despacio y esperó a que llegara el siguiente round, porque sabía que iba a llegar y sabía exactamente quién lo iba a traer.

Vicente Antonov cruzó la puerta principal de la mansión a las ocho de la noche y supo que algo había pasado antes de que nadie le dijera nada, porque la sala principal tenía esa energía específica que tienen los lugares donde acaba de ocurrir una explosión y la gente todavía está sacudiéndose el polvo.

Dimitri estaba junto a la chimenea con un whisky en la mano y la cara de un hombre que lleva horas rumiando una rabia que no sabe cómo resolver. Natasha estaba en un sillón con un paño húmedo en la frente, el pelo deshecho, el maquillaje corrido y la blusa rota. Y al otro lado de la sala, en un sillón individual con las piernas cruzadas y una taza de té en las manos, estaba su esposa, con la mancha de café seca en la blusa y una sonrisa de satisfacción que habría sido más apropiada en la cara de alguien que acaba de ganar una apuesta y no de alguien que acaba de golpear a su cuñada.

—Buenas noches, esposo —dijo Emilia, levantando la taza como un brindis.

Antonov miró la escena durante cinco segundos y luego dijo lo único que podía decir:

—Alguien me explica qué pasó.

Dimitri habló primero, atropellando las palabras con la urgencia de quien quiere dar su versión antes de que llegue la otra.

—Tu esposa atacó a Natasha. Sin razón, sin provocación, como una salvaje.

—Tu esposa me tiró un café hirviendo encima —dijo Emilia sin levantar la voz—. A propósito. Mientras yo estaba sentada leyendo un libro y comiendo un postre que no le estaba haciendo daño a nadie. Me lo volcó en el pecho, me llamó vaca, y lo que pasó después fue la consecuencia natural de ser estúpida con la persona equivocada.

—¡MENTIRA! —gritó Natasha desde detrás del paño.

Antonov miró al guardia de seguridad que estaba en la esquina de la sala.

—¿Qué viste?

El guardia tragó saliva, miró a Dimitri, miró a Natasha, miró a Emilia que le sostuvo la mirada sin pestañear.

—La señora Natasha le tiró el café, señor.

Natasha dejó caer el paño y miró al guardia con ojos que prometían una venganza lenta. Dimitri abrió la boca pero Antonov lo cortó con una sola mirada.

—Dimitri, controla a tu esposa. Emilia, a la habitación. Ahora.

Emilia se levantó, dejó la taza sobre la mesa con un clic deliberado y caminó hacia las escaleras pasando junto a Natasha sin mirarla. Subió con la espalda recta y la sonrisa todavía en la cara.

Antonov la siguió treinta segundos después. La puerta de la habitación se cerró con la fuerza controlada de un hombre conteniendo algo que quiere salir.

—¿Me puedes explicar qué demonios fue eso?

—Ya te lo expliqué abajo.

—Le arrancaste pelo, Emilia. Tiene arañazos. La blusa está rota.

—Debió pensar en eso antes de tirarme café hirviendo.

—Este no es tu barrio. Esta es mi casa, mi familia, y no puedes ir golpeando a la gente cada vez que...

—¿Cada vez que me agreden? —lo interrumpió Vincent mirándolo de frente—. Porque eso es lo que pasó. Tu cuñada me agredió. ¿Y qué querías que hiciera? ¿Sonreír? ¿Limpiarme en silencio?

—Esperaba que tuvieras la inteligencia de no darle munición a mi familia para usarla en tu contra.

—Y yo esperaba que mi esposo no me pidiera que me deje humillar en su propia casa.

Se miraron durante unos segundos que pesaron como bloques de concreto. Dos personas que no estaban acostumbradas a que nadie les levantara la voz descubriendo que la otra tampoco se achicaba.

—Llevo toda mi vida dejando que la gente me trate como basura —dijo Vincent, y algo en la voz cambió, algo que era menos rabia y más verdad—. Mi padre, mi madrastra, mi hermanastra, mi primer marido. Toda mi vida callándome, tragándome cada insulto con la boca cerrada. Se acabó. No me importa si es tu cuñada, tu hermano o el mismísimo papa de Roma. La próxima persona que me ponga una mano encima va a recibir lo mismo que Natasha. Y si eso te parece un problema, entonces tienes un problema, porque yo no pienso cambiar.

Antonov la miró durante un rato largo con esa expresión calculadora que Vincent empezaba a conocer. No dijo nada. Se dio la vuelta, se quitó la chaqueta y se fue al baño.

Vincent se quitó la blusa manchada, abrió el armario y sacó la pijama de vaca. Se la puso como un ritual: patas, torso, capucha con orejas, cremallera hasta arriba. Se metió en la cama, se tapó hasta el cuello y cerró los ojos.

Cuando Antonov salió del baño y vio a la vaca instalada en la cama como si no acabara de dejarle un arañazo a su cuñada y medio mechón de pelo en la terraza, soltó un suspiro largo, agarró una almohada y una cobija y se fue al sofá.

Era un sofá elegante, tapizado en terciopelo gris, diseñado para leer con un whisky, no para que un hombre de metro ochenta y cinco durmiera doblado como un pretzel. Se acostó. Las piernas le colgaban de un lado. La almohada se le caía del otro.

Desde la cama, la vaca empezó a roncar.

Antonov miró el techo pensando en el informe de su esposa que tenía en la oficina, en la muerte sospechosa de Harold Whitmore, en Valentina Mendoza visitándolo esa tarde con una minifalda, y en la mujer vestida de vaca que roncaba en su cama después de haberle arrancado mechones de pelo a Natasha por un café derramado.

Esta mujer es peor de lo que pensaba. Es impredecible, violenta, testaruda y no tiene el menor respeto por las reglas.

Los ronquidos subieron de volumen.

Y los informes están tan equivocados que alguien va a perder su trabajo mañana.

Iba a ser una noche muy larga.

1
pequeña sole
Fascinante, esta historia, me ha encantado de principio a fin... Me he enamorado de su protagonista y el "no te amo"... gracias por escribir esta bella historia...
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
Miel ga! osea que te vas a casar con tu Doppelgänger!🤭
MarlingJCF
Para que respete! 😂
MarlingJCF
clm! 🤣🤣🤣🤣
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
La pesadilla de toda mujer! La menstruacion🤭🤭
MarlingJCF
Sal de ese Cuerpo Cassidy!🤭🤭
MarlingJCF
"Confiar es bueno, pero No confiar es mejor".
MarlingJCF
Me encanta este tipo de Reencarnação sirmpre son muy interesantes y divertidas.
Cliente anónimo
bien echo emilia duro con todos , pero deja de comer tanto empezaste haciendo ejercicio cuando estabas encerrada y ahora no has echo nada más. es por tu bien ayudarla Vincent 😂
Luisa Esperanza Bautista Angarita
mil felicitaciones
Luisa Esperanza Bautista Angarita
lastima que se acabó
Chanylu💕
Uhmm muy rápido para que sea náuseas matutina recién paso una semana.. O no?
🥀Mia♡
.
Yolanda Plazola Arroyo
Hola Autora gracias por ésta novela me enamore de ella de Emilia y de Vicente
llore también pero también me encantó cada capítulo me reí 😂 con las ocurrencias de ella felicidades y espero La siguiente gracias y bendiciones /Drool/
Chanylu💕
Parezco loca riendo en la calle.... Es que no puedo más con sus sorpresas
Luisa Esperanza Bautista Angarita
me gustaría más si la nombran por emilia
Cliente anónimo
Espectacular
Rubí Salgado
me encanto la historia gracias por cada capitulo 👍👍👍👍👍❤️❤️❤️❤️❤️❤️
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