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Segunda Oportunidad

Segunda Oportunidad

Status: En proceso
Genre:Venganza / Romance / Yaoi / Amante arrepentido / Reencarnación
Popularitas:15.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Wang Chao

Después de amar obsesivamente y morir, Elijah Grant despierta con una segunda oportunidad y un juramento: esta vez no permitirá que el amor lo destruya. Decidido a huir del hombre al que amó unilateralmente durante años, planea una nueva vida lejos de él.

Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.

El hombre que lo marcó se niega a dejarlo ir, y una amenaza inesperada vuelve a poner su vida en peligro.
Cuando el amor se confunde con posesión y el destino insiste en repetirse…

¿podrá Elijah escapar de su final o está condenado a revivirlo?

NovelToon tiene autorización de Wang Chao para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 05. Sin mendigar amor.

Me hundí en la bañera hasta que el agua cubrió por completo mi rostro y mis pulmones comenzaron a suplicar oxígeno. No salí de inmediato. Permanecí ahí, quieto, con los oídos llenos de ese silencio líquido que ahoga los pensamientos. Solo cuando el ardor en mi pecho se volvió insoportable, emergí con un jadeo, el agua resbalando por mi piel como si intentara borrar lo que había ocurrido aquel día.

Había sido un infierno disfrazado de bienvenida familiar. Fingir amabilidad hacia Axel durante la cena, mantener la sonrisa forzada mientras cada fibra de mi cuerpo pedía gritarle, fue un suplicio. Escapar no era una opción. Tenía que soportar su presencia, su voz melosa, su mirada hipócrita, fingiendo ser alguien que no era, fingiendo una sonrisa tierna, una mirada pasiva, escondiendo su verdadera naturaleza.

—Ah… —solté un largo suspiro que se perdió en el vapor del baño—. Solo quiero largarme de aquí lo más rápido posible —murmuré, la voz quebrada resonando en las paredes frías de mármol.

El reflejo que me devolvía el agua era el de un hombre cansado, con los ojos enrojecidos por la rabia contenida y el cansancio emocional. Había aprendido a sonreír con elegancia, a usar la cortesía como armadura, pero debajo de todo eso solo quedaban ruinas.

En mi vida pasada nadie me creyó. Nadie me apoyó. Todos me tacharon de celoso, obsesivo, desequilibrado. Quizá lo era… pero no al punto de hacerle daño a mi propio hijo. Samuel era mi salvación. Mi luz en medio de la tormenta. Él me daba razones para seguir respirando cuando todo lo demás se derrumbaba. ¿Cómo podría yo hacerle daño? ¿Cómo podrían creerlo?

Un temblor recorrió mis manos. Cerré los puños con fuerza hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—Maldito bastardo… hijo de perra —escupí entre dientes, ahogando un sollozo que quemaba mi garganta.

Recordar aquel día era como abrir una herida que nunca cicatrizó. Samuel acababa de cumplir un año. Había risas, regalos, pequeñas huellas en el suelo de la casa. Hasta que todo se volvió silencio.

Entré a su habitación… y lo vi.

Axel estaba inclinado sobre la cuna, con una almohada presionando contra el rostro diminuto de mi hijo.

El mundo se detuvo.

No pensé. Solo actué. Corrí hacia él y lo derribé con una patada. La almohada cayó al suelo. Tomé a mi hijo en brazos, pero su cuerpo ya estaba inerte. Tan frío, tan pequeño. Su piel había perdido el color y sus labios estaban amoratados. Acerqué mi oído a su pecho, rogando escuchar un latido, el más leve sonido… pero no había nada.

Nada.

Axel había matado a mi hijo.

El grito que escapó de mí no fue humano. Lo lancé contra la pared, cegado por una furia que me consumía. Me lancé sobre él y tomé su cuello con ambas manos, apretando con toda la fuerza que tenía, queriendo arrancarle la vida del mismo modo que él me la había arrancado a mí.

Pero antes de que lograra hacerlo, unas manos fuertes me sujetaron por detrás. Era Robert.

—Está loco, Robert —balbuceó Axel con voz entrecortada, apenas respirando—. Traté de salvar a Samuel… él quiso matarme, igual que hizo con el niño.

Lo miré con un odio tan profundo que sentí que podría matarlo solo con eso.

—¡Tú lo mataste! —rugí—. ¡Mataste a mi hijo, maldito hijo de puta! ¡Vas a pagar!

Robert me sostuvo con fuerza, como si temiera que realmente lo hiciera. Me entregó a uno de los empleados para que me mantuviera lejos mientras se acercaba a la cuna. Lo vi tomar a Samuel en brazos, revisando su respiración con desesperación. Yo lloraba, suplicaba, gritaba que me creyera.

—Él fue, Robert. ¡Te lo juro! ¡Él lo mató! ¡Todo es culpa tuya por haberlo traído aquí!

—¡Cállate! —gritó.

Y fue entonces cuando lo vi. El odio. La desconfianza. Por primera vez, Robert me miró como si yo fuera un desconocido… o un monstruo.

Lo supe en ese instante. Nadie me creería. Ni él, ni mi familia. Me culparon. Dijeron que había perdido la razón. Me encerraron en aquel hospital, rodeado de paredes blancas y miradas vacías.

Morí allí. No literalmente… pero morí. Y cuando por fin dejé de respirar, estoy seguro de que nadie reclamó mi cuerpo. Nadie me lloró. Nadie me extrañó.

—Mierda… —susurré, y un par de lágrimas se mezclaron con el agua de la tina.

Me recosté nuevamente, dejando que el agua caliente cubriera mi rostro.

—Ya es pasado —me recordé con voz temblorosa—. Eso no volverá a pasar. No esta vez. No me arrebatarán a mi hijo de nuevo.

El eco de mis palabras flotó sobre la superficie del agua, tan frágil como una promesa rota.

Salí de la ducha unos minutos después, cuando los dedos ya me picaban y la piel se me había arrugado por el exceso de agua. El calor del baño me había relajado el cuerpo, pero la mente seguía en alerta, enfrascada en trazar una salida limpia, una forma de marcharme sin despertar sospechas ni levantar preguntas. Cada posibilidad tenía una fisura y yo pasaba la lengua por ellas, buscando la forma de coserlas.

—¿Por qué tardas tanto? —la voz de Robert cortó el silencio como un filo familiar. Levanté la mirada y por un instante estuve a punto de soltar la toalla con la que trataba de secarme el cabello: él estaba allí, apoyado en el sillón, tranquilo, como si fuera lo más natural del mundo estar en mi habitación.

«¿Qué hace aquí?», pensé, sorprendido y algo fuera de sí. Robert jamás habría entrado sin permiso... salvo que algo en su calma escondiera intención. Mi corazón dio un vuelco. No esperaba compañía, menos la suya.

—¿Qué haces aquí? —respondí más alterado de lo que hubiera querido; la frase salió corta, acusatoria, más un reproche que una pregunta. Nunca le había hablado así. Vi cómo su rostro se tensó por un segundo, como si la sorpresa también lo alcanzara.

Se levantó despacio, sin prisa, cada movimiento medido. El vapor aún se pegaba a su cabello y su presencia vino con ese olor limpio a gel y champú que siempre lo rodeaba, una fragancia que, por muchos motivos, me resultaba imposible de ignorar. Tragué saliva cuando llegó a medio metro; su cercanía encendía viejas costras que pensé haber curado.

—Así que… —hizo una pausa, dejando que las palabras respiraran—. ¿Tú puedes entrar a mi habitación cuando quieres, incluso forzar la cerradura, ir a mi casa… y yo no puedo entrar aquí? —preguntó con una calma que no era indiferencia, sino desafío.

Tragué saliva. Cuando lo decía en voz alta, sonaba peor de lo que lo sentía: no me hacía parecer un enfermo… lo era. Fui un enfermo obsesivo. Di dos pasos atrás para alejarme de su aire, de su olor, de esa proximidad que me hacía recordar todas mis peores decisiones y me obligaba a reconocerlas con crudeza.

 —No lo arreglaré —dije, con la voz rota, pero sincera—, pero quiero disculparme contigo por todo lo que he hecho durante todos estos años.

Al pronunciarlo, las imágenes vinieron sin pedir permiso: las fiestas a las que había ido solo porque él estaría allí, las escenas en las que lo había puesto en evidencias cuando alguien le coqueteaba, las intrusiones en su trabajo hasta forzar la convivencia profesional, la noche en la que lo hice detener en una comisaría por alterar el orden público… Sí, fui un completo enfermo. Cada recuerdo era una mancha que tardaría en aclararse.

Robert me miró con esa mezcla de incredulidad y desprecio que me conocía tan bien.

—¿Estás enfermo? —preguntó, levantando una ceja con ese gesto que, en otras circunstancias, me habría derretido. Pero no iba a caer otra vez. Su indiferencia estaba también templada en la ironía—. Como sea, no es que me importe —añadió, como si quisiera ponerse a salvo de cualquier conmoción emocional.

Lo escuché y, por dentro, algo se retorció: sabía que tenía razón, pero oírlo de su boca hacía la herida más punzante. Necesitaba hacerlo bien esta vez, cerrar el capítulo sin rupturas que provocarán más daño. Me acerqué con pasos medidos, caminando hasta la cama, y me senté. Enderecé la espalda para parecer más seguro de lo que realmente era.

—Tal como dijo mi tío, he pasado página, Robert. A partir de hoy no volveré a molestarte. Puedes darme las gracias y marcharte; estoy cansado —dije con un tono tan distante que hasta yo me sorprendí.

La luz cálida de la habitación dibujó sombras en su rostro y por un instante pensé que mis palabras lo habían tocado. Fue una ilusión. Él nunca sentiría nada distinto a alivio por mi decisión; me veía como un peso que, finalmente, se retiraba. El silencio se estiró hasta hacerse incómodo. Entonces, su voz cortó el aire con dureza:

—No te creo. No después de lo que ocurrió anoche.

Me sorprendió su firmeza. Sabía a qué se refería; yo también lo sabía. No hubo evasivas sinceras que valieran.

—Lo sé —admití—. Después de tantos años conseguí lo único que buscaba y, de hecho, no fuiste tan bueno como pensé. —Solté una sonrisa amarga, mitad burla, mitad confesión.

«Pero, mierda… fue mejor de lo que esperaba».

Me sorprendí al pensarlo, y me sorprendió más la verdad de mis propias palabras: la intensidad de aquella noche me había dejado marcado; sus movimientos, su aliento, lo profundo de todo, habían removido algo que creía extinto. Aun así, la satisfacción física no borraba la culpa ni la humillación de lo que había sido mi conducta.

Él se aproximó sin prisa, con el rostro contraído por la ira —esa ira que yo había alimentado tantas veces con mis exigencias—. Tomó el borde de mi albornoz entre los dedos y acercó su rostro al mío con un gesto que tenía la gravedad de un juicio.

—¡Reptítelo! —me retó, la orden colgando entre nosotros como un cuchillo. Su aliento, a mentol y jabón, rozó mi piel, y por un segundo deseé perderme en él, besarle la boca como si todo pudiera volver a ser lo que jamás fue. Pero la promesa de no repetir errores ardía en mi pecho como un hierro candente. Tragué con esfuerzo y mantuve la mirada, porque había algo que debía quedar claro: no pediría más, no mendigaría afecto.

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Nerezka Martinez
excelente 👌 me encantó se siente los sentimientos de los dos uno desesperado por obtener lo que quiere y que tenia pero ahora ya no y el otro desesperado para no caer y decir lo que oculta por el bien de él y su bebe
karina ochoa
Más de lo que ya lo has destruido! Ojalá no lo recuperes nunca, él merece ser feliz con su bb
karina ochoa
Ay mi niño ojalá puedas irte pronto y tener a tu bb lejos de ese tóxico 😤
lectora fantasma
No se como expresar lo que soneto por que son emociones convinadas, ya no soporto
Gracias por la actualización
lectora fantasma
Ya no puedo con Robert que lo atropelle un camión o no se que se queme vivo pero ya no lo quiero
Yudiela Arboleda: yo tampoco lo soporto autora has tu magia
total 3 replies
lectora fantasma
Robert ya me cae super mal solo tiene una maldita cosa en la cabeza era preferible el vecino que él
Lilly
Esta buenísima esta novela 💯
Lilly
Sí, a ti.
lectora fantasma
Dominick ya me generó mala vibra pero como pudo distionarse tanto a menos que él sepa algo, hasta siento que Daniel fue enviado por él. Dios mi mente esta volando
ARY🤓
Wooww que fuerte!
Mxr
dio mio, me duele ver a mi niño sufrir asi😭😭 espero y se aleje de td los que le hacen mal y sea feliz con su bebé
karina ochoa
Pues yo pensé en el médico! Y de paso le dio medicamento. Ojalá no afecte al bb 🤔🤔🤔😭
Lilly
Lamentablemente
Ikeuhyun
lo que importa es el bebé... 😭☝️
Vanessa Araque
soy la primeraaaaaaa, no entiendo este pendej0 todo lo que dice y hace rayas más que se llenó con el amor... y viene y sale con que a él no le importa un carajo... 😭😩😭

yo si quisiera que quedarán juntos claro después que el sufriera bastante y cambiará completamente para poder recuperar a Eli, o por lo menos que fuera un trío para que el papucho de Dominick no quede por fuera
Alita: Es una de las pocas veces donde quisiera que fuera Dominick quien ocupará " ese lugar," y el otro por pende.............. que se quedé mirando la felicidad de Eli. No quiero a ese tipejo, jajaja que buena esta la trama de la historia que vuelvo a sentir todo lo que vive el protagonista. 🤭🥰 Gracias por actualizar ☺️
total 3 replies
Mxr
Te odio
I hate you
Bastard
Nancy Martinez Aquino
Nooo autora por que el ?? Y ahora está celoso de su hijo aunque no lo sabe aún y ojalá no lo sepa , no los merece
Nerezka Martinez
ya lo esperaba con ansias este capitulo , gracias ya aunque sea uno me conformo 😁😁
Maru19 Sevilla
Yo esperaba a Daniel😂
lectora fantasma: Yo, era preferible él
total 1 replies
Nerezka Martinez
jajaj y yo pensando que era Daniel pero ni el ni el otro esto si que fue sorprendente 😁👍😉
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