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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 15 - La verdad no se traslada.

Narrador: Leo Ubicación: Casco Antiguo / Loft abandonado de la Familia de Vanessa

El spray negro siseaba contra el hormigón, un sonido que se había convertido en mi único lenguaje. Estaba en un callejón detrás de la Avenida Duarte, encaramado a un contenedor de basura volcado, terminando de trazar las alas de un ángel que sostenía una cámara de seguridad rota.

—Te falta profundidad en el ala izquierda —dijo una voz desde la penumbra.

Casi me caigo del contenedor. Solté el bote de spray, que rodó por el suelo con un estrépito metálico. Me giré rápido, con el corazón en la garganta, esperando ver una patrulla de la policía o a uno de los gorilas de García.

En lugar de eso, vi un brillo dorado. Era Vanessa.

Llevaba una chaqueta de cuero que costaba más que mi casa, unos vaqueros ajustados y el mismo aire de superioridad de siempre, aunque sus ojos estaban fijos en mi mural con una curiosidad que no parecía fingida.

—¿Vanessa? —pregunté, recuperando el aliento—. ¿Qué demonios haces aquí a las dos de la mañana?

—Podría preguntarte lo mismo, "Cuervo" —respondió ella, dando un paso hacia la luz de la farola. Señaló la firma en la esquina del muro—. Bonito logo. Muy... poético. Muy de mártir incomprendido.

—Vete de aquí, Vanessa. Si has venido a llamar a Bruno o a la policía, hazlo ya y acaba con esto.

—¿A Bruno? —Vanessa soltó una carcajada seca, sin rastro de alegría—. Bruno está demasiado ocupado tratando de convencer a su padre de que no es un imbécil. Y la policía... bueno, la policía trabaja para quien paga más, y últimamente mi familia ha dejado de pagar ciertas facturas de lealtad.

Bajé del contenedor, todavía alerta. Recogí mi bote de spray.

—¿Qué quieres?

—Quiero que dejes de pintar en callejones donde solo te ven los gatos y los yonquis —dijo ella, acercándose. Me miró las manos manchadas de pintura—. Ese mural del "Traidor" cerca del colegio... dolió, ¿verdad? Mateo se fue y te dejó con la brocha en la mano.

—No hables de él. No sabes nada.

—Sé más de lo que crees, Candelario. Sé que Mateo hizo un trato. Sé que García le ofreció una salida y él la tomó. Lo que no sé es si lo hizo por ti o por miedo. Pero el resultado es el mismo: él está en un ático climatizado y tú estás aquí, oliendo a pintura barata y arriesgándote a que te detengan.

—Él no tuvo elección —dije, aunque las palabras me supieron a ceniza.

—Todos tenemos elección. Él eligió el silencio. Tú estás eligiendo el ruido. Pero tu ruido es desordenado.

Vanessa se dio la vuelta y empezó a caminar hacia un coche deportivo aparcado unos metros más allá, oculto tras una pila de escombros.

—Sube —ordenó.

—¿Estás loca? No voy a ir a ninguna parte contigo.

—¿Tienes un plan mejor? ¿Seguir pintando muros que borrarán mañana por la mañana? —Se detuvo con la mano en la manilla de la puerta—. Tengo una propiedad en el Casco Antiguo. Un loft que era de la constructora de mi abuelo antes de que los García les robaran los contratos. Está vacío. Y lo más importante: tiene una fachada que da directamente a la plaza donde se graba el noticiero matutino de Tele-Centro.

Me quedé helado.

—¿Por qué me ayudarías tú? Eres la reina del San Lorenzo. Eres parte de ellos.

—Era —corrigió ella, y por primera vez vi una grieta en su máscara de perfección—. Bruno me engañó con tres chicas distintas este semestre. Mi padre perdió un contrato millonario porque el padre de Bruno filtró información falsa a la prensa. Los García no tienen amigos, Candelario. Tienen herramientas. Y yo estoy harta de ser una herramienta decorativa.

Subí al coche. El interior olía a cuero nuevo y a un perfume caro que me dio náuseas.

Condujo en silencio por las calles desiertas. Vanessa manejaba con una agresividad fría, saltándose los semáforos en ámbar. Nos detuvimos frente a un edificio de ladrillo rojo, antiguo, con los cristales reforzados.

—Aquí es —dijo, bajándose—. Bienvenido a la resistencia, artista.

Entramos. El loft era un espacio inmenso, de techos altos y vigas de acero visto. Había polvo por todas partes, pero también rollos de lona, botes de pintura de alta calidad y una escalera telescópica.

—Mi abuelo quería hacer una galería aquí —explicó Vanessa, encendiendo una luz halógena que iluminó el espacio—. Ahora es solo un activo muerto. Puedes pintar lo que quieras en la pared interior para practicar. Pero lo que me interesa es el exterior.

Caminó hacia un ventanal inmenso que daba a una plaza arbolada. En el centro de la plaza, pude ver el camión de la unidad móvil de televisión y el set exterior del canal nacional.

—Mañana a las siete de la mañana, el director del San Lorenzo y el señor García van a dar una entrevista aquí mismo sobre el "Nuevo Plan de Seguridad Escolar" —dijo Vanessa, con una sonrisa maliciosa—. Van a hablar de cómo han limpiado el instituto de "elementos indeseables".

—Quieres que pinte la fachada —comprendí.

—Quiero que pintes algo que no puedan ignorar. Algo que las cámaras capten en vivo. Si lo haces en un muro público, la policía te quita el spray en cinco minutos. Si lo haces aquí, es propiedad privada de mi familia. La policía necesita una orden para entrar. Y para cuando la consigan, el país entero habrá visto tu obra.

Me acerqué al ventanal. La plaza estaba tranquila, pero el set de televisión ya estaba montado.

—¿Y qué gano yo? —pregunté.

—Justicia, supongo. O venganza. Lo que prefieras —Vanessa se sentó en un fardo de lonas y encendió un cigarrillo—. Y yo gano ver la cara de Enrique García cuando se dé cuenta de que su "limpieza" ha dejado una mancha que no puede borrar con dinero.

—Mateo me pidió que fuera invisible —dije, más para mí que para ella.

—Mateo es un idiota que cree que el mundo se arregla con sacrificios silenciosos —replicó Vanessa, soltando el humo—. El mundo se arregla con incendios controlados. ¿Vas a pintar o vas a seguir llorando por el español?

Miré mis manos. Me dolían de tanto apretar los botes de spray. Miré la pared blanca del loft.

—Necesito más pintura —dije—. Y necesito a Clara. Ella tiene los audios.

—Clara ya está de camino —dijo Vanessa, mostrando su teléfono—. Le envié la ubicación hace diez minutos. Es buena con los cables, ¿verdad? Quiero que conecte unos altavoces a la fachada. No solo vamos a darles imagen, Candelario. Vamos a darles banda sonora.

—¿El audio de Bruno? —pregunté, sintiendo un escalofrío.

—El audio de Bruno. En bucle. Mientras tú pintas en la azotea, protegida por el parapeto.

Media hora después, Clara entró en el loft, cargando una mochila llena de cables y un ordenador. Se quedó de piedra al ver a Vanessa.

—¿Qué hace la Barbie malvada aquí? —preguntó Clara, sacando un destornillador.

—La Barbie malvada pone el local y la impunidad —respondió Vanessa sin inmutarse—. Tú pon la tecnología, hormiguita.

Clara me miró a los ojos. Buscaba al Leo que se escondía en los recreos. Pero no lo encontró.

—¿Estás seguro de esto, Leo? —preguntó ella—. Una vez que hagamos esto, no hay vuelta atrás. García irá a por nosotros con todo.

—García ya fue a por nosotros, Clara —dije, agarrando un rodillo de pintura—. Ya nos quitó a Mateo. ¿Qué más puede hacernos? ¿Expulsarme otra vez? Que lo intente.

—Me gusta este nuevo Leo —murmuró Clara, empezando a desenrollar cables—. Vale, Vanessa. Necesito acceso al panel de control del intercomunicador del edificio. Si lo puenteo, puedo sacar el audio por los altavoces exteriores de la fachada.

—Todo tuyo —Vanessa le lanzó un manojo de llaves.

Pasamos el resto de la noche trabajando. Fue una coreografía extraña: la hacker, la rica despechada y el artista del barrio.

Yo me encargué de la fachada. Vanessa me consiguió una plataforma de limpieza de cristales que todavía funcionaba. Bajé por la pared exterior, oculto por las sombras del callejón lateral, y empecé a trazar.

No iba a ser un dibujo pequeño. Iba a ser un mural de diez metros.

Pinté el rostro de Bruno, pero sus facciones se deshacían en hilos de dinero. A su lado, dibujé la figura de Mateo, pero estaba encadenado a una maleta llena de contratos. Y en el centro, un cuervo gigante cuyas alas cubrían a un grupo de estudiantes sin rostro.

Sobre todo ello, en letras rojas que parecían sangrar bajo la luz de los focos de la plaza:

..."LA VERDAD NO SE TRASLADA"....

—Faltan diez minutos para la conexión —gritó Clara desde la ventana del tercer piso.

Subí la plataforma. Estaba empapado de sudor y pintura, pero no sentía cansancio. Sentía una euforia fría, una claridad que nunca había experimentado.

Vanessa estaba en la ventana, mirando hacia la plaza con unos prismáticos.

—Ahí están —susurró—. El coche de García acaba de aparcar. Y Sánchez está bajando del suyo. Llevan sus mejores sonrisas de "somos ciudadanos ejemplares".

—¿Clara? —pregunté.

—Altavoces listos. El audio está cargado. En cuanto la presentadora diga "estamos en vivo", le doy al play. El sonido rebotará en todos los edificios de la plaza. No podrán oír ni su propia respiración.

Me asomé al borde. Vi a Enrique García. Se veía tan pequeño desde allí arriba. Tan insignificante en su traje gris. Estaba saludando a la cámara, preparándose para mentirle a todo el país sobre lo que había pasado en el San Lorenzo.

—¿Leo? —Clara puso la mano sobre el botón de "Enter".

Miré hacia el horizonte. El sol estaba empezando a salir, tiñendo el cielo de un rojo que combinaba con mi pintura. Pensé en Mateo, en su habitación limpia, en su silencio impuesto.

—Hazlo —dije.

En la plaza, la presentadora se colocó frente a la cámara.

—...y hoy tenemos con nosotros al señor Enrique García y al director del Instituto San Lorenzo, para hablar de los recientes incidentes y la nueva era de paz en la institución...

—¡Ahora! —gritó Vanessa.

Clara pulsó la tecla.

De repente, un estruendo rompió la calma de la mañana. Los potentes altavoces de la fachada del edificio de Vanessa escupieron la voz de Bruno, amplificada mil veces, rebotando en las paredes de piedra de la plaza.

...Mi padre sabe lo que le conviene saber. Yo lo he hecho posible... Solo les di la excusa que necesitaban...

Vi a García congelarse en pantalla. Su sonrisa desapareció como si le hubieran dado una bofetada. Sánchez empezó a mirar a todas partes, buscando el origen del sonido.

—¡Corten! ¡Corten! —gritaba el productor de televisión abajo, pero la señal ya estaba en el aire.

—¡Mira el mural! —gritó Vanessa, señalando a la presentadora, que instintivamente se había girado hacia nuestra fachada.

La cámara de televisión, buscando el origen del audio, encuadró el edificio. Allí, bajo la luz del amanecer, el mural de "El Cuervo" brillaba con una intensidad aterradora. Las letras rojas eran legibles desde cualquier punto de la plaza.

..."LA VERDAD NO SE TRASLADA"....

Vi a García levantar la vista. Sus ojos se encontraron con el mural. Por un segundo, a pesar de la distancia, juraría que me vio allí arriba, de pie en la cornisa, con el spray todavía en la mano.

—¡Lo estamos logrando! —Clara reía, mientras el audio seguía reproduciéndose—. ¡Está en todas las redes! ¡El hashtag #ElCuervo es tendencia número uno!

La plaza era un caos. La gente que pasaba hacia el trabajo se detenía, sacando sus teléfonos. Los guardias de seguridad de García corrían hacia el edificio, pero Vanessa ya había bloqueado las puertas principales con cadenas de acero.

—Tenemos unos quince minutos antes de que traigan herramientas para entrar —dijo Vanessa, guardando sus prismáticos. Se giró hacia mí—. ¿Cómo se siente, Candelario?

Miré mis manos. Me temblaban, pero no de miedo.

—Se siente como si por fin hubiera dejado de dibujar sombras —respondí.

—Mateo va a ver esto —dijo Clara, acercándose a mí—. Dondequiera que esté, va a encender la televisión o a mirar el móvil, y va a ver esto.

—Ese es el plan —dije, mirando una última vez hacia abajo, donde Enrique García estaba siendo escoltado a su coche por sus hombres, ocultando la cara de las cámaras que ahora le perseguían a él—. Quería que fuera invisible. Pero se olvidó de que la pintura nunca desaparece del todo. Solo espera a que alguien la aplique.

Me senté en el suelo del loft, apoyado contra una de las vigas. El audio de Bruno seguía sonando, una y otra vez, una confesión eterna que el viento llevaba por todo el Casco Antiguo.

Había empezado la guerra. Y esta vez, no íbamos a dejar que Mateo la peleara solo.

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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