Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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La verdad que no alcanza
El silencio en el departamento de Adrián era tan denso que parecía tener peso.
La pantalla de la computadora seguía encendida, iluminando su rostro con una luz fría que marcaba el cansancio bajo sus ojos. No me miraba con acusación. Eso habría sido más fácil. Me miraba con una mezcla peligrosa de esperanza y miedo.
—Respóndeme —dijo al fin—. Aunque no sea lo que quiero oír.
Me acerqué despacio a la mesa. Cada paso era una decisión. Cada segundo, una grieta más en la mentira que había construido con tanto cuidado.
—No estás persiguiendo un fantasma —dije.
Adrián cerró los ojos un instante. Solo uno.
—Entonces… —empezó.
—Pero tampoco tienes toda la verdad —lo interrumpí—. Y no porque no confíe en ti.
Alzó la vista.
—¿Entonces por qué?
Porque decirla completa nos destruiría a los dos, pensé.
—Porque hay verdades que no se dicen de golpe —respondí—. Se dicen cuando es seguro sobrevivirlas.
Se levantó de la silla y caminó hasta quedar frente a mí. No invadió mi espacio, pero lo suficiente como para que yo sintiera el calor de su cuerpo, la respiración controlada, la tensión que no se atrevía a soltar.
—¿Lucía está involucrada? —preguntó.
—Lucía salvó una vida —respondí—. Eso es todo lo que puedo decirte.
Sus cejas se fruncieron.
—¿La de Valeria?
El nombre cayó entre nosotros como un disparo silencioso.
No respondí de inmediato.
No porque no supiera qué decir, sino porque por primera vez dudé de si quería seguir sosteniendo la mentira frente a él.
—Adrián… —dije con cuidado—. Si sigues escarbando, vas a meterte en algo que no controlas.
—Nunca he necesitado control para buscar la verdad —replicó—. Solo valor.
Sus palabras dolieron porque eran ciertas.
—¿Y tú lo tienes? —le pregunté—. ¿Valor para aceptar que quizá no todo terminó como crees?
Me sostuvo la mirada durante largos segundos.
—Lo tuve cuando la enterré —dijo—. Y lo he tenido todos los días desde entonces.
Sentí el golpe en el pecho. Un recuerdo rápido, cruel: sus manos temblando, la lluvia, el ataúd bajando. Yo viva. Él creyéndome muerta.
—Entonces escucha —dije—. Hay gente poderosa que necesita que ciertas historias permanezcan cerradas. Y no dudan en lastimar a quien intente abrirlas.
—¿Isabella? —preguntó sin dudar.
No respondí.
Eso fue suficiente.
Adrián dio media vuelta, pasó una mano por su cabello y soltó una risa seca.
—Siempre ella —murmuró—. Siempre moviendo piezas como si las personas fueran descartables.
—No juegues solo —le pedí—. Si sigues, hazlo con cuidado.
—¿Con cuidado o contigo? —preguntó, mirándome de nuevo.
El aire se volvió eléctrico.
—Contigo sería más peligroso —respondí—. Porque yo ya estoy dentro.
Sus labios se curvaron apenas.
—Eso pensé.
El teléfono de Adrián vibró sobre la mesa. Un mensaje nuevo. Lo leyó y su expresión cambió.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Me confirmaron algo —dijo—. El coche que te ha estado siguiendo… pertenece a una empresa vinculada a los Montoya.
El cerco.
—Isabella ya no espera —murmuré—. Está presionando.
—Entonces no le demos el gusto —respondió—. Quédate aquí esta noche.
Lo miré, sorprendida.
—No es seguro.
—Para ti tampoco lo es afuera —dijo—. Y aquí, al menos, sé quién entra.
El silencio volvió. Distinto. Más cargado.
—No voy a tocarte —añadió—. No voy a preguntarte nada más hoy. Solo… quédate.
Lo pensé unos segundos. Demasiados riesgos. Demasiadas emociones.
Asentí.
—Solo esta noche.
Me mostró la habitación de invitados, pero antes de que pudiera entrar, me detuve.
—Adrián…
—¿Sí?
—Gracias —dije—. Por no exigirme lo que no puedo darte.
Me miró con una intensidad que me hizo contener la respiración.
—No te estoy dando tiempo —respondió—. Me lo estoy dando a mí.
Cerré la puerta detrás de mí, apoyé la espalda contra ella y llevé una mano al pecho.
Porque la verdad estaba cada vez más cerca.
Isabella estaba cada vez más peligrosa.
Y yo acababa de cruzar una línea invisible.
Una de esas que ya no permiten retroceder.