El Hospital Bernet siempre ha sido un lugar de segundas oportunidades… pero también de secretos que nunca sanaron.
Después de años lejos, Claudia Borges regresa para trabajar como interina, acompañada de su pequeña hija. Todos creen que la niña es hija de Agustín Murillo, su novio fallecido en un accidente.
Todos… menos alguien.
El doctor Osmán Bernet, hermano gemelo de Agustín, carga con un estigma que no merece: fue señalado como el villano de la historia, el que “arruinó” la relación de su hermano, el que siempre estuvo un paso detrás. Pero solo él conoce la verdad… o parte de ella.
Porque aquella noche en que Agustín la abandonó enferma, fue Osmán quien la cuidó.
Fue Osmán quien la sostuvo bajo el agua tibia.
Fue Osmán quien escuchó su llanto, su fiebre, su ruego…
Y fue a él a quien Claudia entregó su cuerpo sin saber que no era Agustín.
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Dudas sobre Osmán.
—Sí, él salvó a mi hija. Le estoy agradecida —respondió con sinceridad.
—Ah… —Amber soltó una risa suave—. Es que Osmán suele… aprovecharse de las situaciones. No quiero que pienses que está siendo amable contigo por buena fe.
Claudia frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Amber bajó la mirada, como si dudara en hablar. El truco perfecto para implantar la duda.
—Mira, no debería decir nada… pero tú mereces saber con quién trabajas. Agustín… —hizo una pausa, como si le doliera— solía contarme cosas horribles de su hermano. Decía que Osmán no era igual a él, solo que lo ocultaba mejor.
Claudia sintió un ligero nudo en el pecho. Esa chica tenía toda la atención de Borges. ¿Conociste a Agustín? Ese fue el anzuelo, la cuerda que Amber lanzó para que el pez mordiera.
—Éramos amigos, nos conocíamos desde la secundaria. Sé algunas cosas de él… y de Osmán.
—¿Cómo qué cosas? —la doctora entró en curiosidad.
Amber respiró hondo, fingiendo incomodidad.
—Que Osmán manipula… que tomaba a las mujeres cuando eran vulnerables. Que una vez lo acusaron de aprovecharse de una paciente sedada, pero la familia lo encubrió para que el apellido Bernet no se ensuciara.
Claudia se quedó inmóvil. Algo dentro de ella se revolvió. Era irracional, pero la sombra de Agustín todavía le helaba la sangre. Todavía necesita investigar algunas cosas de él.
Amber continuó en voz baja, como si temiera ser escuchada:
—Yo era amiga de Agustín… sé que era un pan de Dios. Él siempre decía que Osmán era de lo peor, pero que no podía hablar, que tenía “más control”, y por eso nunca contó nada. Creo que hasta le tenía miedo.
Luego posó su mano sobre el brazo de Claudia para advertirle.
—Ten cuidado. No todo lo que ves en él es real.
Cuando Amber se alejó, Claudia se quedó mirando la taza temblorosa en su mano.
Osmán le salvó la vida a su hija. Él mismo se la devolvió.
Pero…
¿Y si Amber decía la verdad? ¿Y si el otro hermano también era un Bernet por dentro? Como Patrick.
Las primeras grietas en su confianza acababan de aparecer.
Ámber comenzaba a hacer de las suyas.
Era extraño.
En ese momento, Claudia soltó un suspiro. En el otro hospital le dijeron lo mismo… pero de Agustín. Por eso decidió venir: confirmar, comprobar, mirar de frente la verdad.
Entonces recordó las palabras de Osmán, pidiéndole que no continuara indagando.
¿Qué esconde? Tengo que saber más. Llegar al fondo.
Al cerrar los ojos, le pareció escuchar aquella voz en su mente. Agustín mató al hijo de Manrique. Terminó con la vida de su propio primo. Eso fue lo que le dijeron cuando trabajaba en el otro hospital. Había llegado hasta allí para descubrir la verdad.
Una verdad que le dolería más que cualquier otra.
Debía buscar a ese señor, pero decían que Manrique solo aparecía de vez en cuando. Y con tanto trabajo, le resultaba imposible saber cuándo estaría por allí.
Claudia miró la taza, confundida.
—Doctora Claudia Borges, se le solicita en urgencias.
La voz del parlante la trajo de vuelta a la realidad.
El deber la llamaba.
El té quedó sin ser probado. La taza permaneció sobre la mesa mientras ella corría hacia emergencias.
Al llegar a la sala, tomó la planilla del paciente.
—Tiene un trauma craneal, padece epilepsia y se golpeó al caer —informó el cruzrojista.
—¿Y el doctor Bernet? —preguntó al no verlo. El siempre era el primero en aparecer.
—No cumplió con su jornada. Pero abandonó el hospital hace una hora.
Claudia asintió.
—Bien. Lo haré yo sola. Lo llevaremos a neurocirugía.
Borges tomó el caso, mientras Bernet ya se encontraba en su casa, bajo la regadera.
—Necesito pensar. Esclarecer todo lo que ocurrió aquel día. Limpiar las culpas que mi hermano me achacó.
No voy a seguir tras su sombra. No por ella. Natalia necesita un padre. Y Claudia necesita la verdad.
Decidido, salió envuelto en una toalla y se dejó caer sobre la cama.
Se durmió así, sin ropa. El cansancio lo venció.
Las ideas parecían ordenadas… pero los sueños no.
La noche era cálida. La brisa golpeaba el rostro del joven que corría en una cancha de básquet desierta.
—¡Vamos, Bladimir! ¡Quítame la bola!
La pelota rebotaba entre sus manos. Su sonrisa era enorme; no parecía que la enfermedad lo estuviera consumiendo.
—Osmán, deja de moverte tanto. Déjame encestar una vez.
Bladimir levantó la mano.
Entonces se escuchó el disparo. Uno solo. Decisivo.
—¡Bladimir, no! Primo, abre los ojos… te dio la pelota, vamos, despierta…
Desesperado, Intentó reanimarlo, pero fue inútil.
Al levantar la mirada, vio al perpetrador.
—¿Qué has hecho? —gritó entre lágrimas.
—Acabé con la competencia. ¿No lo ves, hermano? Él y su padre están ganando terreno en el hospital. Nos lo van a quitar todo.
—¡Patrañas! —escupió Osmán—. No sé cómo puedes tener ese corazón. Eres un monstruo.
Las sirenas de la patrulla comenzaron a escucharse a lo lejos.
—Vámonos de aquí, Osmán. Déjalo, ya está muerto... Agustín sé asustó mucho.
—No lo haré. Es mi sangre la que has derramado.
—Ven conmigo… —Agustín lo sujetó de la chaqueta—. Si nos agarran aquí a los dos, te echaré la culpa.
El malvado hermano fue directo. Amenazante. Dispuesto a cumplirlo.
Osmán se enojó, pero el mundo comenzó a dar vueltas. Otra vez, no... Subiré otro ataque. No pudo mantenerse en pie.
—Eres tan inútil… —murmuró Agustín. Al notar que Osmán estaba mal, y lo llevó hasta su auto.
—Te daré tu medicamento. Vamos… Tú no puedes morir aquí.
Y así lo condujo lejos de allí. Lejos del lugar donde Bladimir había muerto.
—¡Ah…!
Osmán saltó de la cama, jadeando, como si se ahogara.
La enfermedad había desaparecido. El cáncer ya no existía. Pero la quimioterapia no borró sus recuerdos. No borró su vida. Ni ese pasado nefasto.
Su rostro reflejaba el peso de todo.
Nadie podía estar en sus zapatos. Nadie podía comprender lo que era cargar con los crímenes de su hermano. Cubrir sus porquerías.
¿Pero por dónde empezar? ¿Cómo sacar a la luz todo lo que Agustín había hecho, si para el mundo él era un ejemplo?
Un hijo intachable. Un hombre recto. Sin defectos.
Y Osmán…
La oveja negra.
El culpable de todo.
los padres nunca deben tener favoritos 😭😭😭😭😭😭