En su primera vida, ella fue invisible.
Hija mayor de una familia rica, creció viendo cómo el amor, la protección y las oportunidades se volcaban exclusivamente sobre su hermana menor. Sus padres la culparon por errores ajenos. Sus hermanos la ignoraron. Cuando el peligro llegó a casa, no dudaron en ofrecerla como sustituta, como cebo, como sacrificio.
Murió a manos de un asesino que nunca pagó por su crimen.
Y su familia… nunca buscó justicia.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un nuevo cuerpo, en una familia poderosa donde es amada, protegida e intocable. Cuatro hermanos dispuestos a mancharse las manos por ella. Un hombre peligroso, heredero de un imperio, que la ama sin condiciones y la convierte en su esposa sin pedir explicaciones.
Con una nueva identidad y un poder que antes le fue negado, regresa para enfrentar a quienes la destruyeron. No busca perdón. No quiere respuestas.
Renació para verlos caer.
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23. Sin Espacio para Dudar
Había pasado una semana desde que Isabella había aceptado casarse con Lucien, y la vida parecía avanzar con una calma extraña, como si el mundo se estuviera tomando un respiro antes de algo más grande. Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Dante estaba en pleno set fotográfico, rodeado de luces, cámaras y asistentes que se movían de un lado a otro con precisión casi mecánica.
—Amor… —dijo Estefanía, cruzando los brazos y mirándolo con una sonrisa divertida—. ¿No crees que estás exagerando un poco? Mi cuñada no necesita un regalo tan… descomunal.
Dante apenas la miró. Estaba concentrado revisando unas imágenes en la pantalla de la cámara, aún con el saco perfectamente colocado y el gesto serio que usaba frente a las cámaras.
—Claro que lo necesita —respondió sin dudar—. Es la fiesta de compromiso de mi hermana. No pienso quedarme corto.
Había mandado a comprar un vestido elegante, sofisticado, hecho a medida para Isabella. No era solo un regalo, era una declaración. Esa mañana, además, Dante estaba realizando una sesión de fotos para Éclat, la revista más influyente del país, donde sería el rostro principal de la nueva edición. Estefanía, además de ser su novia, era su manager, y estaba sentada a su lado mientras aprovechaban un breve descanso.
Estefanía sonrió, divertida.
—Perfecto para ti —corrigió—. Porque si fuera por Isabella, seguro elegiría algo mucho más sencillo.
Dante negó con la cabeza.
—Puede que sí, pero esta vez no pienso escatimar. Además —añadió—, Lucien no se queda atrás. No voy a permitir que mi hermana llegue menos espectacular de lo que merece.
Estefanía lo miró con ternura. Dante era así. Protector hasta el exceso, orgulloso de su familia y, sobre todo, de Isabella. Ella sabía que discutir aquello era inútil.
—Está bien —cedió—. Pero no te quejes luego si ella dice que te pasaste.
—Que se queje —dijo él, sonriendo—. Yo igual lo haría otra vez.
Al caer la tarde, Isabella salió del trabajo. Lucien la esperaba y, como ya se había vuelto costumbre, la llevó de regreso a casa. Antes de que ella pudiera bajar del auto, él tomó su mano, se inclinó y sostuvo su rostro con suavidad, robándole un beso directo en los labios, sin el menor pudor.
Isabella se quedó un segundo sorprendida y luego sonrió, divertida por lo descarado que podía llegar a ser.
—Eres un sinvergüenza—murmuró cuando se separaron.
Lucien se encogió de hombros, divertido.
—Prometido y feliz —respondió—. Es parte del compromiso.
Ella, entonces, sostuvo el rostro de Lucien entre sus manos y lo miró con seriedad, aunque en sus ojos brillaba algo distinto.
—Necesito pedirte un favor —dijo—. Quiero que invites a los Montoya a la fiesta.
Lucien la observó en silencio, sin sorpresa.
—¿Estás segura?
Isabella asintió despacio.
—He estado pensando —continuó Isabella—. Recuerdo haber escuchado a mi padre hablar de los problemas que estaban atravesando. Aunque aparenten ser una familia sólida, sé que están teniendo dificultades financieras. Si no me equivoco… podemos empezar por ahí.
Lucien entendió de inmediato.
—Quieres que vengan —dijo—. Que se muestren. Que crean que siguen teniendo espacio en nuestro mundo.
—Exacto —respondió Isabella—. Nada despierta más desesperación que una invitación cuando estás a punto de caer.
Lucien sonrió lentamente.
—Entonces los invitaré —dijo—. Personalmente.
Isabella apoyó la frente contra la de él por un segundo.
—Gracias.
Lucien le dio otro beso, más breve, antes de dejarla bajar del auto.
—Señor Montoya, estamos teniendo serios problemas en la empresa.
La voz del hombre resonó en el despacho con una gravedad imposible de ignorar. Era el director financiero, el encargado de vigilar cada movimiento, cada número, cada error que pudiera costarles millones. Y si él estaba así de preocupado, era porque la situación ya había cruzado una línea peligrosa.
—Si no encontramos pronto un socio fuerte que pueda inyectar capital —continuó—, en menos de tres meses podríamos enfrentar una crisis irreversible. Riesgo de quiebra. No lo digo para alarmarlo, lo digo porque es la realidad.
Héctor Montoya caminaba de un lado a otro, pasándose una mano por el cabello con evidente frustración. Su rostro estaba tenso, la mandíbula apretada. Frente a él, Sebastián, Adrián y Lucas permanecían sentados en los sillones, en silencio, pero con la misma preocupación marcada en el rostro. Ya no era un simple tropiezo. Era una amenaza real.
—Estamos perdiendo respaldo —añadió el director financiero—. Algunos inversionistas se están retirando. Otros están congelando contratos. El apellido Montoya ya no pesa como antes.
Eso fue lo que más le dolió a Héctor.
—¿Y no hay otra alternativa? —preguntó Héctor, deteniéndose frente al escritorio.
El director financiero negó lentamente.
—Podríamos vender activos, cerrar áreas, despedir personal… pero eso solo retrasaría lo inevitable y dañaría aún más la imagen del grupo. Lo que necesitamos es respaldo externo. Un socio con peso real.
Héctor apretó los labios. Sabía exactamente a qué tipo de respaldo se refería. Y sabía lo difícil que sería conseguirlo.
—Haré algo —dijo finalmente, deteniéndose—. No voy a dejar que esta empresa se hunda.
El hombre asintió, recogió su portafolio y se despidió con formalidad, dejando el despacho envuelto en un silencio incómodo. Apenas la puerta se cerró, una empleada entró con paso rápido.
—Señor —dijo—, un joven vino a dejar esto. Me pidió que se lo entregara personalmente.
Le tendió un sobre elegante.
Héctor lo tomó y lo abrió sin demasiada atención… hasta que leyó el encabezado.
Invitación a la fiesta de compromiso.
El apellido Valcour destacaba con una elegancia casi insultante.
Los hermanos se miraron entre sí, sorprendidos.
—¿Compromiso? —murmuró Sebastián.
Lucas fue el primero en reaccionar de verdad. Sabía perfectamente lo que esa noticia significaba para Camila. Antes de que pudiera decir algo, la puerta se abrió de golpe.
—¿Qué compromiso? —preguntó Camila, entrando al despacho.
Héctor apenas alcanzó a decir la palabra.
—Es… una invitación al compromiso de la señorita Isabella Valcour con Lucien Salazar.
Fue suficiente.
El rostro de Camila se descompuso al instante. Sus ojos se llenaron de lágrimas, el cuerpo le tembló de rabia y humillación.
—¡No! —gritó—. ¡Eso no puede ser verdad!
Salió corriendo del despacho, llorando de manera descontrolada. Lucas se levantó de inmediato y fue tras ella, sintiendo una mezcla incómoda de lástima y cansancio. Camila siempre había sido la consentida, pero esa vez… incluso él entendía que la realidad la estaba alcanzando.
Héctor volvió a mirar la invitación, esta vez con el ceño fruncido.
No solo era una celebración.
Era una buena señal.
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—¿Hiciste lo que te pedí? —preguntó Lucien sin levantar la vista de los documentos que tenía frente a él.
—Sí, señor Salazar —respondió la secretaria con tono profesional—. El contrato ya está redactado y listo para ser firmado. Además, el acuerdo que se firmó con el joven Sebastián Montoya ya entró en vigencia esta mañana.
El acuerdo con Sebastián obligaba a la empresa Montoya a cumplir plazos estrictos y metas financieras muy específicas. Si fallaban, las penalizaciones no serían escandalosas, pero sí constantes. Goteo lento. Desgaste progresivo. A eso se sumaba el nuevo contrato que Lucien acababa de mandar redactar, uno que aparentaba ser una oportunidad de salvación, pero que en realidad ataba a los Montoya a decisiones que los dejarían sin margen de maniobra. Iba a dejarlos cavar su propio hoyo.
—Perfecto —dijo finalmente—. Puedes retirarte.
Cuando la secretaria salió, Lucien se recostó en la silla y entrelazó los dedos frente a su rostro. No estaba jugando a ser villano. Estaba siendo estratégico. En el mundo empresarial, la caída más efectiva no era la que hacía ruido, sino la que se sentía inevitable.
Todo estaba en marcha.
Muy lejos de allí, en la mansión Montoya, Lucas estaba sentado en la cama de su hermana, intentando calmarla. Camila lloraba en silencio, con el maquillaje corrido y el orgullo hecho pedazos. Lucas le secó las lágrimas con cuidado, hablándole en voz baja.
—Tranquila —le dijo—. No vale la pena que te pongas así.
Camila respiraba con dificultad, intentando recomponerse. Lucas sabía que su hermana estaba interesada en Lucien, lo había notado desde hacía tiempo. Y aunque no lo decía en voz alta, le dolía verla así, rota por algo que no podía controlar.
—Todo va a estar bien —añadió, acariciándole el rostro con una sonrisa suave.
Cuando Camila finalmente pareció calmarse, Lucas se levantó y salió de la habitación, cerrando la puerta con cuidado.
En cuanto quedó sola, la expresión de Camila cambió por completo.
Golpeó el colchón con fuerza, una y otra vez, dejando que la rabia la consumiera. Los ojos ya no mostraban tristeza, sino odio puro.
—Maldita sea… —murmuró entre dientes.
Para ella, Lucien no era solo un hombre. Era su pase directo a la cima. A la vida que siempre había creído merecer. A ese lugar en la alta sociedad donde nunca más tendría que competir.
Y entonces pensó en Valeria.
Recordó con claridad cómo, desde pequeñas, había sabido moverse. Cómo siempre había logrado robarle la atención a su hermana mayor, ya fuera de la familia o de cualquier pretendiente que se acercara demasiado. Valeria siempre había quedado a un lado. Siempre.
—Ya lo hice una vez —susurró—. Puedo hacerlo otra vez.
Apretó los puños con una sonrisa torcida dibujándose en su rostro.
Isabella Valcour no era diferente.
Solo era otra rival en su camino.
Y Camila Montoya no tenía la menor intención
de perder.
oye Lucien préstame a tu prima que si es adivina en todo lo que dice.. jajajaja necesito averiguar varias cosas 🤣🤣🤣🤣😅😅😅