Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 8
Vera
Recordar todo lo que había vivido con Tobías era demasiado doloroso.
Lo que no había llorado en ese entonces… lo estaba llorando ahora, de golpe, sin filtro, sin dignidad.
Ver a su hijo había sido como enfrentar una versión pequeña, regordeta e inocente de él.
Y aunque sabía que el niño no tenía la culpa de nada, no podía evitar que me doliera. Me hacía pensar en lo que pude haber tenido, en lo que soñé… y en lo que me fue arrebatado sin pedir permiso.
Escuché cuando tocaron la puerta.
No quise responder.
Necesitaba estar sola, desarmarme en paz.
Pero jamás pensé que Dante entraría.
Lo vi de pie, dudando, como si no supiera qué hacer conmigo rota. Se sentó a mi lado en la cama… luego se levantó y tomó la silla de mi tocador. Era una silla pequeña para un hombre como él. Se sentó frente a mí.
Al principio no dijo nada.
Solo tomó mi mano y comenzó a acariciar con gentileza el dorso, con el pulgar.
Ese gesto simple… me desarmó más que cualquier palabra.
—¿Quieres hablar? —preguntó al fin.
Solté una risa amarga.
—¿Soy tu telenovela favorita en este momento?
—No —dijo, serio—. Y tampoco siento alegría al verte así.
Se levantó, fue a la cocina y regresó con un vaso de agua, papel higiénico, un antiácido y algo ligero para comer. Todo sin decir una palabra, como si supiera exactamente qué necesitaba.
—Gracias —murmuré.
Comí en silencio.
Después de unos minutos, cuando ya estaba terminando el plato, hablé.
—¿Cuántos años tiene tu sobrino?
—Tres —respondió.
—Ah…
—¿Por qué?
Suspiré.
—Estuve en una relación con Tobías seis años.
Dante frunció el ceño.
—Pensé que había sido menos.
Negué con la cabeza.
—Fueron seis años en los que construimos una vida. Un futuro. Tratamos de formar una familia…
Las lágrimas volvieron a rodar.
—Perdí dos bebés —dije, con la voz rota.
Los ojos de Dante se abrieron, sorprendido de verdad.
—Lo siento mucho… no lo sabía.
—Cuando perdí al segundo —continué—, Tobías enloqueció. Dijo que mi cuerpo no servía, que yo no era suficiente, que si no podía darle un hijo era porque algo estaba mal conmigo. Me hacía sentir culpable, defectuosa… como si yo hubiera elegido perderlos.
Me quedé callada un momento.
Omití muchas cosas. Las peores. Tal vez por vergüenza. Tal vez porque no confiaba del todo.
La única que sabía toda la verdad era Claudia.
Dante se acercó y me abrazó.
No fue un abrazo incómodo.
Fue cálido. Genuino. De esos que sostienen.
—No deberías creerle a tu hermano y no a mí —susurré.
—Te creo más a ti que a él —respondió sin dudar—. En todo.
Lo miré.
—Yo no sabía de Marcela —dije—. Me enteré cuando salió en el periódico local que se había casado. A mí solo me llegó el chisme de que estaba embarazada… por mi padre. Yo no volví a ver a Tobías desde ese día. Hasta que vi al niño.
Me corrí un poco hacia la izquierda. Dante se sentó a mi lado. Apoyé la cabeza contra su brazo y él volvió a acariciar el dorso de mi mano.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo.
—Claro.
—¿Qué te dijo el médico sobre las pérdidas?
Suspiré.
—El ginecólogo me dijo que tengo insuficiencia lútea. Que soy propensa a abortos espontáneos.
—Lo lamento… —murmuró—. Que no hayas sido madre.
—Gracias —respondí—. Aunque no sé si realmente era lo que yo quería… o si solo intentaba complacerlo a él.
Lo miré a los ojos.
El silencio entre nosotros ya no era incómodo. Era distinto. Cargado.
Dante levantó la mano, dudó un segundo, y apartó con cuidado un mechón de cabello de mi rostro.
—No había nada mal contigo, Vera —dijo en voz baja — Eres perfecta tal cual eres.
Sentí un nudo en el pecho.
Me acerqué un poco más sin pensarlo. Él no se apartó.
Y justo cuando su respiración cambió…
Un golpe fuerte resonó en la casa.
Nos separamos de golpe.
—¿Escuchaste eso? —pregunté, con el corazón acelerado.
Dante se puso de pie, serio.
—Sí.
Y no sonó como algo que el viento pudiera explicar.