Renace en un mundo mágico con una misión, pero ella no dejará la pasión de su primera vida.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Negocio
Al día siguiente, mientras la mansión Norhaven aún despertaba lentamente, Agnes salió al patio trasero, donde descansaba el carruaje de la familia. Era un vehículo elegante, bien conservado a simple vista, pero antiguo en su funcionamiento. Para cualquiera habría sido suficiente tal como estaba. Para Agnes, en cambio, era un desafío silencioso.
Rodeó el carruaje con calma, pasando la mano por la madera barnizada, observando las uniones, los ejes, las ruedas. Sus ojos ya no veían solo un medio de transporte.. veían piezas, tensiones, fallos posibles. Exactamente como en su otra vida.
Pronto se dio cuenta de que muchas cosas podían mejorar.
La suspensión era rígida.. cada bache debía sentirse como un golpe seco. Anotó mentalmente que podría suavizarse con un mejor sistema de muelles. El mecanismo de apertura de la puerta era tosco y propenso a trabarse. Pensó en un sistema más limpio, más fluido, uno que no dependiera solo de la fuerza bruta sino de un encaje preciso.
Sacó papel y lápiz.
Midió distancias. Anotó largos, ángulos, grosores. Se agachó entre las ruedas, calculando el espacio disponible, evaluando cómo redistribuir el peso. Incluso el techo llamó su atención.. ¿por qué tenía que ser fijo? Con el mecanismo adecuado, podría ser móvil, permitir la entrada de aire y luz en días cálidos sin comprometer la estructura.
El tiempo pasó sin que ella lo notara.
El sol subió, luego comenzó a descender, y Agnes seguía ahí, con las manos manchadas de grasa, el cabello recogido de cualquier manera, completamente absorta. Entre ruedas, ejes y medidas, ese era su mundo. El mismo mundo que había amado bajo autos clásicos, con herramientas esparcidas y el sonido del metal como compañía.
En ningún momento pensó en vestidos, en joyas ni en la opinión ajena. Pensaba en cómo hacer las cosas mejores, más eficientes, más duraderas.
Cuando finalmente se enderezó, con la espalda cansada pero la mente despierta, miró el carruaje con una pequeña sonrisa satisfecha. Aún no había cambiado nada… pero ya lo había transformado por completo en su cabeza.
—Sí.. se puede hacer mucho contigo.
Y por primera vez desde que había despertado como Agnes Norhaven, sintió que ese mundo antiguo también tenía lugar para lo que ella realmente era.
Abby apareció en el patio como una ráfaga de perfume y tacones, deteniéndose en seco al ver a Agnes inclinada junto al carruaje. Tenía las mangas arremangadas, las manos negras de grasa y una mancha oscura cruzándole la mejilla.
Abby soltó una risa breve, burlona.
—Por los cielos, Agnes… Pareces un criado ¿Así piensas llevar tu negocio?
Agnes levantó la cabeza con lentitud. Estaba cansada. No el cansancio elegante de los salones, sino ese cansancio profundo que se mete en los músculos después de horas de medir, anotar y pensar. Se limpió el dorso de la mano en el camisón sin importarle ensuciarlo más.
—Compraré casas viejas.. Las restauraré y luego las venderé a mejor precio.
Abby ladeó la cabeza, observándola con atención repentina. Sus ojos se movieron con rapidez, como si estuviera calculando algo. Agnes lo notó de inmediato.. esa mirada evaluadora, esa chispa de competencia.
Antes de que Abby pudiera apropiarse de la idea, Agnes añadió, casi con desinterés..
—Aunque no es tan buena como la posada. Nadie sabrá quién es la dueña de esas casas. No hay reconocimiento, ni visitas, ni halagos. Es un negocio… invisible.
Eso fue suficiente.
La expresión de Abby cambió. Su interés se apagó tan rápido como había surgido. Enderezó la espalda y sonrió con autosatisfacción.
—Claro.. Mi negocio es mejor. El mío será conocido. La gente hablará de mi posada.
Agnes asintió, dócil.
—Tienes razón.
Satisfecha, Abby dio media vuelta y se marchó, dejando atrás el eco de sus pasos y una estela de orgullo intacto.
Agnes se quedó quieta unos segundos más. Luego dejó caer los hombros y soltó un suspiro largo, cansado, casi divertido.
[Paciencia…]
Miró sus manos sucias, el carruaje a medio desmontar, las anotaciones esparcidas en el banco de madera. Ese era su terreno. El trabajo silencioso. El esfuerzo que no buscaba aplausos.
A veces.. solo a veces.. sentía que realmente podría golpear a su prima. No por odio, sino por puro agotamiento. Pero la idea se desvanecía tan rápido como aparecía. Agnes no era impulsiva. Nunca lo había sido.
Volvió a inclinarse sobre el carruaje, retomando sus medidas.
Que Abby creyera que su negocio era mejor.
Que creyera que ganaba.
Agnes sabía que el verdadero poder no siempre hacía ruido.
Esa misma noche, cuando la mansión Norhaven ya estaba envuelta en un silencio espeso y solo algunas ventanas seguían iluminadas, el sonido de ruedas chirriantes rompió la calma del patio trasero.
Uno a uno, los carruajes fueron entrando.
Eran muchos más de los que cualquiera habría esperado.. al menos una docena. Viejos, torcidos, con la madera carcomida, el metal oxidado y las lonas rasgadas por el tiempo. Algunos apenas se sostenían; otros parecían haber sido abandonados durante años, condenados al olvido o al fuego.
Los hombres que los traían los dejaron alineados sin cuidado, como si descargaran desperdicios.
Para Agnes, fue todo lo contrario.
Salió al patio envuelta en un chal sencillo, con una lámpara en la mano. La luz cálida recorrió lentamente las formas irregulares, las ruedas desiguales, los ejes vencidos. Sus ojos verdes brillaron con una emoción contenida, casi reverente.
—Un tesoro… —susurró.
Caminó entre ellos despacio, tocando la madera con la punta de los dedos, inclinándose para observar un eje, levantando una lona rota. Donde otros veían ruinas, ella veía piezas reutilizables, estructuras recuperables, mecanismos que podían renacer.
Una rueda aún firme.
Un sistema de frenos simple, pero funcional.
Un eje que, con el ajuste correcto, volvería a girar sin resistencia.
Su mente trabajaba sin descanso, encajando ideas, imaginando combinaciones. Ese carruaje podía salvarse. Ese otro serviría como base. Aquel tenía un techo interesante para modificar.
No sentía miedo ni duda. Sentía la misma emoción que en su vida pasada, cuando encontraba un motor antiguo cubierto de polvo y sabía, con absoluta certeza, que podía devolverle la vida.
A lo lejos, desde una ventana del piso superior, Abby miró la escena con el ceño fruncido, sin comprender. Para ella solo eran trastos inútiles ocupando el patio.
Agnes no levantó la vista.
Se arremangó, dejó la lámpara en el suelo y tomó una de las herramientas que ya había preparado. La noche avanzó, fría y silenciosa, mientras ella se perdía entre ruedas, ejes y metal.
Había encontrado su camino.
Y esta vez, nadie podría arrebatárselo.