Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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El Regreso al Mausoleo
El Maybach negro se deslizó por el camino de grava hacia la mansión con la suavidad de un depredador nocturno. Para Rose, ver de nuevo esos muros de piedra negra fue como entrar en una pesadilla de la que creía haber despertado. Bella, pegada al cristal, miraba las gárgolas con una fascinación que erizaba la piel de su madre. La niña no tenía miedo; parecía estar volviendo a casa.
—Nada ha cambiado, Rose —murmuró John, su voz rompiendo el silencio del habitáculo. Su mirada estaba fija en ella, ignorando el paisaje—. He mantenido tu ala de la mansión exactamente como la dejaste. La pluma sobre el escritorio, los libros de derecho... incluso el aroma a tu perfume que se negaba a abandonar las cortinas.
—Eso no es romántico, John. Es patológico —replicó Rose, bajando del coche antes de que los guardaespaldas pudieran abrirle la puerta.
Al entrar al vestíbulo, Rose sintió que el aire se espesaba. Pero esta vez, no fue solo por la presencia de John. En lo alto de la escalera de mármol, una figura femenina bañada en una luz cenicienta las esperaba. Vestía un vestido de seda negra que parecía absorber la luz, y su piel era tan pálida que recordaba al papel de arroz.
—John, querido... has traído compañía —la voz de Edith von Drake era una caricia de seda sobre una cuchilla de afeitar.
Bajó las escaleras con una gracia inhumana, sus pies apenas pareciendo tocar el suelo. Se detuvo frente a Rose, ignorándola por completo al principio para clavar sus ojos en Bella. La niña, por primera vez, retrocedió y se escondió detrás de las piernas de Rose.
—Así que este es el pequeño milagro —susurró Edith, extendiendo una mano pálida hacia la niña—. Una mezcla impura. Un recordatorio de la debilidad de nuestro Rey.
—Aléjate de mi hija —advirtió Rose, dando un paso al frente con esa rudeza que la caracterizaba en los tribunales.
Edith finalmente centró su atención en Rose. Una sonrisa cruel y perfecta se dibujó en sus labios.
—La abogada humana. La que cree que las leyes de los hombres significan algo en este salón. Dime, Rose, ¿de verdad John no te lo ha dicho? ¿O es que tu pequeña mente mortal se niega a procesar lo que tienes delante?
—Sé que es un criminal, que maneja la mafia y que tiene una fuerza inusual —soltó Rose, tratando de mantener el control—. Pero nada de eso le da derecho sobre mi vida.
Edith soltó una carcajada cristalina y gélida que resonó en todo el vestíbulo. Se giró hacia John, que observaba la escena con los brazos cruzados, su figura de 1.90 proyectando una amenaza latente.
—Oh, John, qué falta de honestidad —dijo Edith, volviendo a Rose—. No estás ante un capo de la mafia, querida. Estás ante el Rey de la Estirpe. El primer nacido, el que no conoce el tiempo. John Blake es un vampiro, y no uno cualquiera. Es el soberano de todos los de mi especie. Y lo que llevaste en tu vientre durante nueve meses... —Edith bajó la voz hasta que solo Rose pudo oírla— ...es una aberración que desafía la naturaleza misma de nuestra sangre.
Rose sintió que el suelo se movía. Miró a John, buscando una negación, un signo de que Edith estaba loca. Pero John no se movió. Sus ojos, en respuesta a la mención de su linaje, se tornaron de un carmesí profundo y absoluto, y sus colmillos se deslizaron sobre su labio inferior por un segundo antes de retraerse.
La confirmación golpeó a Rose como una maza física. Sus piernas flaquearon, pero no cayó. Su sabiduría y su rudeza se fusionaron en un instinto de supervivencia puro. Si él era un monstruo real, las reglas del juego habían cambiado, pero el juego no había terminado