Bienvenido a EL CONTRATO, una historia donde el poder, el dolor y el deseo se entrelazan en una lucha constante entre la supervivencia y el amor. Esta novela no habla solo de contratos ni de dominación, sino de heridas invisibles, decisiones imposibles y del precio que algunas personas deben pagar para proteger a quienes aman. Aquí conocerás a Monserrat Villarreal y Alexander Montenegro, dos almas marcadas por el pasado que deberán enfrentarse no solo entre sí, sino también a sus propios demonios. Prepárate para un viaje intenso, oscuro y emocional donde cada elección cambia destinos y donde el corazón siempre exige su verdad.
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BAJO SU LUPA
No era solo el nombre lo que lo hacía temido.
Era su presencia.
Alexander Montenegro. CEO de uno de los conglomerados más poderosos de America y Europa, con oficinas en cuatro continentes y una reputación construida sobre acero, sangre y disciplina. Decían que era un hombre impenetrable, sin debilidades, sin titubeos.
Y cuando entraba en una habitación, el silencio caía como un manto espeso.
Todo el mundo sabía que debía estar en su mejor versión frente a él.
Yo lo supe desde el primer segundo.
Lo vi antes de que él me viera. O eso creí.
Estaba junto al ventanal de su oficina de vidrio, observando la ciudad como si fuera un tablero de ajedrez en el que él era el único jugador. Alto, erguido, su traje oscuro abrazando con perfección la firmeza de su cuerpo.
Tenía las manos entrelazadas en la espalda, y un leve giro de su cuello bastó para atraparme en su órbita. Esos ojos… grises, filosos, inamovibles. Como cuchillas.
Me atravesaron sin esfuerzo.
Algo dentro de mí se quebró. No por miedo exactamente, sino por una extraña mezcla de sumisión y desafío que no sabía que existía en mí.
Había algo en él que no podía ignorar. No era solo su físico, aunque era imposible no notar lo atractivo que era: mandíbula tallada, labios rectos, y esa mirada que parecía escarbar debajo de tu piel, buscando secretos.
Era arrogante. Feroz. Implacable. El tipo de hombre que no necesitaba levantar la voz para ejercer autoridad. Bastaba su silencio. Bastaba su mirada.
¿Por qué me miraba así? solo soy, su nueva asistente, apenas una ficha más en su estructura empresarial. Un nombre más en una hoja de personal.
No había razón alguna para que sus ojos se detuvieran en mí más de lo necesario, y sin embargo, lo hacían. Desde el primer día que entré a su oficina, me sentí como un insecto bajo su lupa.
Como si estuviera esperando que yo fallara.
Como si ya supiera que lo haría.
Me hablaba de forma seca, sin miramientos, como si fuera una herramienta reemplazable. Pero aun así, había una intensidad en su forma de dirigirse a mí que me dejaba sin aliento.
Como si midiera cada palabra, como si se contuviera.
Y sin embargo, había algo más. Algo oscuro. Una tensión sorda que se arrastraba entre nosotros como una amenaza invisible. Yo sentía que me estudiaba, que analizaba cada uno de mis gestos, como si quisiera entender qué clase de mujer era… o como si ya lo supiera, y solo esperara a que yo también lo descubriera.
Me aterraba. Pero también me fascinaba.
Las demás asistentes duraban semanas, algunas apenas días. Se decía que nadie podía tolerar su nivel de exigencia.
Pero eso no era todo. Muchas se iban porque no podían soportar el magnetismo que ejercía sobre ellas.
Algunas lloraban tras sus reuniones, otras salían con la respiración agitada, como si acabaran de ser arrastradas al borde de un abismo.
Lo deseaban, lo temían, lo idealizaban.
Yo no quería ser como ellas. Me negaba a formar parte del grupo de mujeres que caían rendidas ante su poder.
Lo miraba con desdén, o al menos lo intentaba. Pero a veces, en las noches, cuando cerraba los ojos, su imagen aparecía como una sombra que se colaba en mis pensamientos.
Su voz, grave y controlada, resonaba en mi mente con un peso que no entendía.
No sabía si lo deseaba… o si lo odiaba por hacerme sentir así.
Pero Alexander Montenegro no era solo un tirano corporativo. Había cosas que no cuadraban.
Detalles que descubrí por casualidad: documentos, correos, llamadas filtradas entre su agenda.
Él ayudaba. A escondidas, sí, pero lo hacía. Donaba millones a fundaciones para niños abandonados, financiaba hospitales en comunidades marginadas y visitaba orfanatos sin hacer alarde de ello. No quería reconocimiento, no quería aplausos.
Solo lo hacía.
¿Cómo podía un hombre tan frío, tan aparentemente incapaz de empatía, tener ese lado oculto?
Una vez, sin querer, escuché una conversación entre él y una mujer mayor. Su tono era diferente. Más suave. Contenía una emoción que nunca había percibido en él.
Hablaba de una niña. “Hazle llegar los medicamentos. No me importa el costo. Y encárgate de que tenga un tutor. No dejaré que termine como los demás.” Sus palabras me persiguieron por días.
Era como si dentro de ese monstruo de traje caro existiera un alma rota, una que nadie más veía.
Y eso me perturbaba aún más.
Porque me hacía querer entenderlo. Me hacía querer descubrir qué lo había hecho así.
Y eso, lo sabía, era el principio de mi perdición. Él no era alguien a quien pudieras entender. Era un juego peligroso. Y yo ya estaba cayendo en él.
Un día, mientras organizaba unos papeles en su escritorio, sentí su presencia a mis espaldas.
Se detuvo muy cerca, demasiado cerca.
Su aliento rozó mi cuello, y aunque no dijo una sola palabra, su energía era un peso que me doblaba la espalda.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
La piel se me erizó.
El corazón me golpeaba el pecho como si quisiera huir.
—¿Siempre tiemblas cuando alguien te observa… o solo conmigo?
susurró, con una calma que me heló la sangre.
Me giré, enfrentándolo, sin saber qué decir. Su mirada estaba fija en la mía, y por un segundo, creí ver algo más que frialdad.
Algo que ardía en lo profundo de esos ojos grises. Algo que me deseaba… pero que también quería destruirme.
—No me intimida usted, señor Montenegro
mentí.
Una sonrisa apenas curvó sus labios.
—Buena chica. Veamos cuánto te dura ese coraje.
Y se marchó, como si no hubiera hecho nada.
Como si no acabara de dejarme temblando.
Desde entonces, cada día se sentía como una prueba.
Como si él esperara que me quebrara, que cayera. Pero no lo haría.
Porque si algo había descubierto en ese hombre… era que el poder no siempre se gritaba.
A veces, bastaba una mirada para recordarte que estabas en un mundo en el que solo sobrevivían los más fuertes.
Y yo… aún no sabía si quería luchar contra él. O rendirme.