Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Ese día desperté con una sensación distinta, con un cosquilleo en la piel que hacía meses no sentía. Mathews me había escrito en la mañana: “Hoy llegaré temprano. Cenemos juntos.”
El simple mensaje bastó para encender en mí una chispa de ilusión, como si detrás de esas palabras se escondiera una promesa silenciosa: voy a volver a ti.
Le respondí casi de inmediato.
—Te estaré esperando.
Tardó unos minutos en contestar.
—Perfecto. Sin compromisos esta noche.
Sin compromisos. La frase sonaba casi romántica.
Decidí que, por una noche, dejaría de lado el peso de las ausencias y me permitiría creer. Pasé gran parte de la tarde preparándome como solía hacerlo al principio de nuestro matrimonio. Un baño largo, lento, dejando que el vapor relajara la tensión acumulada en mi pecho. Perfume en los puntos exactos que él solía besar. Maquillaje preciso, resaltando mis ojos avellana y mis labios carmesí.
Me puse un babydoll de seda color marfil, delicado, insinuante. Sobre él, el vestido rojo que siempre había sido su favorito.
—El rojo te convierte en pecado —me había dicho una vez, mordiéndome el labio inferior antes de besarme.
Frente al espejo, me observé con nervios y esperanza.
—Esta noche será diferente —susurré.
Cuando escuché el sonido de su auto en la entrada, mi corazón latió con fuerza. Bajé las escaleras con la ilusión colgando de mis pestañas.
La puerta se abrió. Él entró con el traje impecable, el maletín en mano, el ceño levemente fruncido. Se detuvo apenas un segundo al verme.
Ese segundo fue lo único que me sostuvo.
—Victoria… —murmuró, recorriéndome con la mirada.
—Llegaste temprano —sonreí, acercándome para besarlo.
Su beso fue breve. Correcto. Sin urgencia.
—Sí, pude reorganizar unas cosas.
—Gracias por hacerlo —dije, sincera.
Dejó el saco sobre el sillón.
—¿Cómo estuvo tu día? —pregunté con suavidad, intentando iniciar algo más que un intercambio formal.
—Agotador, como siempre. Tres reuniones, dos llamadas con Londres… —se pasó la mano por el cabello—. Tengo la cabeza saturada.
—Entonces esta noche es perfecta para desconectar —intenté bromear—. Solo tú y yo.
Me miró un segundo más de lo habitual, pero no respondió a eso.
Caminamos hacia el comedor. La mesa estaba servida con velas bajas y su plato favorito. Se sentó, tomó la copa de vino y la giró entre los dedos.
—Huele bien —comentó.
—Lo preparé yo.
—No tenías que hacerlo.
—Quería hacerlo.
Silencio.
El sonido de los cubiertos golpeando la porcelana se volvió incómodo. Yo lo observaba a través de las velas, esperando encontrar algo familiar en su expresión.
Finalmente habló:
—Voy a cerrar un contrato importante. Jonathan Blake. Inversionista fuerte, estratégico. Puede cambiar la estructura de la compañía.
—Jonathan Blake… —repetí—. Suena importante.
—Lo es. Tiene visión, agresividad, sabe arriesgar. Me gusta eso.
Su tono se animó ligeramente. Había brillo en sus ojos.
—Hace tiempo que no te veía así de entusiasmado —comenté.
—Es una gran oportunidad, Victoria.
—¿Para ti o para nosotros? —pregunté con suavidad.
Él levantó la mirada.
—Para ambos, obviamente.
—A veces no se siente así.
El aire cambió.
—¿Qué quieres decir?
Respiré hondo.
—Quiero decir que te extraño. Incluso cuando estás aquí.
Se tensó levemente en la silla.
—No empecemos con esto.
—No estoy peleando, Mathews. Solo estoy siendo honesta.
—Trabajo duro para esta vida —respondió con voz firme—. Para esta casa. Para todo lo que tienes.
—Yo no me casé con esta casa —susurré—. Me casé contigo.
El silencio fue más pesado esta vez.
Me levanté despacio y rodeé la mesa. Me incliné junto a él, mis dedos deslizándose por su hombro.
—¿Recuerdas cuando no podías esperar a llegar a casa? —murmuré cerca de su oído—. Cuando me escribías solo para decir que me deseabas.
Su respiración cambió apenas.
—Victoria…
Rozé sus labios con los míos, buscando esa chispa. Mi mano descendió por su pecho, lenta, conocida.
—No ahora —dijo, apartándose.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué no? —pregunté, esta vez mirándolo directo.
—Porque no puedo desconectarme tan fácil como tú.
La frase me golpeó.
—¿Tan fácil como yo? —repetí.
—No lo tomes así.
—¿Entonces cómo lo tomo, Mathews? ¿Como que soy una distracción? ¿Un descanso entre contratos?
—No exageres.
—No estoy exagerando. Estoy intentando salvar algo que se nos está muriendo en la cara.
Se puso de pie.
—No dramatices. No todo gira alrededor del romance eterno.
—No estoy pidiendo eterno. Estoy pidiendo presente.
Me sostuvo la mirada. Fría. Calculadora.
—Tengo trabajo que revisar. No puedo distraerme esta noche.
La palabra volvió a caer entre nosotros.
—¿Soy una distracción? —pregunté en un susurro.
No respondió directamente.
—Mañana quiero que estés lista a las seis. Me acompañarás a una cena para conocer a mi nuevo socio. Es importante que causes buena impresión.
Buena impresión.
No esposa. No compañera. Buena impresión.
—¿Eso es lo que soy ahora? —pregunté con una sonrisa amarga—. ¿Parte del paquete ejecutivo?
—No empieces.
—Respóndeme.
—Eres mi esposa, Victoria. Y eso implica ciertas cosas.
—¿Como sonreír y lucir perfecta?
—Como apoyar.
—Yo te apoyo —repliqué con firmeza—. Lo que no sé es si tú aún me amas.
El silencio fue absoluto.
Por un instante creí ver algo en sus ojos. Algo que no era frialdad. Algo parecido al cansancio… o al miedo.
Pero se cerró.
—No tengo tiempo para esta conversación —dijo finalmente.
Tomó su maletín y salió del comedor.
Me quedé de pie, sola entre las velas que empezaban a consumirse. La cena intacta. El vino a medio servir.
Subí lentamente a la habitación. Me quité el vestido rojo, dejándolo caer al suelo como una bandera derrotada. Me senté en la cama con el babydoll aún pegado a mi piel.
Minutos después escuché sus pasos en el pasillo. Se detuvo en la puerta.
—Victoria.
No me giré.
—¿Qué?
—No quise herirte.
Una lágrima silenciosa recorrió mi mejilla.
—No lo intentaste, Mathews. Eso es lo que duele.
Hubo una pausa larga.
—Mañana hablaremos —murmuró.
La puerta se cerró suavemente.
Y allí, en medio del silencio, rompí en llanto. No un llanto escandaloso. Uno contenido, desesperado. Lloraba por el hombre que me prometió que siempre elegiría nuestro amor. Lloraba por la mujer que aún se arregla con la esperanza de ser vista.
Ese fue el verdadero final de la noche: yo abrazando mi soledad, mientras en otra habitación Mathews trabajaba… y nosotros nos desmoronábamos en silencio.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰