Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capítulo IV
Evans se cruzó de brazos en su aposento. Observando seriamente como los sirvientes arreglaban todo y como lo ponían al ras de las órdenes de Rubí
Lo primero que notó fue el aroma. No era incienso ni el perfume neutro que usaban los sirvientes. Era distinto. Familiar de una manera incómoda. Luego, sus ojos se deslizaron por la estancia; Había un biombo femenino. En uno de los armarios, entre su ropa perfectamente ordenada, se asomaba la tela de vestidos que no le pertenecían.
Evans se quedó inmóvil. No sabía que hacer o decir. No le habían informado nada hasta este momento que Stefan le avisó.
—¿Por qué Rubí cambió su habitación? ¿Hay algo de malo en ella?— preguntó al fin.
—No hay nada de malo en ninguna de las dos. Ni en ella o en la habitación.
Evans frunció el ceño, molesto.
—No me refiero a mi esposa. Sino a su habitación. ¿Por qué dormirá conmigo?
—Es lo normal en un matrimonio, majestad.— respondió seriamente.—Me retiro.
“Rubí..."
Avanzó despacio, tocando todo con cuidado, como si temiera a que se dañará solo.
Ella había trasladado sus cosas allí. En su dormitorio. El corazón le dio un golpe seco en el pecho. No supo si sentir alivio, sorpresa o una inquietud que no lograba nombrar. Se dejó caer en el mueble cercano, apoyando los codos en las rodillas. Su mente era un caos, a diferencia de lo ordenado que estaba la habitación.
Rubí había optado por lo contrario a encerrarse y respetar el espacio de Evans. Ella se acercó de forma directa. Sin pedir permiso. Al fin y al cabo, era su vida en la que estaba en juego.
Mientras Evans intentaba ordenar sus pensamientos, en otra parte del palacio, Rubí terminaba de adelantar informes con una eficiencia que habría dejado boquiabierto a cualquier funcionario veterano. Se movía entre documentos con soltura, anotando, corrigiendo, reorganizando cifras y decisiones como si llevara años haciéndolo.
—Ahora soy una experta en esto —comentó con tono seco, casi divertido—. En mi primera vida tardé días en completar uno solo. En la segunda, era parte del trabajo diario; informar sobre cuánto mate también era un trabajo. Ahora… —cerró el último documento— se me hace entretenido.
Extendió los papeles hacia una figura oscura que se materializó frente a ella. La sombra tomó forma humana, definida solo lo suficiente para cumplir órdenes.
—Llévalo a dónde este el príncipe.
La entidad asintió sin emitir sonido y desapareció, atravesando la pared como si nunca hubiera existido.
Ese don. El que había rechazado en su primera vida. Es el que ahora utilizaba sin reparos. Rubí no estaba dispuesta a volver a ser pasiva. El miedo había quedado atrás junto con la mujer que fue.
En ese mismo instante, Evans, recostado aún en el mueble de su dormitorio, sintió una presencia. Simplemente habló al aire.
—Es la segunda vez que veo a Rubí usar su don. ¿Quién eres?
La sombra emergió frente a él, sosteniendo los documentos.
—Un sirviente. Nada más.
Le entregó los papeles y, en cuanto Evans los tomó, la figura se disipó, dejando tras de sí una sensación fría, casi cortante.
Evans observó el espacio vacío durante unos segundos.
“Rubí…"
Pronunció su nombre solo en pensamiento. Había cambiado. Todo indicaba que la mujer en su oficina no era la misma a la que él había ignorado en el pasado.
Abrió los documentos y comenzó a leerlos recostado. El contenido era claro, preciso, bien estructurado. No había errores, ni vacío. Cada decisión estaba respaldada con argumentos sólidos.
“Están impecables. Sabe exactamente lo que hace... Ella apenas está iniciando en su doctrina de administración. Aún así, está todo perfecto"
El cansancio lo obligó a apoyar los papeles contra su pecho. Cerró los ojos un momento.
“Debería acercarme con cuidado. Aunque ella ya lo hizo de una manera muy diferente a su forma de ser... Debo de poner de mi parte también"
La idea le pesó más de lo que esperaba.
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La noche avanzó y la cena fue servida en el comedor principal. Rubí estaba sentada con naturalidad, disfrutando cada plato sin el menor rastro de culpa o contención exagerada. Hacía mucho que no comía algo tan elaborado, tan cuidadosamente preparado.
Puré de papas con salsa de naranja, carne asada en su punto justo, vino de buena cosecha.
—Cómo te extrañaba, Carmen —comentó mientras probaba otro bocado.
La cocinera, una mujer mayor de manos expertas, sonrió.
—Pero si nunca me he ido, majestad.
—Lo sé —respondió Rubí—. Me gusta que seas tú quien me sirva. Puedo notar cuando alguien ama su trabajo.
Mientras comía, recordó sabores de su segunda vida. Platos sencillos, otros complejos, combinaciones inesperadas. Se le ocurrió una idea.
—Te dejaré una lista de platos nuevos. Me gustaría probarlos aquí, hechos por ti.
Carmen se sonrojó.
—No sea tan generosa…
—No es generosidad. Es curiosidad —corrigió Rubí—. Y confianza.
Los pasos resonaron en el salón. Evans apareció en la entrada. Observó la escena con atención. Rubí comía con tranquilidad, sin rigidez, sin fingir delicadeza.
Si hubiera sido antes, se habría sentido avergonzada. Ahora, no escondía nada.
—Princesa —anunció.
—Majestad —respondió ella sin mirarlo, llevando la copa a los labios.
“Es extraño verlo aquí... oh, de seguro ya le llegó la noticia de que me mudé a su habitación."
Terminó de comer, pero aún faltaba el postre.
—Buenas noches, majestad. ¿Gusta en acompañarme?
—Buenas noches, princesa. Espero no molestarla —respondió él.
—Para nada. Aunque llegó tarde, aún queda el dulce manjar de leche con fresa.
Antes de que pudiera avanzar, Evans apareció frente a ella en un parpadeo. Usó su don. La distancia desapareció.
—Necesito hablar contigo.
Rubí no se sobresaltó. Solo alzó una ceja.
—Hablemos. Pero siéntate, come algo.
Intentó mantenerse firme. Hasta que finalmente se sentó, sirviendole un plato de postre.
—¿Por qué te mudaste a mi habitación?.
—Hay muchas respuestas para esa pregunta. Una de ella y la importante es que soy tu esposa. Segundo... Tenemos una alianza, debe saberlo bien ¿No?
—Si.
—Dímelo, por favor.
—Princesa...— Rubí lo miró fijamente. El cedió seriamente—. Debemos estar siempre juntos. De lo contrario, el caos y el desorden reinará tanto en el imperio como en nuestra vidas.
Rubí asintió con una sonrisa perversa. Dió un gusto bueno al postre. Y dijo.
—Apartir de ahora, tu y yo seremos lo más cercano posible.
—¿Y si no quiero?— preguntó Evans, con frialdad. Esa pregunta solo nació por curiosidad.
Rubí alzó un cuchillo, atravesó la fresa con él y se lo comió. Un gesto amenazante como sutil.
—Te obligare.
Nunca antes la vió de esta manera; atrevida, determinante, altamente atractiva por su forma de insinuar las cosas.