Salvatore Greco nunca tuvo problemas con la tentación.
Hasta que una mujer que no lo necesita se cruza en su camino.
Elira Rama es una sobreviviente.
No cree en rescates ni en promesas. Ha pasado su vida cuidando a otros y luchando por no perder el control de la suya.
Mientras él intenta protegerla y mantenerla a salvo, ella lucha por no depender de nadie.
Y cuando el deseo, el pasado y la ambición chocan, ambos deberán decidir si la tentación es una promesa… o una condena.
Porque no todas las mujeres quieren ser rescatadas.
Y no todos los capos sobreviven a aquello que no pueden dominar.
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Distancia
Salvatore
El olor a alcohol barato, perfume caro y desesperación me golpea apenas entro al lugar. Curiosamente, ya no me molesta como antes. Quizá me estoy acostumbrando, o quizá todas las molestias desaparecen con la certeza de que podré ver esa sonrisa.
Esa sonrisa por la que mataría.
El lugar se llena con hombres que creen que el mundo les debe algo por existir. Vienen con billetes doblados, con risas fuertes y con miradas sucias. Vienen a comprar un momento de poder prestado.
Y yo… yo vengo por una sonrisa. Su sonrisa.
Me instalo en mi esquina de siempre, donde la sombra me cubre lo suficiente como para observar sin ser observado. Uno de los encargados del bar posa sus ojos en mí, curioso. Sabe quién soy, sabe que ayer entré al camerino de su estrella. Sin embargo, pronto desvía la mirada, cauteloso.
Respiro con tranquilidad. Estoy acostumbrado a que me teman, y no es algo que me moleste.
Pero este sentimiento que se está instalando en mi pecho como si fuera su hogar, me molesta. No estoy acostumbrado a este dolor y creo que nunca lo estaré.
Espero. Todos lo hacemos, expectantes cuando la mujer que estaba bailando abandona el escenario.
La música cambia a una base lenta, seductora, con un ritmo que se pega a la piel. Las luces se apagan un poco y el murmullo se vuelve expectante. Siento el movimiento en el aire incluso antes de verla.
Cuando aparece, el lugar entero se inclina hacia ella.
Katrina sube al escenario como si no caminara, como si flotara sobre la miseria del mundo. El neón dibuja su silueta y los hombres se vuelven animales. Sus ojos brillan, su boca se curva con una confianza insolente, su cuerpo habla un idioma que ellos entienden sin necesidad de traducción.
El club la adora.
Yo también.
Ningún hombre con ojos en el rostro podría no adorarla.
Espero el momento exacto, el de siempre: cuando ella gira apenas la cabeza y busca la oscuridad, cuando me encuentra como si su mirada tuviera memoria, cuando esa sonrisa, mi sonrisa, aparece como una promesa.
Pero esta vez…Nada.
Katrina baila, sonríe, acaricia a todos los hombres que jadean a su alrededor, pero no desvía la mirada hacia mi dirección. Se inclina hacia un hombre de traje caro y le susurra algo al oído que lo hace temblar antes de tomarle el rostro y obligarlo a que la mire. Cuando el imbécil lo hace, ella le sonríe como si él fuera el único hombre en el planeta.
Como si ninguno de los otros hombres, ni yo, significáramos nada para ella.
Comienza a bailar, tentando al hombre, rozándolo con su trasero, mientras los euros vuelan sobre su cabeza.
Mírame, pienso con fuerza.
Mírame.
Pero nada ocurre. No se detiene. No mira en mi dirección.
Siento un tirón en el estómago, como si alguien hubiera soltado un escalón bajo mis pies. Me obligo a permanecer quieto. A respirar. A recordar que esto es absurdo. Que no puede importarme tanto.
Pero me importa.
Me importa más de lo que me atrevo a admitirme a mí mismo.
Sigo buscándola con la mirada, esperando que en algún momento el juego termine. Esperando ver un desliz en su indiferencia. Necesito que se le escape una mirada, que me sienta.
Pero no lo hace. O finge hacerlo que es peor.
Un hombre le mete un billete en las bragas y ella lo acepta con una sonrisa amplia. Otro intenta tocarla, sin dinero en sus dedos, y ella se aparta con elegancia, sin perder el encanto, como si incluso su rechazo fuera un espectáculo. Los hombres se ríen, se empujan, se ofrecen como perros.
Katrina les da lo justo.
Pero a mí, nada. Ni siquiera migajas como lo hace con aquellos que no llenan sus bragas con dinero.
Mi mandíbula se tensa y mis manos se empuñan en las sombras, pero me obligo a relajarme.
Es una casualidad, quizá no me vio. Quizá hay demasiada luz, demasiada gente, demasiado estímulo.
No. Katrina siempre me ve. Lo hizo desde la primera vez que vine a este lugar. Y eso solo puede significar que eligió no hacerlo. Eligió ignorar mi presencia.
La canción termina y ella sigue sin mirar en mi dirección. Los hombres se quejan como si les hubieran arrancado un pedazo de piel mientras ella baja del escenario con una sonrisa para todos, menos para mí. Ella no me sonríe como lo hace con los demás.
Todo mi cuerpo se hunde cuando desaparece detrás del telón sin dedicarme ni un segundo.
Me quedo inmóvil, observando el vacío donde estuvo.
Tengo que salir de aquí.
Me lo repito varias veces, pero no me muevo.
No puedo hacerlo.
Una cosa es que Elira me mantenga a distancia con su silencio. Lo acepto, porque sé que no sabe hacerlo de otra forma. Sé que me rehúye porque le doy miedo. Porque la calidez le quema.
Pero esto… Esto es distinto.
Katrina no me teme. Katrina me miró anoche como si yo fuera su mundo entero y hoy… Hoy me borra como si no fuera más que un mal recuerdo.
La ira comienza a quemar mi sangre, evaporándola en segundos. Necesito recuperar el control de mí mismo y de ella. Necesito una excusa que explique lo que acaba de pasar, que su distancia tenga sentido.
Mi cuerpo se mueve antes que mi mente reaccione. Cruzo el club a toda velocidad. Los hombres se apartan sin saber por qué. El hombre que atiende el bar me observa desde la barra, tenso, como si quisiera detenerme, pero no se atreve.
No tengo paciencia para nadie, y creo que todos pueden ver eso en mi rostro.
Llego al pasillo estrecho que conduce a los camerinos. El ruido del club queda atrás, amortiguado, como si el mundo entero se quedara del otro lado de una puerta. Aquí huele distinto. A maquillaje, a humo, a telas usadas, a sudor seco.
A verdad.
El camerino de Katrina está entreabierto. Una rendija de luz se cuela por la abertura. Escucho el sonido de algo siendo dejado sobre una mesa y un suspiro.
Empujo la puerta sin la paciencia para tocar, olvidando los modales que mi madre me enseñó.
Esta noche necesito respuestas.
❤️🩹🥲🥹
ojalá no deje que la otra vuelva, ya es hora de que disfrute su vida a su manera y con Salvatore que la ama