En un mundo donde la traición y el deseo son moneda corriente, una mujer se alza entre las sombras para reclamar su lugar en el trono del poder, desatando una tormenta de venganza y seducción.
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Capítulo 13
El aire en el almacén se volvió denso, casi irrespirable. Clara mantenía su Sig Sauer apuntando al pecho de Gabriel con una firmeza que ocultaba el temblor interno que amenazaba con desmoronarla. A sus pies, Viktor Volkov sangraba y reía entre dientes, disfrutando del espectáculo de ver a la "Sombra" dudar de su propio reflejo.
—Baja el arma, Clara —dijo Gabriel. Su voz no era una orden, sino una petición cargada de una serenidad que, en ese momento, le resultó insultante a ella—. Me conoces. Sabes que no soy tu enemigo.
—¿Te conozco? —replicó ella, su voz cortante como el cristal—. Creía conocer a Julián. Creía conocer a mi padre. Y ahora él dice que tú no eres quien dices ser. ¿Quién eres, Gabriel? ¿Para quién trabajas realmente?
Gabriel suspiró, bajando lentamente su rifle, aunque sin soltarlo. La luz de los focos industriales creaba un halo casi angelical sobre él, una ironía cruel dada la carnicería que acababan de desatar.
—Trabajo para ti, Clara. Siempre ha sido para ti. Pero Julián tiene razón en algo: hay cosas de tu padre, y de mi llegada a tu organización, que no te he contado. No para traicionarte, sino para protegerte de una verdad que te destruiría antes de que estuvieras lista para heredar este trono de espinas.
—¡Mientes! —gritó ella. El dedo de Clara se tensó en el gatillo—. Julián está herido, quizás muriendo, y me ha enviado ese mensaje porque sabe que la red se está cerrando. No dejaré que me manipules más con tus silencios y tus caricias.
—¡Mátalo de una vez, Sombra! —provocó Volkov desde el suelo—. O mátame a mí. El suspenso me está matando más rápido que la bala de tu novio.
Clara le dio una patada a Volkov en la herida del hombro, silenciándolo con un alarido de dolor. Luego, sin dejar de apuntar a Gabriel, sacó su radio.
—Esteban, asegura el perímetro. Trae al equipo de limpieza. Quiero a Volkov en una celda de alta seguridad en el sótano de la mansión. Y Gabriel... —hizo una pausa, sus ojos brillando con una determinación gélida—, Gabriel vendrá conmigo. Si intenta algo, disparad a matar.
***
El trayecto hacia la mansión fue un desierto de palabras. Clara conducía su deportivo negro con una agresividad suicida, mientras Gabriel permanecía sentado en el asiento del copiloto, mirando por la ventana con una expresión de profunda tristeza. No intentó hablar; sabía que cualquier palabra en ese momento sería como arrojar gasolina a un incendio.
Al llegar, Clara se dirigió directamente al estudio de su padre, un santuario de madera de caoba y libros antiguos que olía a tabaco y a poder rancio. Se dirigió al cuadro de "El Triunfo de la Muerte" que colgaba detrás del escritorio y lo movió, revelando una caja fuerte digital. Sus dedos volaron sobre el teclado.
—Archivo 734 —murmuró ella.
La pantalla mostró una carpeta encriptada. Clara insertó la llave USB que siempre llevaba colgada en su cuello, una pieza de hardware que contenía los protocolos de emergencia del imperio. Al abrirse el archivo, aparecieron documentos escaneados, fotografías y grabaciones de audio de hace veinte años.
Gabriel se quedó de pie junto a la puerta, custodiado por dos de los hombres más leales de Clara, que lo apuntaban con ametralladoras.
Clara comenzó a leer. Los documentos no hablaban de rutas de droga o de sobornos políticos. Hablaban de un proyecto llamado "El Linaje". Sus ojos se abrieron de par en par al ver fotos de su madre, una mujer que supuestamente había muerto en un accidente de coche cuando Clara era un bebé. Pero las fotos mostraban a su madre en una clínica psiquiátrica, años después de su supuesta muerte.
Y luego, encontró el informe sobre Gabriel.
*“Sujeto: Gabriel Silva. Edad: 10 años. Origen: Orfanato de San Judas. Objetivo: Formación como guardián y contingencia para Clara Mendoza. Nota: Su lealtad está garantizada por el condicionamiento de deuda. Su vida pertenece al Imperio por contrato de sangre de sus padres fallecidos.”*
Clara sintió una náusea violenta. Su padre no había contratado a Gabriel; lo había *creado*. Lo había moldeado desde niño para ser el arma perfecta, el amante perfecto si era necesario, el perro guardián que nunca mordería la mano que le daba de comer.
Pero lo más doloroso fue el informe final de Julián.
—Julián... —susurró ella, con lágrimas picando en sus ojos—. Oh, Julián...
El archivo contenía pruebas de que Julián no había robado el dinero para él. Lo había hecho para pagar el tratamiento médico de una hija secreta que tenía con una mujer fuera del mundo del crimen. Volkov lo había descubierto y lo había chantajeado: o traicionaba a Clara, o su hija moría de forma lenta y dolorosa. Julián había intentado jugar en ambos bandos, desviando fondos para salvar a su hija mientras dejaba pistas para que Clara descubriera la verdad antes de que fuera demasiado tarde.
Clara levantó la vista del monitor, mirando a Gabriel. El dolor en su pecho era tan real que sentía que se estaba asfixiando.
—Lo sabías —dijo ella, con una voz que apenas era un susurro—. Sabías lo de su hija. Sabías que no era un traidor por elección, sino por desesperación.
—Lo sabía —admitió Gabriel, su voz rompiéndose por primera vez—. Intenté ayudarlo en secreto. Pero si te lo decía, habrías intentado salvar a la niña tú misma, y Volkov te habría matado en la emboscada. Tu padre me dio una sola instrucción antes de morir, Clara: "Mantén a la reina en el tablero, sin importar cuántos peones tengan que caer".
Clara se puso de pie, derribando la silla. Se acercó a Gabriel y le dio una bofetada tan fuerte que su cabeza giró.
—¡Yo no soy una pieza de tu tablero! —gritó—. ¡Soy la maldita dueña del juego! Me usaste. Me hiciste creer que lo que pasó anoche era real, cuando solo era parte de tu "condicionamiento de guardia".
—¡Eso no es cierto! —rugió Gabriel, dando un paso adelante a pesar de las armas que lo apuntaban—. Lo de anoche... lo que siento por ti... eso es lo único real que me queda. Tu padre me compró, sí. Me convirtió en un monstruo. Pero tú me diste una razón para querer ser hombre de nuevo.
—No te creo —dijo Clara, aunque su corazón le gritaba lo contrario—. Ya no sé qué es real y qué es una mentira diseñada para mantenerme en el poder.
En ese momento, Esteban entró al estudio con el rostro pálido.
—Señora... lo siento. Hemos localizado a Julián.
Clara sintió un frío glacial recorriéndole la columna.
—¿Dónde está?
—En el hospital central. Volkov... Volkov no lo quería muerto todavía. Lo dejó allí como un mensaje. Pero los médicos dicen que no pasará de esta noche. Y hay algo más.
Esteban le entregó una tablet. En la pantalla, se veía una noticia de última hora: una explosión en una zona residencial de lujo. La casa de seguridad donde Julián ocultaba a su hija.
Clara cerró los ojos y se apoyó en el escritorio. La red se había cerrado, sí, pero el precio de esa victoria estaba siendo cobrado en la moneda más cara de todas: la sangre de los inocentes y la destrucción de su propia humanidad.
—Llevadme con él —dijo Clara, con una frialdad que asustó incluso a sus guardias—. Y Gabriel... tú vienes conmigo. Pero si intentas tocarme, te juro que seré yo quien te meta la bala entre los ojos.