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La Obsesión Del Alemán

La Obsesión Del Alemán

Status: En proceso
Genre:Dominación / Pareja destinada / Amor eterno
Popularitas:9.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA REDENCIÓN DE LOS INSTINTOS

El aire en el apartamento no solo era denso; quemaba. Giselle estaba allí, contra la madera de la puerta, con ese cabello rojo encendido como una advertencia de incendio que yo estaba ansioso por ignorar. Mi mente analítica, esa que siempre calculaba cada paso, se hizo añicos. Ya no era Dexter el observador; era el animal que finalmente había roto la jaula.

La atraqué con una violencia necesitada. El beso no fue un saludo, fue una invasión. Mi lengua reclamó su boca con una ferocidad que me hizo vibrar hasta los huesos, saboreando el dulce veneno de su labial mezclado con el jadeo errático de su respiración. Mis manos, grandes y hambrientas, bajaron por su espalda hasta estrujar la curva de su trasero, pegándola a mi erección que ya pulsaba con un dolor delicioso.

—Maldición, Giselle... —gruñí contra sus labios, mi voz convertida en un rugido ronco—. Me vas a volver loco.

—Pues piérdete en mí, Dexter. Cárgame. Ahora —ordenó ella, sus uñas enterrándose en mi nuca.

La levanté del suelo de un tirón. Sus piernas se envolvieron en mi cintura como una soga caliente mientras la llevaba a la habitación, devorando su cuello en el camino. Al dejarla en la cama, el contraste de su piel blanca contra las sábanas me cegó. Era luz y fuego.

—¿Qué pasa? —me desafió, su voz cargada de una lujuria descarada mientras abría mis botones con dedos expertos—. ¿Demasiado para ti?

—Ni en tus sueños —respondí, deshaciéndome de la camisa.

Cuando ella se despojó del vestido, revelando ese encaje negro que apenas contenía sus pechos, el aire abandonó mis pulmones. Mis manos no pidieron permiso. Recorrí sus muslos, subiendo por la lencería hasta que mis dedos encontraron su centro. Estaba empapada, un calor líquido que me quemó las yemas.

Me arrodillé ante ella, no con humildad, sino con una devoción carnal. Aparté la tela y me hundí en su intimidad. El primer contacto de mi lengua con su clítoris la hizo arquear la espalda y soltar un grito que llenó cada rincón del cuarto. La saboreé con saña, succionando y lamiendo, deleitándome en su humedad frenética. Mis dedos se hundieron en ella, explorando lo estrecha y caliente que estaba, mientras ella gemía mi nombre como un mantra de perdición.

Justo cuando su cuerpo empezó a convulsionar, cuando el espasmo del clímax era inminente, me detuve. Me levanté, jadeando, mi miembro goteando deseo y golpeando contra mi abdomen.

—No te voy a dejar irte sola —susurré, mis ojos fijos en los suyos, nublados por el placer.

Me posicioné entre sus piernas, sintiendo su suavidad rozando mi dureza. Deslicé la punta, solo la cabeza, deleitándome en el roce de su piel mojada. Ella sollozó, suplicando con las caderas.

—Por favor, Dexter... ¡Métela ya!

Me hundí en ella de un solo impulso, llenándola hasta la raíz. El gemido que soltó fue música pura. Estaba tan apretada que por un momento mi visión se tiñó de rojo. Empecé a embestirla con una ruda cadencia, un ritmo salvaje que hacía que el sonido de nuestras pieles chocando retumbara en el silencio. Cada estocada era más profunda, más posesiva.

—Eres mía, Giselle. Toda puta mente mía —sentencié, atrapando sus pechos con mis manos mientras mis caderas golpeaban contra las suyas sin piedad.

Ella me rodeó con sus piernas, atrayéndome más al fondo, buscando que me fundiera con ella. El placer se volvió una marea insoportable. Sentí cómo sus paredes internas empezaron a contraerse rítmicamente, succionándome, ordeñándome mientras ella llegaba al orgasmo. Sus uñas me desgarraron la espalda y su grito se ahogó cuando capturé su boca.

Fue el fin. Mi propio clímax estalló con una fuerza volcánica, vaciándome en ella en oleadas de calor puro. Me aferré a su cuerpo mientras el mundo desaparecía, dejando solo el rastro de nuestro sudor y el latido desbocado de dos corazones que, por fin, se pertenecían.

Me dejé caer sobre ella, enterrando mi rostro en su cuello, sintiendo aún los temblores de su cuerpo bajo el mío.

—Esto es solo el principio —murmuré contra su piel—. No pienses que te voy a soltar nunca.

1
Sandra Dallosta
muy bueno todo
Eneida Atencio
Amo su novela autora excelente
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