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La Princesa de la Mafia

La Princesa de la Mafia

Status: Terminada
Genre:Escuela / Mafia / Autosuperación / Venganza de la protagonista / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:15
Nilai: 5
nombre de autor: Queenvyy27

Aurelia era una chica común y corriente, obsesionada con las novelas. Una noche, tras llorar por el trágico destino de su personaje favorito, despierta dentro de la historia y descubre que ahora habita el cuerpo de Aurelia Cassano: la antagonista consentida, hija del jefe de la mafia más temida del país.

El problema es que conoce el final: en la novela original, Aurelia Cassano muere asesinada a los veinticuatro años. Y el causante indirecto de su muerte es nada menos que Arsa Wirayuda, el protagonista masculino: frío, despiadado, irresistible... y el hombre del que la Aurelia original estaba perdidamente enamorada.

Para sobrevivir, Aurelia traza un plan: alejarse de Arsa, evitar los conflictos con la protagonista original y reescribir su destino. Pero la vida dentro de una novela de mafia no es tan sencilla. Entre conspiraciones familiares, enemigos que la quieren muerta, pandillas rivales y secretos oscuros que ni la novela revelaba, Aurelia descubre que cambiar la trama es mucho más difícil de lo que imaginaba.

Y lo peor de todo: Arsa, el hombre al que debería evitar a toda costa, no deja de acercarse. Con sus ojos negros como la noche, su actitud posesiva y esos momentos inesperados de ternura que derrumban todas sus defensas, Aurelia se enfrenta a la pregunta más peligrosa de todas: ¿puede reescribir una historia de amor sin caer en ella?

Entre peleas callejeras, intrigas corporativas, venganzas implacables y un romance que arde lento pero con la fuerza de un incendio, Aurelia demuestra que ser la villana nunca fue su destino. Tal vez siempre fue la heroína que esta historia necesitaba.

NovelToon tiene autorización de Queenvyy27 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6 — Preparatoria del Valle

Aurelia conducía a toda velocidad, abriéndose paso entre el tráfico de la capital. Su destreza al volante merecía un aplauso: manejaba con la precisión de un piloto de Fórmula 1.

El lujoso deportivo se alejó dejando muy atrás al auto de sus guardaespaldas, que la seguían sin lograr darle alcance. No entendían desde cuándo su señorita se había vuelto una experta tras el volante. Ignoraban por completo la vida que había llevado la verdadera Aurelia.

En realidad, no había nada extraordinario: era una niña rica más. Solo que, devorada por la soledad, Aurelia se había volcado en mil actividades. Llenaba los días con deporte: artes marciales, taekwondo, lucha, kárate. Lo dominaba todo. Hasta participaba en carreras clandestinas, de motos y de autos. Por eso conducía con semejante maestría.

Al principio, los dos guardaespaldas todavía lograban seguirle el ritmo, pero terminaron por perderla de vista en un cruce. Aurelia se saltó el semáforo en rojo a propósito: no quería que la siguieran.

—¡Por fin se quedaron atrás! Soy Aurelia, no me ganan tan fácil —celebró, orgullosa de haber burlado a sus escoltas.

En una curva cerrada bajó la guardia. Demasiado entusiasmada, no advirtió que estuvo a punto de atropellar a un chico con uniforme de preparatoria que cruzaba la calle. Por suerte, sus reflejos rápidos evitaron el impacto. Pero, para su desconcierto, el muchacho se desplomó de todos modos frente al auto.

Por un momento se quedó paralizada al verlo caer así, desmayado. Sin pensar mal, bajó enseguida y se acercó al joven, que había perdido el conocimiento.

Se llevó un sobresalto: el uniforme estaba empapado de sangre y, en el costado derecho del abdomen, se distinguía la marca de una puñalada.

—Calma, Aurelia. Tranquila —murmuró para serenarse. Echó un vistazo alrededor: la calle estaba desierta. Menos mal, porque de lo contrario habrían pensado que había arrollado a alguien.

Con cierto temor, decidió socorrerlo. A duras penas lo metió en el auto: era alto y pesaba bastante para un estudiante de preparatoria.

Tras acomodarlo en el asiento trasero, Aurelia salió y rodeó el vehículo hacia la puerta del conductor.

¡Pum, pum, pum!

Justo cuando iba a arrancar, varios hombres vestidos de negro empezaron a golpear los vidrios, exigiendo a gritos que abriera. Era evidente que iban tras el chico que llevaba en el asiento de atrás.

Aurelia, sobresaltada, comprendió enseguida lo que ocurría. No sabía qué hacer. Aunque en su vida anterior había vivido con libertad, jamás se había visto en una situación tan peligrosa. El miedo empezó a apoderarse de ella. Ahora era consciente de que vivía en una novela de mafia, y que escenas así serían el pan de cada día.

—¿Debería abrir la puerta y entregarles a este muchacho? —masculló. Echó una ojeada al chico del asiento trasero y la compasión pudo más que el instinto: no fue capaz de ignorar su humanidad.

Sin pensarlo más, pisó el acelerador a fondo y dejó atrás a aquellos hombrones, que aún aporreaban los cristales. Al ver que el auto arrancaba, los tipos corrieron a sus vehículos y emprendieron la persecución. Comenzó así una cacería entre Aurelia y los autos de los pandilleros.

Experta como era, Aurelia esbozó una sonrisa torcida al ver a esos coches tratando de alcanzarla. Sin que ella lo notara, el chico del uniforme entreabrió los párpados y la observó. En realidad había perdido el conocimiento por completo: había perdido mucha sangre y se le habían agotado las fuerzas en la pelea. Volvió a desplomarse.

En otro lugar, en un despacho, un hombre apuesto trabajaba frente a la computadora, sepultado bajo una montaña de pendientes. Lo distrajo el zumbido del celular. Sin levantarlo siquiera, atendió la llamada a través del auricular inalámbrico.

—Hola —respondió con frialdad.

—¿Qué? ¿La perdieron? ¿Cómo es posible? No sirven para nada. —La voz, antes gélida, subió una octava al escuchar el informe de sus hombres. Era Alejandro Cassano, el hermano de Aurelia.

—Encuentren a mi hermana ya, si quieren seguir con vida. —El tono se volvió aún más cortante, aunque por debajo asomaba la preocupación por la hermana a la que tanto quería. Empezaba a arrepentirse de haber cedido a la petición de Aurelia de reducir el número de guardaespaldas que la cuidaban.

Mientras tanto, en una clínica de las afueras, un joven yacía en una cama con la típica bata de paciente. Dormía tras una operación en el vientre desgarrado. Por fortuna, la herida no había alcanzado ningún órgano vital.

Una chica preciosa velaba el sueño del muchacho. Era Aurelia, y el joven dormido, el mismo al que había socorrido. No sabía cómo se llamaba, pero sus rasgos le resultaban extrañamente familiares.

Un segundo después negó con la cabeza, espantando el nombre que se le había cruzado por la mente. Imposible que fuera él. La persona a la que más debía evitar. Pero enseguida sintió que el pecho se le entibiaba al contemplar el rostro sereno del joven dormido.

Recordó la persecución con los pandilleros. Había logrado escapar sin demasiado esfuerzo gracias a su habilidad al volante. Después había llevado al chico a aquella clínica de las afueras: si lo trasladaba a un gran hospital, lo localizarían enseguida. Por eso optó por la clínica del extrarradio.

Observó al joven, todavía dormido por efecto de la anestesia. La herida era bastante profunda y había requerido una transfusión. La clínica no tenía reservas de sangre, así que Aurelia se ofreció a donar la suya, que era del mismo grupo que la del muchacho.

Lo admiró un instante: nariz recta, pestañas largas para ser un hombre, y una mandíbula firme, pese a que era apenas un estudiante de preparatoria.

—¿Qué es esto? —murmuró. Algo extraño se le removía por dentro al contemplar aquel rostro apuesto.

—Ah, claro. —De pronto recordó que debía avisar a algún familiar del joven.

Pero, por más que buscó alguna identificación, no encontró ni una sola pista. El muchacho no llevaba documentos, solo el escudo del colegio en el uniforme: Preparatoria del Valle. Entonces decidió llamar al colegio.

Tras pagar la factura de la clínica y avisar a la Preparatoria del Valle, Aurelia se dispuso a marcharse, con la esperanza de que, al despertar el joven, ya hubiera algún familiar para recogerlo. Así no se sentiría responsable. Quizá volviera más tarde a ver cómo seguía.

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