«Él la celaba como si fuera suya . Ella se cansó del cuento . Ahora la mafia entera hace fila... y al italiano le va a costar el imperio .»
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5
—Quiero bailar —soltó Tessa de la nada, cruzándose de brazos y mirando a Luciano con un reto directo en los ojos .
—Yo no bailo —respondió él de inmediato, recuperando su postura de tipo duro e inalcanzable. Por favor, como si el heredero Marchesi fuera a dar vueltas en una pista frente a la crema y nata de Milán.
—Oye, te llevaste a mi amigo y ahora no quieres bailar conmigo —reclamó ella, haciendo un puchero que competiría con el de Luciano de hace un momento—. Me debes una pareja de baile.
Yo, desde las sombras de la conciencia colectiva de este salón, ya estaba frotándome las manos. ¿Cuánto apuestan a que sí baila? ¡Que baile, que baile! Hagan sus apuestas, señores, porque yo conozco a este espécimen y sé que no va a aguantar la presión.
—Tessa... —advirtió Luciano, usando ese tono de advertencia que suele hacer que sus soldados se cuadren.
—Porfis, quiero bailar —insistió ella, estirando la última vocal con una ternura ilegal—. Y si tú no quieres, pues voy a tener que buscar con quién. Hay muchos caballeros libres por aquí.
¡Bum! Fin del juego. El anzuelo fue lanzado y el tiburón mordió con todo y cuerda. Luciano la tomó de la mano antes de que pudiera dar un solo paso .
—Vamos a bailar —gruñó él —. Me encanta bailar vamos .
¡Ahí está! ¡Paguen, paguen! Se los dije, les dije que bailaría. El gran capo de la mafia, el hombre que hace temblar las aduanas de Europa, domado con una sola mirada . Marcelo, que venía regresando de escoltar al modelo asustado hacia la salida, se tapó la boca para no soltar una carcajada y sacó un billete de cien euros del bolsillo, entregándoselo discretamente a uno de los guardaespaldas. Sí, hasta la seguridad tenía una quiniela sobre cuánto tardaba Luciano en ceder.
Ya en medio de la pista, bajo las luces tenues y al ritmo de una melodía clásica que la orquesta tocaba con elegancia, Tessa se dejó guiar. Pero, claro, ella no se iba a quedar callada.
—¿Por qué nunca te gustan mis amigos, Luciano? —preguntó, mirándolo hacia arriba mientras daban una vuelta lenta.
—Porque tienes pésimo gusto para elegir amigos, Tessa.
—Ay, por favor. Marcelo me cae muy bien —comentó ella como quien no quiere la cosa, apoyando su mano pequeña en el hombro del gigante—. Mmm, sí... Marcelo es muy guapo.
¿Cómo? ¿Qué dijo? ¿Guapo? Vi el momento exacto en el que el agarre de Luciano en la cintura de Tessa se tensó tanto que casi le saca el aire.
—¿Cómo que guapo? —replicó Luciano, frunciendo el ceño, con el ego herido y la mandíbula apretada.
—Bueno, tú también lo eres —añadió Tessa con una risita inocente, intentando arreglarlo—, pero los dos son como mis hermanos.
¡Uy, esa mirada! Eso no le gustó para nada a nuestro italiano. "Hermanos". La palabra maldita, el tiro de gracia, la zona de amigos en su máxima y más dolorosa expresión. El heredero del imperio joyero más importante de Europa acababa de ser metido en la caja de los hermanos mayores, y su orgullo siciliano esta sangrando en vivo y a todo color.
Luciano se detuvo un segundo en seco, obligándola a mirarlo con total seriedad. Sus ojos oscuros brillaron con una intensidad posesiva que habría hecho huir a cualquiera, pero que a Tessa solo la hizo parpadear.
—Preciosa, tú eres mi diamante más valioso —le susurró él, con una voz ronca que vibró en el pecho de la chica—. Y ninguno de esos idiotas te merece. Ninguno.
Tessa soltó un suspiro , rodando los ojos con gracia.
—Pero a este paso me voy a quedar soltera toda la vida. Seré monja .
—Me parece una excelente idea —respondió él, sin un ápice de duda y reanudando el baile con una sonrisa de suficiencia—. De hecho, yo conozco un convento muy tranquilo en la provincia de Palermo. Tiene muros altos y seguridad las veinticuatro horas. Te vendría de maravilla.
—¡LUCIANO! —lo regañó ella, dándole un suave golpe en el brazo.
—No te enojes, conejita —se burló él, usando ese apodo de la infancia que sabía que la hacía rabiar y sonreír al mismo tiempo.
Estos dos ni cuenta se han dado, metidos como están en su burbuja de discusiones y reclamos, pero absolutamente todo el salón los está mirando. Y es que, siendo honestos, son una pareja de "amigos" preciosa. El contraste entre la rudeza imponente de él y la delicadeza angelical de ella es una obra de arte.
Los fotógrafos de la prensa rosa están teniendo el día de su vida. Las cámaras captan cada movimiento, cada giro perfecto que Luciano le da en la pista, y la forma tan delicada y protectora en la que su gran mano toca la diminuta cintura de su hermosa hada. Cualquiera que los viera desde fuera apostaría su fortuna a que ese hombre está perdidamente enamorado de la mujer que sostiene.
Pero bueno, bien dicen por ahí que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y estos dos tienen los ojos vendados con el pretexto de la "amistad de la infancia". Aunque, si me lo preguntan a mí, esa venda se va a romper muy pronto, sobre todo porque Marcelo ya viene caminando hacia ellos con una cara de urgencia que no presagia nada bueno para la burbuja de amor y celos en la que están flotando.