Valentina Mendoza, una joven humilde, de corazón noble, que lucha por salir adelante y ayudar a su familia. No tiene dinero ni contactos, pero sí una dignidad que nadie podrá comprar, y por otro lado Alejandro Montenegro, un empresario multimillonario, atractivo, serio y dominante. Está acostumbrado a conseguir todo lo que desea, hasta que aparece una mujer que no se deja impresionar por su dinero.
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Capítulo 21. Una respuesta que nunca llegó
Valentina permanecía de pie frente al escritorio de Alejandro Montenegro, con aquella carpeta entre las manos y el corazón golpeándole el pecho.
El apellido de su padre seguía allí, escrito en uno de los documentos amarillentos.
Mendoza.
No podía ser una coincidencia. No después de todo lo que había escuchado. No después de descubrir que su familia podía estar relacionada con un conflicto que llevaba años oculto.
Alejandro se levantó lentamente de su silla.
—Valentina, por favor, déjame explicarte.
Ella soltó una risa breve, sin alegría.
—¿Explicarme qué, señor Montenegro? ¿Qué mi contratación no fue una casualidad? ¿Qué mientras yo me esforzaba por demostrar que merecía este trabajo, usted ya sabía algo sobre mi familia?
—No es tan sencillo.
—¡Entonces hágalo sencillo! —exclamó, dejando la carpeta sobre el escritorio—.
Míreme a los ojos y dígame la verdad. Alejandro la miró. Por primera vez, parecía no encontrar las palabras adecuadas.
—Cuando revisé tu currículum, reconocí tu apellido. Había documentos antiguos relacionados con tu padre, pero no sabía si se trataba de la misma familia. No tenía pruebas.
Valentina sintió que algo se rompía dentro de ella.
—¿Y aun así me contrató?
—Tus capacidades eran las mejores. Te contraté porque eras la persona adecuada para el puesto.
—Pero también quería descubrir quién era yo.
Alejandro guardó silencio.
Y aquel silencio fue peor que cualquier confesión.
Valentina retrocedió un paso.
—¿Sabe qué es lo más triste? Que yo llegué aquí pensando que, por primera vez, alguien me estaba dando una oportunidad sin juzgarme por mi situación económica. Pensé que todo lo que había conseguido era resultado de mi esfuerzo.—Lo es, Valentina.
—¡No puede pedirme que le crea cuando ni siquiera tuvo el valor de contarme lo que sabía!
—Tenía miedo de involucrarte en un problema que no te correspondía.
—Pues ya estoy involucrada. Y lo estoy porque usted decidió que yo no merecía conocer la verdad.
Alejandro rodeó el escritorio, pero ella levantó una mano para detenerlo.
—No se acerque.
Él se quedó inmóvil.
—No quiero perderte por algo que hizo mi familia.
Valentina lo miró con los ojos llenos de lágrimas, aunque se negó a dejarlas caer.
—Usted no puede perder algo que nunca fue suyo, Alejandro. Yo soy una persona, no una de sus propiedades.
Aquella frase lo golpeó más de lo que esperaba.
Ella tomó su bolso y se dirigió hacia la puerta.—Valentina, no renuncies. No permitas que este problema destruya lo que has conseguido.
Ella se detuvo sin girarse.
—No voy a renunciar a mi futuro por usted.
Pero tampoco voy a seguir confiando en alguien que me oculta la verdad.
Y salió de la oficina.
Alejandro permaneció solo, mirando la puerta cerrada.
Por primera vez en mucho tiempo, el hombre que podía resolver cualquier problema empresarial no sabía cómo solucionar el que tenía delante.
Su teléfono vibró.
Un mensaje de Isabella apareció en la pantalla.
«Tenemos que hablar. Mi padre ya fijó una fecha para la boda. No puedes seguir aplazando lo inevitable».
Alejandro apretó el teléfono entre sus dedos.
La boda.
La empresa.
Su familia.
Y ahora Valentina.
Todo lo que había intentado mantener bajo control comenzaba a derrumbarse.