Kristen Whittaker y Dante Macade se conocen desde que tenían seis años. Se han odiado desde entonces. Un odio a primera vista que, con los años, solo se ha vuelto más divertido… y mucho más peligroso.
Porque Dante sabe exactamente qué decir para hacerla enfurecer, y Kristen sabe perfectamente cómo devolverle el golpe. Han crecido peleando, provocándose y jurando que jamás sentirían nada diferente el uno por el otro.
Hasta que una noche, algo entre ellos cambia.
Algo que ninguno de los dos esperaba. Algo que ambos creyeron que podían olvidar.
Pero no todo se olvida tan fácilmente.
Ahora Kristen tendrá que decidir si confía en Dante lo suficiente para descubrir qué significa realmente lo ocurrido entre ellos.
Porque quizá aquella noche no cambió solo su relación.
Quizá cambió todo.
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LA ASTUCIA DE DANTE
KRISTEN WHITAKER
La cena comenzó pocos minutos después de que todos se sentaran a la mesa. Yo ocupé mi lugar junto a mamá y mantuve a Sophie en mi habitación, lejos de Dante, porque después de lo que había ocurrido en la sala no estaba dispuesta a correr el riesgo de que volviera a tocarla. Seguía enfadada con él, y aunque nadie parecía considerar aquello un asunto importante, para mí lo era. Había insultado a mi muñeca, había dicho que mi papá había elegido mal al regalármela y, para colmo, había terminado llamándome princesa con aquella sonrisa burlona que todavía me hacía querer fruncir el ceño.
Dante estaba sentado justo enfrente de mí.
Y lo peor era que parecía estar disfrutándolo.
Mientras nuestros padres hablaban sobre la mudanza, el vecindario y todas las cosas que todavía necesitaban acomodar en la casa de al lado, él apenas tocaba su comida. De vez en cuando levantaba la mirada y me observaba por encima del plato, esperando encontrarme todavía enfadada. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, aparecía en su rostro aquella pequeña sonrisa que ya empezaba a resultarme insoportable.
Yo intenté ignorarlo.
Me concentré en mi comida y mantuve la espalda derecha, tal como mamá siempre me decía que debía hacerlo cuando había invitados. No iba a darle el gusto de saber que me molestaba.
--Kristen, ¿no vas a contarle a Dante qué hiciste esta tarde?-- preguntó mamá después de unos minutos
La miré.
--No
Dante bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
--¿Por qué no?-- preguntó su madre
--Porque no tengo nada que contar
--Podrías decirle que tienes una colección de muñecas-- comentó mamá
Le lancé una mirada de advertencia. No quería hablar de mis muñecas delante de él.
Dante levantó la vista inmediatamente.
--¿Tienes muchas?
--No es asunto tuyo
Su madre le dio un pequeño toque en el brazo.
--Dante, tienes que ser amable con Kristen. Acaban de conocerse
Él asintió con una seriedad exagerada.
--Soy amable
Lo miré con incredulidad.
--No lo eres
--Sí lo soy
--No
--Sí
Mamá suspiró mientras su padre soltaba una risa.
--Parece que ya están empezando a llevarse bien-- comentó
Los dos respondimos al mismo tiempo.
--No
Eso provocó una nueva ronda de risas entre los adultos.
Yo no entendía qué tenía de divertido. Dante, en cambio, parecía encantado con la situación. Se recostó un poco en la silla y volvió a mirarme, claramente satisfecho de haber conseguido que todos prestaran atención a nuestra discusión.
Entonces hizo algo que terminó de convencerme de que era insoportable.
Tomó un trozo de zanahoria de su plato, lo sostuvo entre los dedos y señaló mi comida.
--Apuesto a que tampoco te gustan las zanahorias
Fruncí el ceño.
--Sí me gustan
--No parece
--¿Y tú qué sabes?
--Nada. Solo estoy preguntando
Su sonrisa volvió a aparecer.
Yo entendí demasiado tarde que no estaba realmente interesado en saber si me gustaban las zanahorias. Solo quería encontrar otra cosa con la que molestarme.
--Pues sí me gustan-- respondí, tratando de mantener la calma
--Entonces come una
Tomé una con el tenedor y me la llevé a la boca sin apartar los ojos de él. Dante pareció sorprendido durante un instante, pero enseguida sonrió.
--Muy bien
--¿Ves?
--Sí
--Entonces deja de molestarme
Él apoyó los brazos sobre la mesa y me observó con una expresión que, incluso a los siete años, ya tenía algo de provocación.
--Pero es divertido
No supe qué responder.
Dante volvió a reírse y yo comprendí que acababa de cometer un error. Había estado intentando demostrarle que no podía hacerme enojar, cuando en realidad acababa de descubrir exactamente lo contrario.
Pero, eso no fue lo peor que ocurrió, además del hecho de conocerlo. El mayor problema es que nuestros padres parecían agradarse; porque después de nuestra discusión ellos empezaron a hablar de varias cosas.
La madre de Dante comentó que había venido aquí con una propuesta de trabajo luego de enviar currículums cuando su esposo fue transferido.
Entonces, mi mamá pregunto a qué se dedicaba y ella comentó emocionada que era maestra.
--Dante debe de ser muy buen estudiante entonces
Su madre sonrió con dificultad. Yo lo miré en ese momento.
--En realidad había empezado el primer grado en la otra ciudad, pero tuvimos algunos problemas y como mi esposo sería transferido decidimos que hiciera el año aquí junto a los otros niños
--Pobrecito. Seguro extrañará a sus otros amigos, ¿Verdad?-- preguntó Mamá con inocencia
--No-- Respondió firme. Eso bastó para sorprenderme
--Nos mudamos dos veces antes de llegar aquí. Tuvimos algunos problemas familiares durante el último año, pero ahora nos quedaremos aquí-- Explicó su madre
--Oh, entiendo. Espero que todo se haya solucionado. Seguro que Kristen y Dante pueden ser buenos amigos-- Opinó mamá
--No-- Dijimos los dos al mismo tiempo
--Acaban de conocerse. Estoy seguro de que muy pronto serán inseparables-- Opinó papá
Yo siempre creí que él era el hombre más inteligente del mundo, porque él siempre tenía respuestas a las preguntas que a mí corta edad yo no le encontraba respuestas. Pero en ese momento dudé.
Acababa de conocer a la primera persona que me había desagradado. Y no es porque él fuera un niño, porque yo jugaba con otros niños sin inconveniente, sino porque el era lo opuesto a mí.
Dante tampoco estaba interesado en estar en casa, mucho menos en simpatizar conmigo. Aunque más tarde descubrí que él tenía una astucia que yo a esa edad no desarrollaba. Sabía ser simpático y agradarle a los adultos.
--Señora... la cena estuvo deliciosa
--Dijo que no le gustaban las zanahorias-- Opine yo enfadada
--Gracias cariño
--No sabes lo difícil que es que coma sus verduras. Estuvo delicioso, creo que por eso terminó su porción. Deberías darme la receta-- Sugirió su madre
Así fue que nuestras madres comenzaron a hablar de recetas y nuestros padres sobre un programa de pesca que los dos disfrutaban y ese fue precisamente el mayor problema...
Si nuestros padres comenzaban a tratarse más seguido podrían ser amigos y eso nos obligaría a vernos todavía más.