Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.
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Capítulo 25: Presión de cabina
La puerta blindada del motorhome de Castelli Automotive se cerró con un chasquido neumático que fulminó de golpe el aullido del Mistral y el bullicio del paddock.
En el interior, la calefacción por suelo radiante mantenía el ambiente a unos asfixiantes veintidós grados. El habitáculo privado de Matteo —un módulo de doce metros forrado en paneles de roble ahumado, cuero gris ceniza y aluminio cepillado— olía a café recién molido, a cuero limpio y a la tensión residual de dos hombres que acababan de jugarse la vida y el prestigio sobre asfalto congelado.
Matteo no soltó la muñeca de Gabriela hasta que ambos estuvieron en mitad del pasillo central, frente a la mesa de juntas retráctil.
Giró sobre sus talones y activó el cerrojo magnético con un toque seco en la pantalla táctil de la pared. La luz ambiental, calibrada en un tono blanco quirúrgico, iluminó su figura imponente: el mono de carreras seguía caído hasta la cadera, las mangas amarradas a la cintura con un nudo flojo, y la camiseta térmica negra, empapada por el sudor de la victoria, se amoldaba a cada relieve de sus pectorales y a la línea tensa de sus hombros. La pequeña costra en su labio inferior brillaba con un rastro diminuto de sangre fresca provocada por la fuerza centrífuga de la última vuelta.
Matteo respiraba hondo, hinchando el pecho mientras sus ojos avellana, dilatados por una mezcla tóxica de adrenalina y fascinación despiadada, devoraban a Gabriela:
—Quítese esa porquería de abrigo, Novak. Me está faltando el aire solo de verla parecer un saco de dormir militar en mi sala de estar.
Gabriela no se movió de inmediato. Sostuvo la mirada del piloto con una calma que parecía un insulto calculador:
—El habitáculo de su motorhome tiene un exceso térmico de cuatro grados sobre la recomendación sanitaria de la Unión Europea, señor Castelli. Si baja el termostato a dieciocho, la descompresión muscular posterior al esfuerzo será más eficiente.
—No voy a discutir sobre termostatos con usted —gruñó él en un susurro áspero, dando un paso al frente que la obligó a retroceder hasta que sus talones tocaron el zócalo del sofá de cuero—. Quítese la parka. Ahora. O se la arranco yo mismo con las manos.
La amenaza vibró en el aire caliente con una promesa física tan evidente que a Gabriela se le encendió una chispa eléctrica en el esternón.
Deslizó la cremallera de la parka verde musgo con un movimiento pausado, dejando que los dientes de plástico crujieran en el silencio del remolque. Se despojó de la prenda pesada y la arrojó sobre el respaldo del sofá con una indiferencia exquisita. Luego, con los dedos enguantados, desanudó la bufanda de lana gruesa y se quitó el gorro gris de un solo tirón.
El cabello oscuro, aprisionado durante horas, cayó en ondas pesadas sobre sus hombros, enmarcando su rostro blanco bajo la luz cenital.
Debajo del camuflaje invernal, Gabriela no llevaba su habitual jersey deforme: previendo el frío de la pasarela de Le Castellet, se había enfundado una camiseta térmica técnica de cuello cisne en negro absoluto, tan ceñida que trazaba sin piedad la curva firme de su busto, la delgadez elástica de su cintura y la postura atlética y soberbia de sus clavículas.
Las gafas de carey seguían sobre su nariz, pero el conjunto era una contradicción visual tan violenta y provocadora que Matteo sintió un nudo seco en la garganta.
El italiano se quedó inmóvil durante tres segundos, con las pupilas fijas en la línea de su cuello.
—Sabe exactamente lo que hace, ¿verdad? —susurró Matteo, bajando la voz hasta convertirla en un ronquido cavernoso mientras se acercaba un palmo más—. Se pone esa ropa monstruosa para que nadie en la oficina sospeche que debajo hay una mujer capaz de hacer que un hombre pierda el juicio en mitad de una pista.
Gabriela cruzó los brazos bajo el pecho, remarcando involuntariamente su figura, y ladeó la cabeza con una serenidad glacial:
—Me pongo ropa funcional para trabajar, señor Castelli. Si su mente hipersexualizada interpreta una prenda térmica como una invitación al desvarío, le sugiero una ducha fría en el vestuario del circuito antes de la reunión de jefes de equipo.
Matteo soltó una risa seca, rota, cargada de una autosuficiencia descarada.
Levantó la mano derecha, apoyando el pulgar justo sobre la herida de su propio labio inferior, presionando la carne viva mientras sus ojos ardían en una llamarada salvaje:
—No me hable de duchas frías, Gabriela. No cuando todavía tengo el sabor de su boca en este corte. No cuando hace veinte minutos me gritó por la radio con la autoridad de un dios de las pistas para que me tirara por el exterior de Signes a trescientos veinte por hora.
Matteo dio otro paso. La acorraló contra el respaldo del sofá, inclinándose sobre ella hasta que su pecho rozó casi la tela negra de su camiseta térmica. El calor de su piel, el olor denso a sudor limpio, goma quemada y cedro envolvieron a Gabriela en una trampa sofocante:
—Nadie grita esa orden desde un muro a menos que haya estado sentada al volante —dijo él, y sus palabras cayeron como piedras sobre el cristal—. Ningún ingeniero de escritorio, por muy graduada de Chicago que sea, tiene las agallas de jugarse la vida de su piloto en una ráfaga de viento cruzado a menos que haya sentido el volante flotar en sus propias manos.
Gabriela no desvió la mirada. Sus ojos verdes sostuvieron el fuego avellana de Matteo a escasos diez centímetros de distancia, sintiendo cómo el pulso acelerado de él vibraba en el espacio cerrado del remolque:
—Se llama comprensión vectorial de la masa, señor Castelli. Una variable que usted solo experimenta a través de la testosterona, pero que algunos comprendemos mediante el cálculo diferencial.
—¡Mentirosa! —rugió él en un susurro ardiente, atrapándole la barbilla con los dedos con una firmeza que no admitía escape—. ¡Usted corre! Corre coches o corre motos, pero no me venga con cuentos de ecuaciones. Vi sus ojos cuando Horizonte pasó a Vance. No había alivio de contable; había la sed de sangre de un competidor nato.
Gabriela sintió la quemadura de sus dedos en la piel, pero no forcejeó. En lugar de intentar zafarse, se inclinó un milímetro hacia adelante, invadiendo el espacio del piloto con una audacia tan letal que el aliento de ambos se mezcló en el aire caliente:
—Si corriera, señor Castelli... le aseguro que no necesitaría un alerón asimétrico para sacarle medio segundo en esa curva. Y usted estaría en el segundo escalón del podio mirándome la matrícula trasera.
A Matteo se le cortó la respiración.
La insolencia fue tan brutal, tan exquisitamente precisa y excitante, que un gruñido gutural escapó de su garganta. Sus dedos resbalaron de la barbilla de ella hacia la nuca, buscando enredarse en su cabello oscuro, mientras bajaba la boca con la intención ciega de devorarle los labios y ahogarle las réplicas en la garganta.
Gabriela reaccionó en una fracción de segundo.
Apoyó la palma de su mano derecha con una fuerza de acero sobre el esternón desnudo de Matteo, frenando su avance en seco. El contacto fue una descarga eléctrica directa al corazón del italiano: la piel caliente de su pecho bajo los dedos de ella, el músculo tenso resistiendo el empuje y la respiración de ambos convertida en una tormenta contenida.
—Ni se le ocurra —susurró ella, con una voz tan gélida y afilada que cortó la inercia del piloto como una cizalla de titanio—. Ya cruzamos esa línea una vez en Milán y le costó un labio roto y un expediente de seguridad que todavía tengo guardado bajo llave. La próxima vez que intente usar la fuerza física en un espacio privado de esta empresa... me aseguraré de que Christian Vance no solo se quede con su coche, sino con la presidencia ejecutiva de su división europea.
Matteo se quedó congelado contra la presión de su mano.
La miró: los pómulos encendidos por la tensión, los ojos verdes llameando de furia y orgullo tras los cristales de carey, y esa boca insolente que lo desafiaba a dar un paso más. El contraste entre la suavidad de su palma en su pecho y la ferocidad de su mirada era una droga tan destructiva que Matteo sintió que todo su imperio valía una miseria comparado con el reto de domar a esa mujer.
Soltó una carcajada baja, rasposa y oscura, sin apartar el pecho de su mano:
—Vance no se va a quedar con nada, Gabriela. Y usted tampoco me va a denunciar ante ningún comité.
Matteo bajó la mirada hacia los dedos de ella apoyados en su piel, acariciando mentalmente la fuerza de su muñeca antes de dar un paso atrás despacio, con una sonrisa lobuna que prometía una guerra prolongada:
—Esta noche cenamos en Bandol. Con Christian.
Gabriela bajó la mano con una lentitud deliberada, alisándose la camiseta térmica con la calma recuperada de un diplomático:
—El señor Vance perdió la apuesta matutina, lo que significa que el compromiso social corresponde a los directores de escudería. La secretaría técnica no tiene funciones representativas en una taberna de puerto.
—No es una taberna de puerto, Novak. Es el restaurante del Hôtel Île Rousse, tres estrellas frente a la bahía, reservado exclusivamente para la directiva de Aston Martin y Castelli —sentenció Matteo, cruzándose de brazos mientras la recorría con una fijeza insoportable—. Y usted viene conmigo. Sentada a mi derecha.
Gabriela arqueó una ceja:
—¿Para que sus rivales sigan burlándose de mi vestuario corporativo?
Matteo dio un paso lateral hacia el armario del fondo, abriendo la puerta corredera con un movimiento seco. De una percha de cedro extrajo una funda de sastrería de lona negra con el emblema de una exclusiva casa de modas de Cannes:
—No me haga reír, Novak. Vi cómo se movía con ese esmoquin negro en el Palazzo Visconti. Sé que debajo de esa lana hay una reina del sabotaje que sabe exactamente cómo vestirse cuando quiere paralizar un salón.
Arrojó la funda sobre la mesa retráctil con un chasquido sordo:
—Christian Vance cree que esta noche va a pagar una cena para intentar seducir a mi analista de datos. Quiero que se ponga lo que hay dentro de esa funda y le recuerde al señorito inglés por qué los italianos ganamos las carreras dentro y fuera del circuito.
Gabriela miró la funda negra sin tocarla. Luego levantó sus ojos verdes hacia Matteo, con una sonrisa tan fría y peligrosa que al italiano se le erizó el vello de la nuca:
—Yo no compito para salvar el ego de ningún hombre, señor Castelli. Si me siento a esa mesa... es para asegurarme de que el señor Vance firme la adenda de quince mil quinientos euros por hora del túnel de viento sin descontar un solo céntimo por su derrota de hoy.
Matteo sostuvo su mirada, devorando la estampa de esa fiera domesticada en apariencia:
—A las ocho y media en el vestíbulo del hotel, Gabriela. Y si intenta aparecer con un jersey de cuello vuelto... le juro que esta vez no va a haber radio de equipo que la salve de mí en el viaje de vuelta.
Gabriela tomó la funda con un movimiento fluido, recogió su parka verde del sofá y avanzó hacia la compuerta del motorhome con el paso firme de quien acaba de dictar los términos de una rendición condicional.
Se detuvo frente al lector biométrico, girando apenas el torso para mirarlo desde el umbral:
—A las ocho y veintiocho, señor Castelli. Y hágase curar ese labio antes de la cena; no queremos que Christian Vance piense que su director ejecutivo no sabe controlar sus propios derrapes.
La compuerta se abrió y Gabriela se desvaneció en el viento de Le Castellet, dejando a Matteo solo en el calor asfixiante del remolque, con el pecho todavía ardiendo en el punto exacto donde la palma de su mano lo había tocado y la absoluta certeza de que esa noche... la mesa de Bandol iba a ser el escenario de un choque frontal a máxima velocidad.