Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.
Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.
Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.
Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.
Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.
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CAPÍTULO 11: LA SEGUNDA BIOLUMINISCENCIA
Gael me despertó a las dos de la mañana. Con la mano en mi hombro.
Me dijo bajito: vente, mapa, está prendida otra vez.
Yo estaba todo modorro, con el pelo pegado y baba en la almohada. Le dije que no, que tenía sueño. Que ayer ya vimos la bio.
Me dijo: no es como ayer. Ayer había poquita. Hoy está toda.
Y me jaló de la hamaca. Literal me tiró al suelo.
Salimos sin playera los dos. Ya habíamos hecho el trato. Sin playera aunque hiciera fresco. Traíamos solo short. Yo descalzo, él con chanclas que se le perdían en la arena.
Punta Cocos de noche es otro planeta. No hay luz. No hay gente. Solo el ruido del mar y los cangrejos que corren y te asustan.
El agua se veía rara. Como si tuviera estrellitas adentro.
Gael entró primero. Se metió hasta la cintura y movió los brazos y el agua se prendió. Azul. Brillante. Como si hubiera tirado diamantina.
Me gritó: métete, wey, no pasa nada.
Me metí. El agua estaba fría al inicio, luego rica. Cuando moví las piernas se prendió todo a mi alrededor. Cada movimiento dejaba luz.
Nos quedamos flotando. Boca arriba. Viendo el cielo. Aquí el cielo se ve exagerado, sin contaminación. Se ven hasta las que no deberían verse.
Gael me dijo: ¿ya viste? Así te ves tú cuando te mueves en la noche. Como esto.
Le dije: ¿cómo?
Me dijo: brillas. Cuando te da pena y te mueves, brillas.
Me dio pena que me dijera eso y me hundí poquito.
Luego me dijo: quítate el short.
Le dije: ¿qué?
Me dijo: quítate el short, mapa. Nadie te ve. Solo yo y el agua. Y el agua ya te vio todo.
Me quedé tieso. Nunca me había bañado sin nada enfrente de alguien. Ni siquiera solo. Siempre con calzón, siempre tapándome.
Gael se quitó el suyo primero. Lo aventó a la arena. Se quedó sin nada y el agua le prendió alrededor de las piernas. Se veía como si estuviera flotando en luz.
Me dijo: te prometo que no me voy a reír. Te prometo que no te voy a ver con morbo. Solo quiero que veas cómo te ves sin esconderte.
Me quité el short. Me costó un chingo, me atoré con el elástico por los nervios. Lo dejé flotando.
Y me metí más al agua. Hasta el pecho. La bio se me pegó al cuerpo. En mis manchas, en mis piernas, en mi panza. Brillaba más donde tengo blanco, como si mi piel blanca agarrara más luz.
Gael se acercó nadando, despacio. Me puso la mano en la cintura, abajo del agua.
Me dijo: mírate.
Bajé la mirada. Mi cuerpo entero estaba prendido. Mis manchas parecían constelaciones. Mi mapa parecía que tenía luz propia.
Le dije: no sabía que brillaba tanto.
Me dijo: brillas un chingo, Eiden. Desde que llegaste.
Nos quedamos abrazados en el agua, sin nada, solo con luz. No fue sexual. Te lo juro que no fue sexual. Fue como si por primera vez me dejara ver entero y no pasara nada malo. Como si nadie me fuera a tomar foto ni a decirme nada.
Gael me apoyó la frente contra la mía. Tenía pestañas con gotitas.
Me dijo: así te quiero ver siempre. Sin esconderte.
Le dije: así me voy a quedar.
Y nos quedamos como media hora más, jugando a mover las manos y hacer dibujitos de luz en el agua. Yo hice una isla y él hizo un corazón bien feo que decía que era yo.
Salimos temblando de frío. Nos secamos con la misma toalla, compartida, y nos fuimos caminando sin ponernos nada hasta la casa, dejando huellitas mojadas en la arena que brillaban un segundo y luego se apagaban.
Esa noche no soñé nada. Dormí sin playera, sin short, tapado solo con la sábana delgadita.
Y por primera vez en mi vida no me tapé ni siquiera dormido.