Alexa solo recuerda tres cosas de aquella noche de verano: el calor sobre su piel, una voz grave susurrándole al oído y un tatuaje que nunca pudo olvidar.
Meses después, al comenzar la universidad, cree que está dejando atrás aquella noche… hasta que conoce a Clara y al hombre que la acompaña.
El padre de su nueva amiga tiene el mismo tatuaje.
Adrián es reservado, poderoso y demasiado peligroso para acercarse. También es el único que parece conocer la verdad sobre lo ocurrido aquel verano. Aunque intenta mantener las distancias, la tensión entre ambos se vuelve imposible de ignorar.
Mientras Alexa intenta reconstruir sus recuerdos, descubre que aquella noche no fue un encuentro sin consecuencias. Adrián la recuerda. La ha reconocido desde el primer momento. Y hay secretos que podrían destruir su amistad con Clara, separar a una familia y convertir el deseo en una condena.
Porque algunas historias de amor comienzan con un beso.
La de Alexa comenzó con algo que no puede recordar
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Entre amigas
...Alexa ...
Para cuando llegó octubre, Alexa había dejado de sentirse una visitante en la universidad.
Ya no necesitaba mirar el mapa del campus.
Ya sabía qué cafetería tenía el mejor café.
Sabía qué profesora siempre llegaba cinco minutos tarde.
Sabía qué biblioteca tenía los enchufes que funcionaban.
Y, sobre todo, sabía que si no encontraba a Emma, probablemente estaría en algún lugar comiendo algo que no había comprado ella.
—Te encontré.
Emma levantó la mirada.
—¿Qué haces aquí?
Alexa dejó su mochila sobre la mesa.
—Buscarte.
—¿Por qué?
—Porque tenemos clase en veinte minutos.
Emma miró el reloj.
—Tenemos treinta.
Alexa frunció el ceño.
—¿En serio?
—Sí.
—Entonces me voy.
—¿Qué?
Alexa tomó su mochila nuevamente.
—Te encontré. Misión cumplida.
Emma soltó una carcajada.
—Eres insoportable.
—Y aun así me quieres.
—Desgraciadamente.
Alexa sonrió.
Era verdad.
Se habían vuelto inseparables.
No había ocurrido de un día para otro.
Simplemente había sucedido.
Primero fueron compañeras de habitación.
Después compañeras de clase.
Luego amigas.
Y, sin darse cuenta, habían llegado al punto en que una sabía cuándo la otra estaba teniendo un mal día con solo mirarla.
Alexa sabía que Emma se mordía el interior de la mejilla cuando estaba nerviosa.
Emma sabía que Alexa se quedaba demasiado callada cuando algo le molestaba.
Alexa sabía que Emma odiaba el café demasiado amargo.
Emma sabía que Alexa siempre robaba el último trozo de chocolate.
Y ninguna de las dos pensaba disculparse por ello.
También habían formado un pequeño grupo.
Estaba Lucas, que podía hablar durante veinte minutos sin respirar.
Sofía, que parecía conocer a todo el campus.
Y Mateo, que tenía una facilidad preocupante para convertir cualquier situación normal en un desastre.
Los cinco solían juntarse después de clases.
A veces para estudiar.
Casi nunca estudiaban.
—Tenemos que hacer el trabajo —recordó Sofía una tarde.
—Sí —respondió Mateo.
—¿Entonces por qué estás jugando?
Mateo levantó la mirada de su teléfono.
—Estoy buscando inspiración.
—Estás jugando.
—La inspiración puede aparecer en cualquier parte.
Alexa negó con la cabeza.
—Voy a terminar haciendo todo yo.
—Yo te ayudo —dijo Emma.
—Tú vas a copiarme.
—Eso también es una forma de ayuda.
Alexa soltó una carcajada.
La vida universitaria había empezado a sentirse así.
Ruidosa.
Desordenada.
Llena de pequeños momentos que no parecían importantes mientras ocurrían.
Pero que terminaban convirtiéndose en recuerdos.
Una tarde, Emma entró en la habitación y encontró a Alexa frente al espejo.
—No.
Alexa se giró.
—¿Qué?
—No puedes salir así.
Alexa miró su ropa.
Llevaba unos jeans y una camiseta negra.
—¿Qué tiene de malo?
—Nada.
Emma abrió su armario.
—Pero vas a salir conmigo.
—¿Y?
—Necesitas algo mejor.
—¿A dónde vamos?
—A cenar.
—¿Y por qué necesito verme mejor para cenar?
Emma sacó una blusa.
—Porque vamos a encontrarnos con gente.
—Emma.
—Póntela.
—No.
—Alexa.
—No.
Emma la miró fijamente.
Alexa suspiró.
—Está bien.
—Sabía que aceptarías.
—No confundas cansancio con obediencia.
Emma sonrió.
—Lo que digas.
Diez minutos después, Alexa salió del baño con la blusa puesta.
Emma la miró.
—Te queda increíble.
Alexa se observó en el espejo.
—Sí.
—¿Eso fue un agradecimiento?
—No.
—Lo tomaré como uno.
Alexa sonrió.
—Gracias.
La noche terminó siendo mucho más divertida de lo esperado.
Comieron.
Hablaron.
Se burlaron unos de otros.
Y cuando regresaron a la residencia, Alexa y Emma se dejaron caer sobre las camas.
Durante unos minutos permanecieron en silencio.
Hasta que Emma giró la cabeza.
—¿Te gusta alguien?
Alexa la miró.
—¿Qué?
—Un chico.
—No.
—Mentira.
—No es mentira.
Emma se incorporó.
—Alexa, llevamos meses juntas. Sé cuándo estás mintiendo.
—No estoy mintiendo.
—Entonces dime quién te gusta.
Alexa tomó una almohada y se la lanzó.
Emma la atrapó.
—¡Eso confirma mis sospechas!
—No confirma nada.
—¿Es alguien de la universidad?
—No.
—¿Entonces?
—Nadie.
Emma la observó durante unos segundos.
—¿Nunca has tenido un chico que realmente te gustara?
Alexa se quedó pensativa.
La pregunta parecía sencilla.
Pero, por alguna razón, su mente viajó durante un instante hacia una imagen que no lograba comprender.
Una playa.
Oscuridad.
Una voz masculina.
Un tatuaje.
Parpadeó.
La sensación desapareció.
—No sé —respondió finalmente.
Emma frunció el ceño.
—¿Cómo que no sabes?
—No sé.
—Eso no es una respuesta.
Alexa sonrió.
—Es la única que tengo.
Emma se dejó caer sobre la cama.
—Bueno. Entonces yo te conseguiré uno.
—No necesito uno.
—Todo el mundo necesita uno.
—Yo no.
—¿Y si aparece?
Alexa levantó una ceja.
—Entonces veremos.
Emma sonrió.
—¿Y qué tendría que tener para gustarte?
Alexa se cruzó de brazos.
—No sé.
—Vamos.
—Que sea divertido.
—Bien.
—Que no sea arrogante.
Emma hizo una mueca.
—Difícil.
—Que tenga sentido del humor.
—Eso es básico.
—Que me haga sentir cómoda.
Emma dejó de bromear durante un segundo.
—Eso es importante.
Alexa asintió.
—Sí.
—¿Y físicamente?
—Emma.
—¡Es una pregunta válida!
Alexa soltó una carcajada.
—No sé.
—¿Alto?
—Quizá.
—¿Cabello oscuro?
Alexa se quedó quieta.
No sabía por qué esa pregunta había provocado una pequeña sensación en su pecho.
—Sí —respondió finalmente.
Emma sonrió.
—Lo sabía.
—No sabes nada.
—¿Barba?
—Puede ser.
—¿Tatuajes?
Alexa levantó la mirada.
Esta vez el recuerdo apareció con mayor claridad.
Un tatuaje oscuro.
Debajo de las costillas.
Una piel cálida.
Una noche de verano.
Alexa sintió un escalofrío.
—Sí —dijo en voz baja.
Emma sonrió.
—Perfecto. Ya tenemos el perfil.
Alexa se rio.
—No es un perfil.
—Alto, cabello oscuro, divertido, sin arrogancia y tatuajes.
—No dije que tuviera que tener tatuajes.
—Acabas de decir que sí.
Alexa negó con la cabeza.
—Olvídalo.
Emma la miró con curiosidad.
—¿Por qué?
—Porque no importa.
Y esta vez no quiso explicar más.
Emma respetó el silencio.
No sabía que aquella pequeña conversación había rozado una parte de la memoria de Alexa que todavía permanecía escondida.
Al día siguiente, Alexa encontró una chaqueta de Emma sobre su cama.
—¿Puedo usarla?
Emma ni siquiera levantó la mirada de sus apuntes.
—Sí.
—¿Y si la mancho?
—La lavas.
—¿Y si la rompo?
—Te mato.
Alexa se la puso.
—Perfecto.
Emma sonrió.
Era así entre ellas.
Compartían ropa.
Comida.
Apuntes.
Secretos.
Preocupaciones.
Y hasta silencios.
Cuando una estaba cansada, la otra lo entendía.
Cuando una necesitaba estudiar, la otra bajaba el volumen.
Cuando alguna tenía un mal día, la otra aparecía con comida.
No necesitaban decir demasiado.
Se habían convertido en hogar dentro de un lugar que todavía era nuevo para ambas.
Y Alexa, que había llegado a aquella universidad buscando independencia, jamás había imaginado encontrar algo más.
Una amiga.
Una familia improvisada.
Una persona con quien podía ser ella misma.
Sin reglas.
Sin explicaciones.
Sin miedo.
Por ahora, todo parecía sencillo.
Y quizá por eso Alexa no podía imaginar que aquella tranquilidad no duraría para siempre.
Porque algunas personas llegan a nuestra vida como una casualidad.
Y otras llegan como una consecuencia.
Alexa todavía no sabía cuál de las dos sería Adrián.
en mi país un hombre de 39 años con una menor sería pedofilia si hubo sexo