Dante Herrera es el jefe de la mafia más temida de España: frío, implacable, dueño de todo lo que desea. Hasta que una emboscada lo deja al borde de la muerte y el destino lo arroja al último lugar donde alguien como él debería aparecer… el patio de un convento.
Quien lo encuentra medio muerto es Mary, una novicia de dieciocho años criada entre rezos, huérfana y entregada por completo a Dios. Ella jura salvarlo. Nunca imaginó que, al hacerlo, pondría en peligro lo único que creía intocable: su fe, sus votos y su propio corazón.
Él aprendió a sobrevivir en un mundo de sangre y traición. Ella aprendió a amar sin pedir nada a cambio. Entre ellos hay un abismo —el altar y el crimen, el cielo y el pecado— y una atracción que ninguno de los dos sabe cómo detener.
Pero los enemigos del pasado no olvidan, y una venganza silenciosa se acerca a la familia Herrera. Cuando la guerra estalle, Mary tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por un hombre que jamás debió amar.
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Capítulo 15 — Un Mafioso en el Convento
Entre el Cielo y el Pecado
Mary:
Estoy en pecado.
Aquella frase resonaba dentro de mi mente desde que los labios de Dante Herrera tocaron los míos.
Debería estar arrepentida.
Debería estar llorando frente al altar, implorando perdón por haber permitido que mi corazón se desviara.
Pero no lo estaba.
Y eso me asustaba más que cualquier otra cosa.
Porque por primera vez en toda mi vida…
No me arrepentía.
El pasillo de la mansión estaba en silencio cuando nuestras miradas se encontraron de nuevo.
Todos estaban distraídos en la sala de cine improvisada por doña Consuelo.
Risas.
Conversaciones.
El sonido distante de una película cualquiera.
Pero yo solo lograba ver a Dante.
Sus ojos oscuros estaban clavados en los míos.
Intensos.
Decididos.
Como si él hubiera tomado una decisión.
Mi corazón se aceleró.
Entonces caminó hacia mí.
Sin llamar la atención.
Sin levantar sospechas.
Solo se acercó y dijo en voz baja:
—Necesito hablar contigo.
Todo mi cuerpo se tensó.
Aun así lo seguí.
Subimos las escaleras en silencio.
Cada escalón parecía alejarme un poco más de la mujer que creía ser.
Cuando me di cuenta, estábamos frente a la puerta de su habitación.
Dante entró primero.
Yo dudé.
Pero entré enseguida.
En cuanto la puerta se cerró, el silencio se apoderó del ambiente.
Mi corazón latía tan fuerte que tenía la certeza de que él podía oírlo.
—Mary…
La forma en que pronunció mi nombre hizo que me flaquearan las piernas.
Levanté los ojos.
Y encontré los suyos.
Llenos de sentimientos que ya no escondía.
—Tienes que dejar de mirarme de esa manera.
Mi voz salió más débil de lo que pretendía.
Él dio un paso al frente.
—¿Y cómo debería mirar a la mujer que amo?
Mi corazón simplemente se detuvo.
Amo.
Dijo amo.
No deseo.
No atracción.
No pasión.
Amor.
Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas.
—Dante…
—No. Escúchame.
Sostuvo mis manos con cuidado.
Como si yo fuera algo precioso.
—Intenté luchar contra esto.
—Yo también.
—Intenté olvidarte.
—Yo también.
Una sonrisa triste asomó en sus labios.
Entonces se acercó más.
—Pero no puedo.
Me dolió el pecho.
Porque yo tampoco podía.
No podía olvidar sus ojos.
Su voz.
Su sonrisa.
La forma en que me protegía.
La forma en que me miraba.
Como mujer.
No solo como una monja.
—Te amo, Mary.
Las lágrimas cayeron.
—Y eso me asusta.
—A mí también me asusta.
Llevó la mano hasta mi rostro.
Secando mis lágrimas.
—Pero no voy a mentirte.
Su expresión se volvió seria.
—Mi vida no es normal.
Yo sabía exactamente de qué estaba hablando.
De la mafia.
Del imperio Herrera.
Del mundo peligroso al que él pertenecía.
—En mi mundo no existen los noviazgos.
La frase me sorprendió.
—¿Qué?
—Cuando un hombre Herrera elige a una mujer…
Respiró hondo.
—La elige para toda la vida.
Mi corazón se disparó.
—Si algún día decides dejar tu hábito…
Sostuvo mis manos con más firmeza.
—Me caso contigo.
El mundo pareció detenerse.
Yo solo lo miré.
Sin poder responder.
Sin poder respirar.
Matrimonio.
Familia.
Una vida a su lado.
Todo aquello parecía imposible.
Pero, por primera vez…
También parecía deseable.
Dante acercó su frente a la mía.
—No te estoy pidiendo una respuesta ahora.
Su voz era suave.
—Solo te estoy diciendo la verdad.
Cerré los ojos.
Sintiendo la sinceridad en cada palabra.
Entonces sus labios tocaron los míos otra vez.
Un beso dulce.
Calmo.
Lleno de cariño.
Sin prisa.
Sin exigencias.
Como una promesa silenciosa.
Cuando nos separamos, yo ya estaba completamente perdida.
Perdida entre el llamado de Dios.
Y el hombre que había conquistado mi corazón.
Poco después salí de la habitación.
Necesitaba pensar.
Necesitaba rezar.
Necesitaba entender qué me estaba pasando.
Cuando entré en mi cuarto, me arrodillé frente a la pequeña cruz.
Sostuve mi rosario.
Cerré los ojos.
E intenté rezar.
Pero cada vez que empezaba una oración…
El rostro de Dante aparecía.
Su sonrisa.
Su voz.
Su promesa.
Me caso contigo.
Las lágrimas volvieron.
Pero esta vez no eran de tristeza.
Eran de miedo.
Esperanza.
Y amor.
Esa misma noche, los otros corazones de aquella casa también empezaban a cambiar.
En el jardín, Pietro y Natalia discutían por décima vez ese día.
Pero ya nadie creía que aquello fuera solo picardía.
Sobre todo cuando Pietro se quitó su propia chaqueta para protegerla del frío.
Y Natalia aceptó sin quejarse.
Por primera vez.
En la biblioteca de la mansión, Giovanni observaba a Bárbara.
Ella fingía leer.
Él fingía buscar un libro.
Ninguno de los dos engañaba a nadie.
—¿Vas a seguir ignorándome?
—¿Vas a seguir persiguiéndome?
—Sí.
—Qué hombre insoportable.
—Gracias.
Bárbara puso los ojos en blanco.
Pero escondió una sonrisa.
Y Giovanni lo notó.
Lo suficiente para sonreír el resto de la noche.
Kevin y Graziela estaban sentados en la terraza.
Conversando sobre sueños.
Sobre miedos.
Sobre el futuro.
Sin provocaciones.
Sin coqueteos exagerados.
Solo dos almas aprendiendo a conocerse.
Y tal vez…
Empezando a disfrutar de la compañía del otro más de lo que debían.
Mientras tanto, doña Consuelo lo observaba todo desde la ventana.
Una sonrisa satisfecha asomó en sus labios.
Su misión secreta funcionaba mejor de lo que imaginaba.
Porque en aquella mansión…
No era solo el amor de Dante y Mary lo que florecía.
Era el de todos ellos.
Y tal vez, por primera vez en mucho tiempo…
El destino estuviera escribiendo una historia completamente distinta de la que habían planeado para sí mismos.