Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 4: El Eco del Silencio
Las estancias de la Torre Este resultaron ser un contraste absoluto con la imagen atroz que Melany se había formado del imperio. No era una celda húmeda ni oscura; era un aposento circular de dimensiones generosas, amueblado con maderas nobles pulidas, cortinas de terciopelo borgoña, una cama amplia con doseles de seda y una chimenea de piedra en la que el fuego crepitaba alegremente, expulsando un aroma reconfortante a madera de pino.
En una mesa lateral había jarras de vino especiado, frutas frescas, pan caliente y carnes asadas. Los sirvientes imperiales, mujeres jóvenes de rostros serenos, entraban dos veces al día para cambiar los recipientes de agua, reponer la leña y dejar vestidos limpios confeccionados con las telas más suaves que Melany hubiera tocado jamás. Sin embargo, ninguna de ellas le dirigía la palabra; solo inclinaban la cabeza en señal de respeto y salían en silencio.
Los primeros tres días fueron una verdadera tortura psicológica para la princesa.
Melany caminaba de un lado a otro sobre la alfombra, sintiéndose como un felino atrapado en una jaula bañada en oro.
"¿Por qué hace esto?", se preguntaba una y otra vez mientras miraba el fuego. "¿Es una táctica para ablandar mi mente? ¿Quiere hacerme descuidar la guardia antes de interrogarme? ¿Por qué un hombre que dicen que masacra pueblos le ofrece mantas de lana y comida caliente a la mujer que intentó apuñalarlo?"
El odio que Melany había albergado durante tres años comenzaba a chocar contra una muralla de confusión. Lo que más la atormentaba no era el encierro, sino la constante e involuntaria intrusión de la figura de Antonio en sus pensamientos. Recordaba la profundidad de su voz grave, la fuerza contenida en la mirada de sus ojos dorados y la extraña sensación de calor que había experimentado cuando sus dedos tocaron su barbilla. Se sentía profundamente avergonzada por recordar esos detalles con tanta nitidez, forzándose a recordar los rostros de los soldados caídos de Aethelgard para mantener vivo su rencor.
Durante la mañana del quinto día de cautiverio, buscando desesperadamente una forma de distraer su mente, Melany exploró con más detalle la estructura de su celda de lujo. Tras desempolvar una pesada cortina de terciopelo que cubría un rincón posterior de la torre, descubrió una pequeña puerta de madera reforzada con arcos de piedra. Para su sorpresa, la puerta no tenía cerrojo por fuera.
Al empujarla, un viento helado le acarició el rostro. La puerta conducía a un balcón privado de piedra que sobresalía de la muralla trasera del castillo imperial.
Melany se abrazó a sí misma para protegerse del frío y caminó hasta la balaustrada. Desde esa altura, la vista era panorámica y sobrecogedora. A lo lejos se erigían los picos nevados de las montañas de Solaria. Sin embargo, al bajar la mirada hacia la base de las murallas exteriores, Melany se quedó petrificada.
Esperaba ver campamentos militares, catapultas, forjas de armas y batallones marchando listos para aplastar a su patria. En su lugar, lo que se extendía sobre la llanura era un asentamiento gigantesco formado por miles de tiendas de campaña blancas y chozas de madera improvisadas.
Cientos de personas caminaban entre los pasillos del asentamiento. Con la ayuda de la vista despejada, Melany observó los detalles: había ancianos sentados al fuego, mujeres lavando ropa en grandes tinas y docenas de niños corriendo con juguetes de madera. A lo largo del campamento se levantaban carpas con banderas medicinales donde personas vestidas con túnicas blancas atendían a heridos.
Carretas marcadas con el sello del imperio llegaban constantemente, descargando sacos de grano, hortalizas y gruesas mantas que eran distribuidas de forma ordenada entre la gente.
Melany se agarró con fuerza a la piedra fría del balcón, sintiendo cómo sus esquemas mentales se fracturaban.
—Es un campamento de refugiados... —susurró para sí misma, incrédula.
Observó con más atención y el corazón le dio un vuelco al reconocer las vestimentas tradicionales de varios de los refugiados: eran túnicas con los bordados florales característicos de los pueblos fronterizos de Aethelgard. Las mismas personas que según su padre habían sido exterminadas por las tropas imperiales estaban allí abajo, recibiendo alimento, medicinas y abrigo bajo las órdenes del imperio enemigo.