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Señor Valdés, quiero el divorcio

Señor Valdés, quiero el divorcio

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / Juego de roles / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:11
Nilai: 5
nombre de autor: Alma Varela

El día de su cumpleaños, Elena Robles recibe decenas de felicitaciones. Ninguna viene de su esposo.
Mientras ella espera un abrazo, sus mellizos preparan un regalo para Marina, la media hermana de Elena. Adrián Valdés también tiene claras sus prioridades: Marina siempre va primero.
Después de años intentando ganarse un lugar en su propia familia, Elena deja su anillo junto a los papeles del divorcio y se marcha. Esta vez, no busca que él la siga. Quiere recuperar su vida.
Vuelve a la empresa tecnológica que ayudó a fundar y retoma la carrera que dejó por su matrimonio. Quienes la subestimaban solo conocían a una esposa callada. Están a punto de descubrir de lo que es capaz.
Adrián está acostumbrado a que Elena siempre lo espere.
¿Qué hará cuando ella deje de hacerlo?

NovelToon tiene autorización de Alma Varela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3. Dejó de llamarlos

Javier Molina, uno de los asistentes de confianza de Adrián, leyó el encabezado de la carta.

Renuncia.

Volvió a mirar la firma. Era de Elena.

Era de los pocos empleados que sabían que Elena estaba casada con el dueño del grupo. También sabía que Adrián no la quería y que, durante años, había evitado incluso pasar tiempo con ella en casa.

Elena había solicitado trabajar a su lado. Su primera intención era convertirse en su asistente personal, pero Adrián se había negado. Ni la intervención de su abuelo había conseguido hacerlo cambiar de opinión.

Al final, ella se incorporó al equipo de asistentes administrativos.

Javier había temido que utilizara su matrimonio para imponer sus condiciones o alterar el funcionamiento de la oficina.

Se había equivocado.

Elena sí buscaba momentos para acercarse a Adrián, pero elegía la ocasión y nunca llevaba las cosas demasiado lejos. En el trabajo era seria y eficiente. Incluso durante el embarazo y después del nacimiento de los mellizos, había seguido los procedimientos de la empresa sin exigir privilegios.

Con los años llegó a coordinar su equipo.

Durante años la había visto buscar cualquier ocasión para estar cerca de Adrián. No se le ocurrió que pudiera haber decidido irse por sí misma.

Dio por hecho que su jefe se lo había ordenado.

Ni siquiera le preguntó.

Era una lástima perder a alguien tan competente, pero no le correspondía discutirlo.

—Recibo tu renuncia. Voy a buscar a alguien que pueda hacerse cargo de tus tareas cuanto antes.

—Gracias.

Elena volvió a su escritorio.

Más tarde, Javier se conectó con Adrián para informarle de varios asuntos. Al terminar, recordó la carta.

—Por cierto, señor Valdés, sobre...

Quería saber cuándo debía salir Elena. Si Adrián prefería que no volviera al día siguiente, tendría que organizarlo de inmediato.

Pero recordó las instrucciones que su jefe había dado desde el primer día: cualquier asunto laboral de Elena debía tratarse según las normas de la empresa. No necesitaban consultarle.

Adrián había mantenido esa postura durante años. No preguntaba por ella y, cuando se cruzaban en la oficina, la trataba como a una desconocida.

Antes de ascenderla, Javier y otros responsables habían mencionado el tema por precaución. Adrián se había mostrado molesto.

«Si cumple con los requisitos, háganlo. No voy a intervenir. Y dejen de consultarme sus asuntos».

—¿Sobre qué? —preguntó Adrián, al ver que no continuaba.

—Nada más, señor.

Javier seguía convencido de que él ya sabía lo de la renuncia. Si no había dado ninguna indicación, aplicaría el procedimiento habitual.

Adrián terminó la videollamada.

***

Al mediodía, una compañera tocó el hombro de Elena.

—¿En qué piensas?

—En nada —respondió ella con una pequeña sonrisa.

—¿Hoy no vas a llamar a tus hijos?

—Hoy no.

Sus compañeros sabían que hablaba con ellos dos veces al día: de madrugada y durante la pausa para comer. Lo que casi ninguno sabía era que el padre de los niños también era su jefe.

Después del trabajo, Elena pasó por el mercado del barrio. Compró verduras y dos macetas pequeñas, una de hierbabuena y otra de romero. En la panadería eligió una rebanada de pastel de limón, su favorito.

En casa acomodó las plantas junto a la ventana y puso música acústica a volumen bajo mientras preparaba la cena. Antes solía escoger lo que les gustaba a Adrián y a los niños. Esa noche había comprado lo que quería ella.

Después de cenar, probó el pastel y encendió la computadora. Buscó información sobre la próxima feria de tecnología y, al terminar, hizo una llamada.

—Guárdame una entrada para la feria del próximo mes.

La respuesta fue seca.

—¿Estás segura? Las dos últimas veces me pediste lo mismo y no viniste.

Elena no respondió enseguida.

Las entradas eran limitadas. Muchas empresas recibían apenas unas cuantas invitaciones y sus mejores profesionales se disputaban cada lugar. Había gente que llevaba años esperando una oportunidad así.

—Si vuelvo a faltar, no te pediré otra.

Al otro lado guardaron silencio y colgaron.

Elena entendió que habían aceptado. Sonrió.

Lo que todavía no había dicho era que quería volver a la empresa que había ayudado a fundar.

Era cofundadora de aquella compañía. Cuando el proyecto apenas empezaba, había elegido casarse, tener hijos y dedicarse a la familia. Su salida había alterado los planes de todos y les había hecho perder oportunidades importantes.

Sus compañeros habían pasado del enojo a la decepción. Con los años, casi habían dejado de hablarse.

Elena quería regresar, pero llevaba demasiado tiempo lejos del trabajo técnico. Temía no poder seguir el ritmo del equipo.

Primero necesitaba ponerse al día. Estudiar lo que había cambiado en el sector. Recuperar confianza antes de prometer algo que quizá no pudiera cumplir.

Durante los días siguientes trabajó con normalidad en el Grupo Valdés. Al salir, se dedicaba a sus propios asuntos.

Pasó un día sin llamar a Adrián ni a los niños. Después otro.

El teléfono no sonó.

Ninguno preguntó por qué había dejado de llamarlos.

Desde hacía más de medio año, Elena iniciaba todas las conversaciones. Al detenerse, también se había detenido el contacto.

***

En Madrid, Lucía y Mateo se habían acostumbrado a llamar a Marina por las mañanas.

Ese día se sentaron juntos en la cama de Lucía para hablar con ella. Poco después, la niña rompió a llorar.

—¡Marina se va a México!

Mateo se acercó al teléfono.

—¿Te vas mañana? ¿Cuándo te vamos a volver a ver?

Marina confirmó que tenía que regresar.

Cuando terminó la llamada, Lucía abrazó su cerdito de peluche y marcó el número de Adrián. Mateo se quedó a su lado.

—Papá, ¿ya sabías que Marina se va?

Adrián revisaba unos documentos en su oficina.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace unos días.

—¡Eso no se vale! —protestó Lucía—. ¿Por qué no nos dijiste?

Mateo esperó a que Lucía dejara de hablar.

—Papá, ¿nosotros nos vamos a quedar aquí cuando Marina se vaya?

Él quería saber qué había decidido su padre. Si regresaban a México, podrían seguir viéndola.

Adrián siguió pasando las páginas.

—Ya me estoy encargando.

Los niños dejaron de hablar.

—¿De qué? —preguntó Lucía entre sollozos.

—Volvemos la próxima semana.

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