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Nadie Lloró Por Ella.

Nadie Lloró Por Ella.

Status: Terminada
Genre:Policial / Escena del crimen / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.

Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.

En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.

Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.

Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.

Novela 100% mía, acepto correcciones🤞

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

7. La voz al otro lado de la cinta.

No vuelvo a casa inmediatamente.

Camino durante casi veinte minutos sin tener muy claro hacia dónde voy, con el teléfono apretado entre los dedos y la fotografía ampliada ocupando toda la pantalla.

La mujer del abrigo claro sigue allí.

Inmóvil.

Observándome desde detrás de los árboles.

Cada vez que intento distinguir su rostro, la imagen se pixela. La fotografía fue tomada desde cierta distancia y la sombra de las ramas cubre buena parte de sus facciones. Sin embargo, hay un detalle que no consigo ignorar: la estrella que lleva colgada del cuello.

La misma estrella.

La misma cadena.

El mismo símbolo que aparece en las fotografías de Mara y en aquella imagen de mi infancia que encontré escondida entre las cosas de mi madre.

Quiero creer que se trata de una coincidencia.

Pero las coincidencias no suelen enviarte mensajes anónimos después de fotografiarte a escondidas junto a tu mejor amigo.

Y mucho menos te advierten que no regreses al lugar donde una chica murió hace diez años.

Me detengo frente al escaparate de un negocio cerrado y observo mi reflejo en el cristal.

Tengo el cabello revuelto por el viento, los ojos enrojecidos y una expresión que apenas reconozco. Parezco alguien que lleva días sin dormir.

Quizá porque eso es exactamente lo que estoy haciendo.

Saco el teléfono y vuelvo a leer el último mensaje.

No vuelvas a la mansión, Abril.

La próxima vez que entres, no habrá nadie para sacarte.

¿Quién me sacó de la mansión?

Mateo no lo recuerda.

Mi madre no quiere hablar de ello.

Y Gael…

Gael sabe mucho más de lo que ha confesado.

Me guardo el teléfono en el bolsillo y continúo caminando.

No voy a regresar a la mansión.

Al menos, no hoy.

Primero necesito escuchar la cinta.

Después decidiré qué hacer con lo que encuentre.

Porque, por primera vez desde que empezó todo esto, tengo algo que nadie puede quitarme con una amenaza: una prueba.

Una prueba que lleva mi nombre.

Y que, según un desconocido, contiene mi propia voz.

Cuando llego a casa, mi madre está en la cocina.

Tiene una taza entre las manos y mira por la ventana con tanta atención que tarda unos segundos en advertir mi presencia. Al verme, deja la taza sobre la mesa.

—¿Dónde estabas?

—Caminando.

—Te llamé dos veces.

Saco el teléfono y compruebo las llamadas perdidas. Dos de ella. Una de Mateo.

—No lo escuché.

Mi madre me observa en silencio.

—¿Fuiste a ver a Mateo?

No respondo.

No necesito hacerlo.

Ella baja la mirada y se frota las manos, como si intentara quitarse algo que no puede ver.

—Abril, te pedí que no siguieras con esto.

—Y yo te pedí que me contaras la verdad.

—No siempre es tan sencillo.

—¿Por qué nadie puede contestar una pregunta sin decirme eso?

Mi voz suena más cansada que furiosa.

Mi madre suspira.

—Porque hay cosas que no se pueden arreglar una vez que salen a la luz.

—¿Y qué pasa si ya están afuera?

Se queda quieta.

Entonces comprende que sé algo más.

—¿Qué encontraste?

La observo con atención.

No le pregunto cómo sabe que encontré algo. Ya conozco la respuesta: me ha visto llegar con la misma expresión que tenía anoche, cuando descubrí la fotografía.

—Una cinta de casete —digo.

Mi madre palidece.

Es una reacción pequeña, casi imperceptible. Un cambio en la expresión, un movimiento involuntario de sus dedos, una respiración que se interrumpe a mitad de camino.

Pero lo veo.

Y eso es suficiente.

—¿Qué cinta? —pregunta.

—Una que lleva mi nombre.

Ella se levanta.

—Dámela.

La rapidez con la que lo dice me hace retroceder un paso.

—¿La conocés?

—Abril, por favor.

—¿La conocés?

Mi madre mira hacia el pasillo. Después, hacia la ventana. Por un instante, parece estar escuchando algo que yo no puedo oír.

—No deberías escucharla.

Siento un nudo en la garganta.

—¿Por qué?

—Porque no sabés qué hay en ella.

—Precisamente por eso quiero escucharla.

—Hay recuerdos que pueden hacerte daño.

—¿Qué recuerdos, mamá? ¿Los de la noche en que murió Mara? ¿Los de la mansión? ¿Los de esa mujer que aparece en todas las fotografías?

Mi madre se queda inmóvil.

He hablado demasiado.

Lo sé por su expresión.

Pero ya no puedo detenerme.

—¿Quién es la mujer de la estrella?

Ella cierra los ojos.

—No lo sé.

La respuesta me enfurece.

—¡Dejá de mentirme!

—¡No te estoy mintiendo!

Su grito me hace callar.

Durante unos segundos, nos miramos sin decir nada.

Después, mi madre se lleva una mano a la frente y respira profundamente.

—No sé dónde está Inés ahora —dice al fin—. No sé si la mujer de la fotografía es ella. Y no sé quién te está enviando esos mensajes.

—Pero sabés qué pasó en la mansión.

No responde.

—Mamá.

—Sé que esa noche cambió muchas vidas.

—¿Incluida la mía?

Me mira.

Y en sus ojos encuentro algo que me desarma mucho más que sus lágrimas.

Culpa.

—Especialmente la tuya.

Quiero preguntarle qué significa eso. Quiero exigirle que deje de hablar con frases incompletas, que deje de esconderse detrás de advertencias y que me diga, de una vez por todas, qué ocurrió.

Pero mi teléfono vibra antes de que pueda hacerlo.

Es un mensaje de Mateo.

Encontré un reproductor. Vení cuando quieras. Tenemos que escucharla.

Miro a mi madre.

Ella también ha visto la pantalla.

—No vayas —susurra.

Esta vez no hay enojo en su voz.

Solo miedo.

Un miedo tan profundo que por un instante vuelvo a sentirme pequeña, como si tuviera nueve años y estuviera a punto de entrar en una habitación donde todos los adultos saben algo terrible que yo todavía no comprendo.

Me acerco a la mesa y recojo mi teléfono.

—Voy a escuchar esa cinta.

Mi madre no intenta detenerme.

Solo me toma de la muñeca antes de que llegue a la puerta.

—Si escuchás tu voz, Abril, no des por hecho que recordás lo que pasó.

La miro, confundida.

—¿Qué querés decir?

Ella me suelta lentamente.

—Que una voz puede decir muchas cosas. Incluso cosas que quien las dice no comprende.

No sé si es una advertencia o una confesión.

Y, a estas alturas, ya no estoy segura de que exista alguna diferencia.

Mateo vive a unas pocas calles de mi casa.

Cuando llego, la puerta del garaje está abierta y una radio antigua suena a un volumen tan bajo que apenas distingo la melodía. Él está sentado en un banco de madera, junto a una mesa cubierta de herramientas, cajas y objetos que parecen llevar años acumulando polvo.

Sobre la mesa hay un reproductor de casetes.

Y junto a él, la caja de metal.

Mateo levanta la cabeza cuando me ve.

—Pensé que no vendrías.

—Yo también.

No sonríe.

Me acerco a la mesa y dejo el teléfono boca abajo. No quiero que ninguna notificación interrumpa lo que estamos a punto de hacer.

La cinta está dentro de la caja, exactamente donde la dejé.

La etiqueta amarillenta parece todavía más antigua bajo la luz blanca del garaje.

ABRIL — ESCUCHAR CUANDO RECUERDE.

Mateo se sienta frente al reproductor.

—Antes de empezar, quiero decirte algo.

—Si es otra explicación de por qué me mentiste, ahorrátela.

—No. Es algo que encontré anoche.

Saca una hoja de papel de su bolsillo y la coloca sobre la mesa.

Es una fotocopia de un documento viejo. Tiene un sello municipal casi ilegible y varias líneas mecanografiadas. En la parte superior aparece una fecha: 22 de octubre, diez años atrás.

Debajo, una frase subrayada con tinta roja.

Se deja constancia de que la menor involucrada no realizará declaración complementaria.

Más abajo hay un nombre.

El mío.

Siento que el estómago se me encoge.

—¿Qué es esto?

—Una copia de un documento del expediente de Mara.

—¿Por qué aparece mi nombre?

—No lo sé.

—Mateo.

—Te juro que no lo sé. La copia estaba entre los papeles de mi padre.

Leo la frase una vez más.

La menor involucrada.

No dice testigo.

No dice familiar.

No dice amiga.

Dice involucrada.

—¿Mi madre firmó esto?

Mateo señala la parte inferior de la hoja.

Hay una firma.

Elena Montenegro.

Mi madre.

—¿Por qué firmaría un documento que dice que no voy a declarar?

Mateo baja la mirada.

—Quizá porque alguien no quería que hablaras.

Me aparto de la mesa.

No puedo seguir leyendo.

Si continúo, voy a empezar a imaginar explicaciones. Y, en este momento, todas me parecen posibles.

Mi madre pudo haberme llevado a la mansión.

Pudo haber visto algo.

Pudo haberme ayudado a olvidar.

O quizá intentaba protegerme de una persona que todavía sigue cerca de nosotros.

No sé cuál de esas posibilidades me asusta más.

—Escuchemos la cinta —digo.

Mateo asiente.

Toma el casete con cuidado y lo introduce en el reproductor.

El mecanismo hace un ruido seco.

Después, nada.

Mateo presiona el botón de reproducción.

La cinta comienza a girar.

Al principio solo se escucha estática.

Un siseo irregular, pequeños chasquidos y un sonido lejano que podría ser viento. Mateo ajusta el volumen. Yo me inclino hacia el aparato, conteniendo la respiración.

Entonces aparece una voz.

Una voz de niña.

—¿Ya está grabando?

Se me eriza la piel.

La voz suena aguda, algo insegura. Hay una pequeña vacilación al final de la pregunta, como si la niña estuviera mirando a alguien para comprobar que está haciendo lo correcto.

No la reconozco.

Pero algo en ella me resulta dolorosamente familiar.

La grabación continúa.

—Sí —responde otra voz, más lejana—. Hablá.

La primera niña inspira profundamente.

—Me llamo Abril Montenegro.

Dejo de respirar.

Mateo me mira.

Yo no puedo apartar los ojos del reproductor.

La voz continúa.

—Tengo nueve años. Hoy es diecisiete de octubre y…

Un ruido interrumpe la frase.

Se escucha un golpe, seguido de un murmullo.

Después, la niña vuelve a hablar.

—Mara dice que, si algún día alguien escucha esto, tenemos que contarle la verdad.

Siento un escalofrío que me recorre desde la nuca hasta los brazos.

Mateo se inclina hacia el aparato.

La voz de la niña tiembla.

—Yo no quería entrar en la casa. Le dije que no quería, pero ella me dijo que tenía que ver algo. Dijo que, si no lo veía con mis propios ojos, nunca me iban a creer.

Me llevo una mano a la boca.

No recuerdo nada de esto.

Nada.

La grabación continúa con pequeños cortes, como si la cinta hubiera sufrido algún daño.

—Después escuchamos un ruido —dice la niña—. Mateo me dijo que me escondiera, pero yo…

Silencio.

La cinta sigue girando.

Mateo intenta ajustar el volumen.

—¿Qué pasó? —susurro.

Él no contesta.

De repente, la voz de la niña vuelve a escucharse.

Esta vez habla mucho más bajo.

—No quiero que vuelva a pasar.

Se oye un sollozo.

Después, otra voz.

Una voz adulta.

—Abril, mirame.

La niña deja de llorar.

—¿Entendiste lo que tenés que decir?

—Sí.

—¿Qué vas a decir?

Hay una pausa.

—Que no vi nada.

La mujer respira con dificultad.

—¿Y si te preguntan por Mara?

La respuesta llega después de varios segundos.

—Que no la vi.

Siento que algo se rompe dentro de mí.

No porque comprenda lo que ocurrió.

Sino porque empiezo a comprender lo que hicieron después.

Alguien me enseñó a mentir.

Alguien me preparó para negar lo que había visto.

Y mi voz, la voz de una niña de nueve años, repite las palabras como si fueran una lección aprendida de memoria.

—¿Quién es esa mujer? —pregunto.

Mateo no aparta la mirada del reproductor.

—No lo sé.

La cinta continúa.

Se oye una puerta.

Pasos.

Un murmullo ininteligible.

Y después, una frase que hace que todo mi cuerpo se quede inmóvil.

—Si vuelve a preguntar por la quinta persona, no le digas su nombre.

La voz adulta es firme.

Demasiado firme.

La niña responde:

—¿Aunque me acuerde?

—Especialmente si te acordás.

La cinta emite un chasquido.

Después, una respiración.

Y finalmente, la voz de la niña vuelve a escucharse.

Pero esta vez no suena asustada.

Suena enfadada.

—No quiero olvidarme.

La mujer tarda en responder.

—No tenés que quererlo, Abril. Solo tenés que hacerlo.

La grabación se corta.

El reproductor sigue girando unos segundos antes de detenerse.

Ninguno de los dos habla.

Me quedo mirando el aparato, incapaz de comprender cómo puede existir una grabación de una conversación que no recuerdo haber tenido.

Una parte de mí quiere arrancar la cinta y destruirla.

Otra quiere volver a escucharla.

Y otra, la más pequeña y aterradora, quiere saber quién era la mujer que me habló de aquella manera.

—Ponela otra vez —digo.

Mateo me mira.

—Abril…

—Ponela otra vez.

Rebobina la cinta.

Escuchamos la grabación una segunda vez.

Y una tercera.

En la tercera reproducción, descubro algo que no había notado.

Justo antes de que la mujer diga que no debo mencionar a la quinta persona, se escucha un sonido muy leve.

Como una puerta cerrándose.

Después, una voz masculina pronuncia dos palabras.

Son tan bajas que apenas consigo distinguirlas.

Mateo detiene la cinta.

—¿Qué dijo? —pregunto.

Él rebobina unos segundos y vuelve a reproducir el fragmento.

La voz aparece de nuevo.

Dos palabras.

Esta vez las escucho con claridad.

«Ya está hecho».

Siento que el corazón se me acelera.

—¿Quién dijo eso?

Mateo niega con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Te suena la voz?

Se queda inmóvil.

Demasiado inmóvil.

—Mateo.

Él se frota las manos.

—Podría ser cualquiera.

—No te pregunté eso.

—No sé quién es.

Su respuesta es rápida, casi automática.

Y por primera vez, comprendo que el problema no es que Mateo no recuerde.

El problema es que tiene miedo de recordar.

Me siento en el banco, intentando ordenar las piezas.

La niña de la grabación era yo.

La mujer me enseñó a negar lo que había visto.

La voz masculina dijo que ya estaba hecho.

Y alguien quería que olvidara a una quinta persona.

Pero ¿quién era esa quinta persona?

Mara.

Gael.

Inés.

Mateo.

Yo.

Los nombres vuelven a aparecer en mi cabeza, uno detrás de otro, hasta que me detengo en un detalle.

En la fotografía del observatorio había cinco adolescentes.

No seis.

Cinco.

Mara, Gael, la chica de cabello oscuro, el chico desconocido y la persona que llevaba la estrella.

Si yo estaba en la mansión aquella noche y Mateo me acompañó, ¿por qué ninguno de nosotros aparece claramente en aquella fotografía?

¿Y por qué alguien escribió que uno de los cinco había muerto?

Quizá el quinto no era una persona distinta.

Quizá era alguien que todos conocíamos.

Alguien que había estado allí desde el principio.

—Necesito ver a Gael —digo.

Mateo levanta la cabeza.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque él estuvo en la mansión. Porque escuchó una voz. Porque me dijo que la persona de la fotografía no debería estar viva.

Me pongo de pie.

—Y porque si hay alguien que sabe quién era la quinta persona, es él.

Mateo parece querer detenerme, pero no lo hace.

Guardo la cinta en la caja de metal y tomo la llave antigua.

Antes de salir, vuelvo a mirar el reproductor.

La etiqueta con mi nombre parece una advertencia.

O una promesa.

No sé cuál de las dos.

Encuentro a Gael en el cementerio.

No es el lugar donde esperaba verlo.

Está de pie frente a una tumba situada cerca del muro del fondo, con las manos hundidas en los bolsillos de una campera gris. El cielo está cubierto y el viento mueve las ramas de los árboles que bordean el sendero.

No me oye llegar.

O finge no hacerlo.

—¿A quién visitás? —pregunto.

Gael se vuelve de golpe.

Durante un instante, parece molesto por verme. Después, su expresión cambia y sus ojos se detienen en la caja de metal que llevo bajo el brazo.

—¿Qué tenés ahí?

—Una cinta.

Su mandíbula se tensa.

—¿La escuchaste?

Me quedo inmóvil.

No le he dicho de qué se trata.

Ni siquiera le he contado que Mateo encontró un reproductor.

—¿Cómo sabés que es una cinta?

Gael mira hacia la tumba.

—Porque alguien me dejó una igual hace años.

El viento sopla entre nosotros.

Siento que el suelo se vuelve menos firme bajo mis pies.

—¿Qué decía?

—No la escuché.

—¿Por qué?

—Porque tenía miedo de lo que pudiera contener.

—¿Y ahora?

Gael vuelve a mirarme.

—Ahora creo que debería haberlo hecho.

Me acerco un paso.

—Escuché mi voz en una grabación de la noche en que murió Mara.

Su expresión cambia.

No mucho.

Pero lo suficiente para que comprenda que no esperaba esa respuesta.

—¿Qué dijiste?

—Que no había visto nada.

Gael baja la cabeza.

—Dios mío.

—¿Qué significa eso?

No responde.

—¡Gael, necesito que me lo digas!

Él aprieta los labios y mira hacia el camino por el que llegué.

—Significa que esa noche no fuiste la única que tuvo que mentir.

Me acerco a él.

—¿Vos también?

Gael no contesta.

La respuesta está en su rostro.

En sus ojos gris azulados, que por primera vez parecen incapaces de esconder lo que sienten.

—¿Quién te obligó?

—No puedo decírtelo.

—¿Por qué?

—Porque no sé si sigue viva.

Siento un escalofrío.

—¿La mujer de la estrella?

Gael se queda completamente inmóvil.

No necesita preguntarme cómo conozco ese detalle.

—¿La viste? —pregunta.

—En una fotografía.

—¿Dónde?

—En el puente. Alguien nos estaba observando a Mateo y a mí.

Gael se pasa una mano por la cara.

—Entonces ya empezó.

—¿Qué empezó?

Me mira.

—La parte que nunca debía salir a la luz.

Estoy a punto de responder cuando escucho un sonido detrás de nosotros.

Pasos sobre la grava.

Los dos nos volvemos.

Una mujer mayor se aproxima por el sendero, con un ramo de flores blancas entre las manos. Lleva un abrigo oscuro y el cabello recogido bajo un pañuelo. Camina despacio, mirando las lápidas como si buscara una en particular.

Al pasar cerca de nosotros, levanta la cabeza.

Sus ojos se encuentran con los míos.

Y sonríe.

No es una sonrisa cálida.

Es una expresión breve, casi imperceptible, que desaparece antes de que pueda comprender por qué me resulta tan inquietante.

La mujer continúa caminando.

Gael la sigue con la mirada.

—¿La conocés? —pregunto.

—No.

Pero su voz dice otra cosa.

La mujer se detiene frente a una tumba varios metros más allá y deposita las flores sobre la piedra.

Después saca algo del bolsillo.

Una pequeña cadena.

Un colgante en forma de estrella.

Mi respiración se detiene.

La mujer lo sostiene entre los dedos durante unos segundos.

Luego lo guarda y se marcha sin mirar atrás.

Espero hasta que desaparece entre los árboles.

—Gael.

Él no se mueve.

—¿Quién es?

Su silencio me asusta más que cualquier respuesta.

Finalmente, habla.

—No lo sé.

—Mentís.

Gael cierra los ojos.

—No sé quién es ahora, Abril.

Me acerco un paso.

—¿Pero la conocías antes?

No responde.

Miro la tumba frente a la que estábamos hablando.

Hasta ese momento no había reparado en el nombre grabado en la piedra.

Ahora lo leo.

Y siento que el corazón se me detiene.

MARA VIDAL.

La fecha de nacimiento.

La fecha de muerte.

Y, debajo, una inscripción que nunca había visto.

No es una frase religiosa ni una despedida de su familia.

Son seis palabras grabadas en letras pequeñas.

AQUÍ DESCANSA QUIEN NUNCA DEBIÓ VOLVER.

Retrocedo un paso.

—¿Qué significa esto?

Gael se coloca a mi lado.

Su rostro ha perdido el color.

—No estaba aquí antes —murmura.

—¿Cómo que no estaba?

—Esta inscripción no estaba aquí antes.

Miro la piedra.

La tumba de Mara lleva diez años en el cementerio.

Y alguien acaba de añadir una frase que parece escrita para nosotros.

Saco el teléfono y fotografío la inscripción.

Cuando levanto la vista, Gael está observando el sendero por el que se marchó la mujer.

—Tenemos que irnos —dice.

—No. Esta vez no voy a irme sin respuestas.

—Abril, escuchame…

—¿Quién era la mujer?

Gael me mira.

Sus ojos parecen más claros bajo la luz gris del cielo.

—Era alguien que conocía a Mara.

—Eso ya lo sé.

—Y que estuvo presente la noche que murió.

Siento un frío repentino.

—¿La quinta persona?

Gael no responde.

En ese instante, mi teléfono vibra.

Un mensaje de un número desconocido.

Lo abro.

Solo contiene una fotografía.

La tumba de Mara.

La misma inscripción.

Pero la imagen fue tomada desde un ángulo diferente.

Desde el otro lado de la lápida.

Y en el fondo, junto a uno de los árboles, aparece la mujer del abrigo oscuro.

Esta vez puedo distinguir parte de su rostro.

Y reconozco algo en sus ojos.

No sé de dónde.

No sé cuándo la vi por última vez.

Pero mi cuerpo reacciona antes que mi memoria.

El pulso se me acelera.

Las manos empiezan a temblarme.

Y una palabra, pequeña y absurda, aparece en mi cabeza.

Casa.

Como si alguien la hubiera pronunciado junto a mi oído.

Como si hubiera estado allí.

Como si yo hubiera corrido hacia esa mujer alguna vez.

El teléfono vibra de nuevo.

Debajo de la fotografía hay un mensaje.

Ya escuchaste tu voz.

Ahora escuchá la de ella.

Abro el archivo de audio que acompaña el mensaje.

La grabación dura apenas cuatro segundos.

Al principio solo se escucha estática.

Después, una mujer susurra mi nombre.

—Abril…

Me quedo sin aire.

Porque reconozco esa voz.

No sé de dónde.

Pero la reconozco.

La he escuchado en sueños.

En recuerdos que desaparecen cuando intento atraparlos.

En el silencio de mi habitación, justo antes de despertarme.

La voz vuelve a hablar.

Esta vez, con una claridad aterradora.

—Si estás escuchando esto, significa que no pude cumplir mi promesa.

Gael me arrebata el teléfono de las manos.

—No lo escuches más.

—¡Devolvémelo!

Él no se mueve.

Su rostro está desencajado.

—Abril, esa voz…

—¿Quién es?

Gael aprieta el teléfono entre los dedos.

Y entonces dice algo que hace que el mundo entero parezca detenerse.

—Es la voz de Mara.

Lo miro sin comprender.

—Pero Mara está muerta.

Gael baja la mirada hacia la tumba.

Después vuelve a mirarme.

—Eso es lo que nos dijeron.

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Anonimus✨
Una obra de arte, me llaman más la atención los policiales desde el libro, quiero más novelas tuyas autor porfa termina de completar las demás novelas que tienes☺️☺️☺️☺️
Fénix.
Bravo🙌
Fénix.
No puede ser!! hubo algunos capitulos en los que me perdí pero me atrapó completamente 👏👏 bravo quiero más novelas tuyas🤭👏
Anonimus✨
Ostraaas! pero que pasada ella tiene algo que ver con la muerte de la chica??/Shame//Shame//Shame//Shame/
Anonimus✨
Se conocían? no puede ser!!!!/Shy/
Anonimus✨
Uuuuh no mames wey!!
Anonimus✨
Que genial el prólogo! la me imagino el resto de la historia
Fénix.
uffff que intrigante quiero más /Whimper//Whimper//Whimper/
Fénix.
Interesante historia, es mi primera vez leyendo una novela policial jaja le veo potencial, espero más caps😊😊😊
🌸SugarBloom🌸: Entonces espero que te guste mucho esta novela ☺️☺️
total 1 replies
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