Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.
Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.
Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.
Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.
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Capítulo 12: Tomates tibios
Los tomates no estaban listos. Eso decía Tomás. Pero yo los miraba todos los días y para mí sí estaban listos. Estaban rojos, grandes, colgando como si quisieran que los sacara de una vez.
Esa mañana hacía calor. Raro para el sur. Calor de esos que te hacen sacarte la chaqueta de mi abuelo por primera vez en dos semanas. El invernadero olía a tomate verde y a tierra caliente y a plástico con sol. Olía a verano aunque todavía estábamos en invierno medio raro.
Tomás estaba adentro agachado revisando lechugas. Yo entré sin avisar. Ya no avisaba. Entraba como si fuera mi casa también, como si tuviera llave aunque no tenía.
Hoy sí, le dije.
¿Qué cosa? Dijo sin mirarme.
Los tomates. Hoy sí están listos.
No, dijo. Les falta una semana.
Les falta nada. Míralos. Están rojos.
Rojo no significa listo, dijo. Significa que están pintando. Por dentro están verdes todavía. Hay que esperar.
Me agaché al lado de él. Muy cerca. Olía a sudor y a tomate y a jabón barato. No a perfume caro de Milán. A sudor de verdad que no me daba asco.
Yo creo que están listos, dije bajito como si fuera secreto.
Tomás me miró. Tenía gotitas de sudor en frente y una mancha de tierra en nariz.
Ya, dijo. Saca uno. Pero uno chico. No el grande que estás mirando.
Saqué uno mediano. Rojo por fuera, duro todavía. Lo tomé con cuidado como si fuera huevo. Estaba tibio. Tibio por el sol que entraba por plástico del invernadero. Nunca había tocado un tomate tibio en mi vida. En Santiago los tomates vienen del refri, fríos, sin olor, envueltos en plástico que no respira.
Huele, me dijo Tomás.
Lo olí. Olía a verano. A pasto cortado. A cosa rica que no sabía nombrar pero que me dio hambre al tiro.
Muerde, dijo.
¿Así nomás? ¿Sin lavar?
Acá no se lava, dijo. Acá se come directo de mata.
Lo mordí. Fuerte. Jugo me chorreó por mano, por mentón, por polera blanca que me había puesto limpia esa mañana. Dulce y ácido al mismo tiempo. Caliente por sol. Me manché entero como niño.
Tomás se rió. Se rió con ganas.
Te dije uno chico y sacaste uno mediano, dijo. Y te lo comiste como animal con hambre.
Estaba rico, dije con boca llena, jugo cayéndome.
Dame, dijo Tomás.
Le pasé el tomate mordido. Lo tomó justo donde yo lo había mordido, a propósito, y le dio mordisco grande. Jugo le chorreó también por mano grande con tierra negra en uñas que nunca se le sale por más que se lave.
Estaba rico sí, dijo. Pero le falta un poco. ¿Ves? Acá adentro está un poco verde todavía. Parte blanca.
Me mostró. Por dentro tenía parte blanca y semillas. No sabía que tomates tenían parte blanca.
¿Y qué importa que esté un poco verde? Dije. Está rico igual. ¿Por qué todo tiene que estar perfecto?
Importa porque si lo sacas verde no madura bien después. Hay que tener paciencia. Si apuras se pierde.
Yo no tengo paciencia, dije. Nunca tuve. En Milán todo era ahora ya. Foto ahora, desfile ahora, droga ahora.
Acá todo es paciencia, dijo Tomás. Tomate no apura. Si lo apuras se pierde y queda ácido.
Nos quedamos sentados en suelo del invernadero. Con un tomate mordido entre los dos, con manos pegajosas que se secaban y quedaban brillantes.
¿Te puedo preguntar algo? Dije.
Ya estás preguntando mucho, dijo pero riendo con ojos chicos.
¿Por qué nunca te fuiste? Si no te gusta que te miren raro por ser gay, ¿por qué no te fuiste a Temuco o Santiago donde nadie te conoce?
Porque acá tengo tomates tibios, dijo. En Santiago no hay. Y tengo mi tierra. Y tengo gente que me quiere aunque no hable.
Lo dijo en serio. Sin chiste. Y me llegó fuerte. Porque tenía razón. En Santiago no hay tomates tibios. Hay tomates de supermercado que no saben a nada y que vienen con etiqueta.
Me gusta, dije. Me gusta que esté tibio.
¿El tomate?
Todo. Que esté tibio. Que no esté frío como en ciudad donde todo está frío aunque haga calor.
Tomás me miró. Tenía jugo de tomate en comisura de boca. Rojo como sangre pero no daba miedo.
Tienes jugo, le dije.
¿Dónde?
Acá, dije y se lo limpié con pulgar. Como la otra vez con barro en mejilla. Pero ahora con jugo de tomate rojo.
Mi pulgar quedó rojo. Su boca quedó limpia pero colorada. Pero no nos separamos. Quedamos cerca. Mucho.
Se escuchaba afuera un pájaro que no sé cómo se llama pero que canta fuerte al mediodía y una mosca pegada en plástico que sonaba zzz.
Tomás, dije.
¿Qué?
Si este tomate está verde por dentro pero rico por fuera, ¿lo podemos comer igual?
Sí, dijo. Hoy sí.
¿Y por qué hoy sí y ayer no?
Porque ayer no tenías paciencia. Hoy tienes un poco más. Se te nota.
Y me besó. No como en películas con música. Con gusto a tomate tibio y con mano pegajosa por jugo. Un beso corto con barba que pincha un poco en mejilla. Y después otro más largo que me hizo cerrar ojos.
Nos quedamos besándonos en suelo de invernadero entre lechugas que todavía no estaban listas y tomates que estaban casi listos pero no tanto, con sol entrando y calentándonos espalda.
Cuando paramos teníamos las dos manos pegajosas y polera manchada roja que no se iba a salir con lavado.
Vamos a tener que lavar esto, dije.
No, dijo Tomás. Que quede así. Que se vea que comimos tomate tibio hoy. Que no se olvide.
Salimos del invernadero con tomate mordido a medias en mano. Afuera hacía calor todavía raro. Nos sentamos en pasto verde que estaba un poco seco por sol de ese día.
Sofía pasó por camino en su camioneta verde que sonaba casi igual que tractor. Bajó vidrio.
¿Qué hacen? Gritó.
Comiendo tomate, gritamos los dos al mismo tiempo.
¿Y por qué están manchados como si se hubieran matado entre ustedes?
Porque estábamos comiendo tomate tibio, dije levantando tomate.
Sofía se rió fuerte.
¡Se ven ridículos! Gritó y siguió camino levantando polvo.
Nos miramos. Sí, nos veíamos ridículos. Con manos rojas, polera manchada, pelo con tierra, boca roja.
Me gusta verme ridículo contigo, dije.
A mí también, dijo Tomás. Me gusta verte sin intentar verte bonito. Te ves más tú.
Me quedé con eso. Sin intentar verme bonito. En Milán siempre intentaba verme bonito, perfecto, flaco, sin mancha. Acá estaba manchado con tomate y me gustaba más que nunca.
Esa tarde comimos dos tomates más. Tibios. Con sal gruesa que trajo Tomás de su casa en bolsita. Nos manchamos más. Y no lavamos nada.